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GATA GATA COLUMNA i

No es ciudad para viejos (y menos aún para viejas)

¿Cuándo y por qué se desecha a quienes nos sonaron los mocos, nos hacían sopa los domingos y nos ayudaron con el alquiler en la Universidad, los que siempre están?

Agustín Aragonés con una de sus nietas, en 1987.
Agustín Aragonés con una de sus nietas, en 1987.

Los veo desde mi ventana, bien de mañana, manos que cogen manos tres veces más pequeñas. Caminan al mismo paso, despacio. Unos porque las piernas no les miden más de 40 centímetros, los otros porque las suyas llevan más de 70 años en marcha. Entre septiembre y junio, cada día, todos los días. Sé que alguno de esos niños se llama Alejandro, Celia o Lola. Sé que esas mujeres se llaman abuela, que esos hombres se llaman abuelo.

A su paso se disparan decenas de probabilidades ­—padres que trabajan o madres que trabajan, en precario o en business, monomarentalidad o monoparentalidad, cero conciliación o reuniones importantes…— y una certeza, que quienes peinan canas o ya no tienen ni una sostienen, apoyan. Están. Cuidan nietos después de décadas de criar lo propio. Salen al quite. La palabra colchón con la que tantas veces se les identifica se disipa y coge la forma de un salvavidas, grande y naranja.

En Madrid hay 656.791 personas con 65 o más años, son el 20,4% de la población, 400.112 son mujeres. De más de 80, esa cuarta edad producida por la mejora en la esperanza de vida, son 237.722: 81.572 hombres y 156.150 mujeres. Todos esos números probablemente sean besos, lana e hilo, pagas de sábado, ternura, parches en los vaqueros, achuchones, platos de cuchara, chocolate con pan, bocatas de jamón, cuentos, pellizcos en la mejilla, leche con cacao, un dedo que te limpia un churrete con un poco de saliva y galletas en latas de hojalata. Las circunstancias de la vida y los flecos de la crisis los convirtieron también en ese flotador enorme. Y, a pesar de todo ello, son víctimas de maltrato: institucional, físico y psicológico. De abandonos. De olvidos. De edadismo, la discriminación por razón de edad, recrudecida en las mujeres, como todas: por volumen de población y porque es un añadido al machismo. Ambas, junto al racismo, son las tres grandes razones de exclusión del siglo XXI.

Desde enero, la Fiscalía ha cerrado una residencia en Soto del Real por el peligro para la integridad y la salud de los ancianos que vivían allí; en la de Los Nogales Hortaleza, Francisco Polonio encontró a su madre con sangre seca en la nariz, dientes rotos y hematomas; y la Comunidad oculta los nombres de las residencias que han sido multadas en los últimos cinco años con 167 expedientes, algunas con sanciones graves. ¿La razón? No dañar “el buen nombre comercial de la empresa o su prestigio”. En el barrio de Salamanca la Policía encontró el cadáver momificado de Amanda J., de 83 años, llevaba cinco años muerta; y ocurrió lo mismo en Vallecas, con un hombre de 70 años que había fallecido hacía un año.

En la calle se les adelanta con humos por la acera porque retrasan el paso, se les ignora a veces, se les apremia en comercios y en bancos y en colas de organismos oficiales. Se les trata como a niños en las consultas médicas, a veces por los profesionales, a veces por los hijos que los acompañan, que no les dejan hablar, explicar por sí mismos qué les ocurre. La ciudad no está pensada para ellos. La vida, esta de urbe, de prisa constante, no está pensada para ellos.

¿Quién y en qué momento decide que alguien no sirve para ocupar el mismo espacio en la sociedad que uno, dos, tres años antes? ¿Cuándo se desecha a esas mismas mujeres y hombres que nos sonaron los mocos, nos compraron la primera bicicleta, nos hacían sopa los domingos y nos echaban mercromina en codos y rodillas mientras soplaban suavecito, esos que nos ayudaron con el alquiler durante la universidad y después de la universidad, lloraron cuando firmamos nuestro primer contrato o cuando tuvimos nuestro primer hijo, el mismo al que cuidaron y cuidan? ¿En quién o en qué nos convertimos cuando hacemos invisible el pasado? ¿Y por qué?

Tal vez sea porque abuelos y tesoro son sinónimos en el mundo en el que yo crecí, el de los pueblos chicos, donde todavía hoy, la cultura de la vecina y la de ir a por el pan cada mañana al mismo ultramarinos lo hacen todo un poco más amable. Tal vez sea porque en mi casa solo queda uno, el abu, —que tiene nombre para el resto del mundo, Agustín—. Ese al que montamos más jarana que nunca, besamos más que nunca, hacemos más cosquillas que nunca, acariciamos la calva más que nunca y jaleamos para que cante más que nunca porque por mucho tiempo que le pidamos a la vida, la vida ya no nos puede regalar mucho más tiempo. Tal vez por eso, cuando ya no queda ese mucho y ellos han dado tanto, sea incapaz de entender cómo hay quien no mima ese poco que queda. Aunque sea por equilibrio, por reciprocidad, por justicia, por derechos humanos, por empatía. Aunque sea por compasión. Y aunque debiera ser, solo y sobre todo, por respeto. Por amor.

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