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OPINIÓN i

Acomodar lo posible y lo deseable

Hay que empezar por el principio: hablar y reconocerse como sujetos políticos. Lo cual es muy poco épico, pero imprescindible

Pedro Sánchez y Oriol Junqueras se saludan en el Congreso.
Pedro Sánchez y Oriol Junqueras se saludan en el Congreso.

Antoni Bayona, letrado del Parlamento catalán que, en su día, advirtió a los dirigentes independentistas de que estaban forzando las costuras de la legalidad, publicó a principios de este año un libro sobre el proceso con el título No todo vale. El propio autor especificaba que quería “expresar la idea de que un objetivo no se puede conseguir de cualquier manera”. Algo parecido a que “el fin no justifica los medios”. Y a su vez advertía de que “No todo vale no tiene un significado unidireccional (porque el procés no ha sido cosa de uno, sino de dos) y se han cometido excesos desde las instituciones catalanas y estatales”.

Comentaba el pasado miércoles con el letrado, en la Cadena Ser, la contradicción en que entró el Tribunal Supremo al negar a Oriol Junqueras la toma de posesión como eurodiputado pese a que sí la había autorizado como diputado del Congreso. Una decisión que afecta un derecho básico como el de participación política y que probablemente acabará en la justicia europea porque es difícil encontrarle base jurídica. Más bien parece fruto de un cierto miedo a que el Parlamento europeo reconociera la inmunidad a Junqueras. La política española hoy está en buena parte pendiente de una sentencia del Tribunal Supremo y éste siente sobre su espalda el peso de la política. Es decir, el problema se ha sacado de contexto, porque se han cometido excesos por todas partes.

Después de un largo ciclo electoral se abre ahora una nueva etapa, que tiene que serlo también para la política catalana. Y las señales que vienen de uno y otro lado transmiten la sensación de que la interinidad puede hacerse crónica. Se puede buscar en el mantenimiento del conflicto, convertido ya en forma de normalidad, la manera de neutralizarlo. La receta es tentadora, para un gobierno catalán sin otro proyecto político que la reiteración verbal del programa de máximos; para un gobierno español que no tiene un guion para la cuestión catalana, temeroso de la reacción de la derecha y de los medios de comunicación si busca aproximaciones con el soberanismo; e incluso para amplios sectores conservadores, de uno y otro lado, que piensan que es mejor que no pase nada a que se avance en alguna dirección, porque las llamas si no se alimentan se acaban apagando.

El grueso del independentismo es consciente de que sus fuerzas no alcanzan para el unilateralismo

Hace tiempo que los liderazgos independentistas viven en este juego de mantenimiento del desafío verbal sin estrategia política para el inmediato futuro. Y empieza a ser sospechosa la flema, más propia de su antecesor, con la que Pedro Sánchez ha emprendido el camino hacia su investidura. Las urnas y los hechos indican claramente el camino: Sánchez ha de formar un gobierno sobre la base de la izquierda porque lo dicen los votos y porque la derecha, por mucho que insista, no le echará una mano. ¿Miedo a gobernar? Y más concretamente: ¿Miedo a la fase postsentencia del proceso catalán?

El escenario es tan envenenado que ni unos ni otros saben por dónde afrontarlo. El grueso del independentismo es consciente de que sus fuerzas no alcanzan para el unilateralismo. Ha descubierto qué es un Estado, que, como se ha visto, es mucho más que un gobierno. Y el gobierno español sabe que no puede plantear el problema en términos de victoria o derrota, pero que debe mantenerse firme en los límites de lo negociable. Con lo cual estamos donde Bayona, del mismo modo que las dos partes son responsables de lo ocurrido solo las dos partes pueden sacarnos del impasse. Para pasar a un proceso de entendimiento escalonado en el tiempo hay mucho trabajo que hacer antes de entrar en una negociación, hoy imposible porque no hay puntos de encuentro entre lo que unos piden y lo que otros pueden dar.

Lo posible y lo deseable se acomodan lentamente, pero pueden generar una dinámica social positiva

Hay que empezar por el principio: hablar y reconocerse como sujetos políticos. Lo cual es muy poco épico, pero imprescindible. Hay demasiado desconocimiento mutuo y demasiado miedo a entrar en conversaciones de fondo. El independentismo debe asumir lo que es un Estado y, por tanto, que hay que avanzar paso a paso, ganando apoyos, alianzas y autoridad moral para generar acuerdos que un día puedan concretarse en un modelo de articulación distinto y satisfactorio por ambas partes. Lo posible y lo deseable se acomodan lentamente, pero pueden generar una dinámica social positiva. Apostar por el conflicto crónico como normalidad con los dos frentes ensimismados en su retórica solo puede generar un statu quo del resentimiento que siempre beneficiará al más fuerte.

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