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ME BAJO EN CALLAO COLUMNA i

¡Beeeeee…!

Hace dos años por estas fechas, los ciudadanos populares o los populares ciudadanos, se mofaron de aquella loca medida de la corporación de Manuela Carmena que consistió en regular el tráfico peatonal por el centro de Madrid

La calle del Arenal, esquina San Martín, el pasado sábado por la tarde
La calle del Arenal, esquina San Martín, el pasado sábado por la tarde

Maldita hemeroteca, ¿verdad, Martínez?

Hace dos años por estas fechas, los ciudadanos populares o los populares ciudadanos, que vienen a ser los mismos rottweilers con distinto collar, se mofaron y criticaron aquella loca medida de la corporación de Manuela Carmena que consistió en regular el tráfico peatonal por el centro de Madrid. Martínez, que no sabe contar del diez al uno, lo llamó “simplista sentido único”; otros dijeron que aquello fue “la nueva ocurrencia de la alcaldesa”, y otros más del PP aseguraban que los madrileños nos sentíamos tratados como un rebaño. No, Martínez, aquí el único rebaño es el que usted sigue… Repase la novela. Hay por lo menos 13 versículos que ilustran el asunto.

La tarde del pasado sábado me fui a hacer reporterismo pedestre por las calles del Maestro Victoria, Preciados, Arenal, Carmen, Postigo de San Martín, plaza de las Descalzas y aledaños de todas ellas. Quise comprobar cuánto ofendía mi libertad individual el que un poli municipal me impidiera circular por tal o cual calle saturada de humanos.

Tomé Mesonero Romanos desde Gran Vía y atravesé una riada de bípedos que bajaban de Callao a Sol por la calle del Carmen; continué por Rompelanzas y traspasé otro aluvión de mamíferos que se dirigían ordenadamente apretados de Sol a Callao por Preciados. ¡Merde! Cuando quise ejercer mi derecho fundamental de llegar a la calle del Arenal bajando por la del Maestro Victoria, un represor uniformado me indicó amablemente que por ahí no. Que tenía que seguir la marea humana de Preciados hasta Callao, tomar a la izquierda por la calle Postigo de San Martín y alcanzar Arenal atravesando la plaza de las Descalzas. Intenté indignarme, pero no me salió. Sí se indignó, en cambio, una pareja que empujaba un carrito con bebé a bordo y que pretendía llegar a Cortylandia exactamente por ahí. Ni por la calle de más arriba ni por la de más abajo. Tenía que ser por esa. Exigían no ser tratados como borregos y reclamaban su derecho como peatones a ir por donde les salía de las gónadas. Serán del PP, pensé. Ciudadanos coherentes que reclamaban ahora, en 2019, lo mismo y con la misma vehemencia que quizás lo hicieron en 2017. No lo sé. Soy malpensada.

El caso es que seguí las amables indicaciones del poli y llegué sin apenas demora a mi destino. Según me acercaba a la calle del Arenal me extrañó verla tan desahogada de gente. Lo entendí enseguida. Cinco agentes mantenían estabulado al rebaño, marcando la frontera con una cinta policial que frenaba el paso de esquina a esquina. Los mamíferos esperaban pacientes a que se despejara la zona. Ninguno se encabritó ni embistió a los agentes. Serán podemitas aborregados… o ecologistas o socialistas o rojos… pensé. Solo ellos podrían aceptar una regulación del tráfico peatonal. Porque Martínez, si estuviera ahí, protestaría enérgicamente esa medida. Su rebaño no es ese. Es otro.

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