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OPINIÓN i

Entre la melancolía y el mal menor

Es de sentido común que el gobierno de izquierdas es la opción menos lesiva para el independentismo y abre una rendija al regreso del conflicto a la vía política

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias.
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias.

Dice Joan Tardá que “sería muy difícil de entender que no haya acuerdo para investir a Pedro Sánchez”. Y lleva razón. Por mucho que los viejos tenores socialistas del bipartidismo, instalados en la melancolía, que parece ser la enfermedad política de nuestro tiempo, se sumen a los conservadores avisando que viene el lobo, cualquier desenlace de este episodio que no sea el gobierno de izquierdas sólo beneficiaría a la derecha, reducida a dos, después de que Ciudadanos se despeñara. La moderación formal del PP no impide que su alianza con Vox sea sólida, en la medida en que le necesita como primera pareja de baile y a la vista de que las élites conservadoras le han integrado sin reparos. Por mucho que ante el PP europeo asuma en Zagreb el papel de cordero, Casado se ha alejado de cualquier intento de aislar a Vox en el Congreso, sabedor de que debe contar con esta muleta para cualquier paso adelante. El regreso al pasado (aunque sea disfrazado de novedad) está en el orden del día en todas partes en un mundo desvencijado.

Si Esquerra Republicana quiere ser la vía racional, no puede dejar vía libre al revanchismo de la derecha

Repasemos las opciones alternativas al gobierno de izquierdas. De hecho sólo hay dos: un gobierno entre socialistas y populares con un presidente del PSOE que no fuera Sánchez o la repetición de elecciones. No creo que haya mucho que decir de esta última opción que solo serviría para agrandar la distancia entre la ciudadanía y la clase política y para prolongar el alejamiento de España de los escenarios internacionales, incapaz de formar un gobierno estable. La reacción ciudadana a tanta incompetencia me resulta difícil de prever, pero desde luego cuesta imaginar que a la tercera el PSOE todavía tuviera premio.

El gobierno de socialistas y populares me parece imposible e indeseable. Sin duda, sería la despedida de la socialdemocracia española, como ha ocurrido en todas partes cuando se ha amarrado a la derecha, perdiendo cualquier esbozo de singularidad y diferencia. Pero al mismo tiempo, dejaría al PP, su potencial beneficiado, bajo la presión creciente de Vox que tendría una gran ventana como oposición conservadora para asentarse definitivamente.

Habría una tercera opción: que el PP facilitara con la abstención la formación de un gobierno monocolor socialista con Sánchez de presidente. Parece imposible, en tiempos en que a Casado le queda todavía mucho que sumar: acabar de comerse a Ciudadanos y arrancar voto útil de Vox. Y solo puede conseguirlo afirmándose como única alternativa a la izquierda. Seguro que el PP ha aprendido la lección de la última legislatura de Rajoy. La generosidad de Estado, que el PSOE ejerció con ellos, puede tener sentido si se tiene una arma de la que el PP no dispone ahora: la posibilidad de configurar una mayoría para darle la vuelta a la situación con una moción de censura. Sánchez innovó. Y seguro que sus adversarios han tomado nota.

Los viejos tenores socialistas del bipartidismo se suman a los conservadores avisando que viene el lobo

Por tanto, hay una sola oportunidad de formar gobierno: la coalición de izquierdas. Y la sentencia del caso ERE, testimonio de la estructura clientelar del PSOE andaluz, más bien facilita la tarea a Sánchez. Acerca a su rival, Susana Díaz, a la puerta de salida y acelera el paso a la reserva del viejo PSOE que tiene figuras emblemáticas en la lista de los condenados. Pero no por ello las dificultades de formar gobierno dejan de ser evidentes. Suma actores que han vivido escenas de incomodidad y confrontación a raudales. Y además tiene que contar de alguna manera con el gran demonio de nuestro tiempo (el independentismo catalán), el malo en todas las ecuaciones. Sigue siendo doctrina de Estado negarle el reconocimiento.

Es de sentido común que el gobierno de izquierdas es la opción menos lesiva para el independentismo y abre una rendija al regreso del conflicto a la vía política. Es obvio que estas son dos razones para el rechazo de los que siguen montados en la intransigencia patriótica ahora vestida de fundamentalismo constitucional, pero precisamente por ello es difícil entender que el independentismo desaproveche la oportunidad. La quimera del programa de máximos, las luchas fratricidas y el miedo infantil a la acusación de traición pueden provocar un enroque. Que pagarían con creces el independentismo y la izquierda. Esquerra Republicana, si pretende ser la vía racional y pactista, no puede dejar vía libre al revanchismo de la derecha y de los nostálgicos del viejo orden bipartidista. La política es el arte del mal menor.

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