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Muere Jorge Dorribo, el ‘campeón’ caído que levantó su fortuna sobre el aire

El cerebro de la mayor trama sobre fraude en subvenciones que se ha juzgado en Galicia y que llegó a señalar al exministro José Blanco fallece de un infarto en Barcelona a los 54 años

Jorge Dorribo en su momento de éxito, en 2006, en su despacho de la planta lucense de O Ceao.
Jorge Dorribo en su momento de éxito, en 2006, en su despacho de la planta lucense de O Ceao.

Tantas fueron las ficciones de su vida que salieron a la luz con el caso Campeón que cuesta asumir que su muerte en Barcelona ha sido real, repentina, con solo 54 años. El lucense Jorge Dorribo Gude empezó a los 26 años con un hornillo, cocinando con dos socios en unas cacerolas hirvientes una crema para las cazadoras de cuero que tanto se llevaban en su juventud. Los amigos no se complicaron y a aquellos botes que ellos mismos etiquetaban les pusieron por marca lo más elemental: Nupel ("Nutre a Pel"). El producto tuvo tanto éxito que se vendía en El Corte Inglés, y del fogón pronto se pasaron a las toallitas desmaquillantes y la cosmética femenina y dieron el salto a los medicamentos. De aquellos tres colaboradores iniciales, uno se marchó muy pronto. Y en la sociedad quedaron Dorribo, el más inquieto, y Arsenio Méndez, que siguió vinculado siempre, hasta la estrepitosa caída de aquel imperio de humo sustentado en subvenciones públicas que llegó a existir.

En algunas farmacias gallegas todavía se acumulaban, ya caducados, cuando llegó el juicio, esos fármacos de todo tipo cuyas patentes había adquirido para vender en 30 países, supuestamente fabricados en el Polígono de O Ceao (Lugo) o simplemente comercializados por Dorribo. Los nombres eran muchas veces tan sencillos y didácticos como el del mismísimo Nupel: Dolosín, el analgésico; Vincosedan, el ansiolítico; Olorsín y Sudosín, los desodorantes de pies. El empresario, que recibía a las visitas con bata blanca de farmacéutico pero que no tenía estudio alguno sobre esta disciplina, llegó a anunciar un ambicioso convenio para lanzar al mundo el primer chicle contra los dolores: Chicledol.

No había que ser muy avispado para detectar en las visitas a la planta lucense que, a pesar de la maquinaria que lo decoraba, en aquel laboratorio no se fabricaba nada en absoluto. Como mucho se envasaban, se reetiquetaban fórmulas elaboradas por terceros y medicinas procedentes de las farmacias que él compró con el tiempo por España adelante. Pero Dorribo y algunos de sus cómplices en las diversas hijas nacidas a partir de Nupel llegaron a atesorar descomunales yates y decenas de coches de superlujo; a construir mansiones exclusivas que tras el decomiso judicial acabaron saqueadas por los ladrones y convertidas en ruinas; a pagarse los viajes más caros que un humano pueda imaginar.

Al final, el emprendedor bendecido por el barón popular Francisco Cacharro que llegó a ser el orgullo empresarial de su ciudad acabó condenado en 2017 a cuatro años y cinco meses (ya cumplidos antes en prisión provisional), y al pago de 6,2 millones de euros por delitos contra la hacienda pública, fraude, falsedad, insolvencia contable y blanqueo de capitales. Últimamente vivía en Vigo, y ayer falleció inesperadamente de un infarto mientras participaba en una feria en Barcelona. En su momento de mayor gloria, cuando no había acto social en su ciudad en el que no fuera el invitado estrella, Dorribo llegó a declarar a El Progreso: "Cualquier día me tienen que echar tierra por encima y no quiero que digan que soy el más rico del cementerio. Prefiero que digan: '¡Qué bien vivió ese cabrón!".

Sin embargo, la buena vida no duró hasta el final. Este genio de la lámpara que tanto importaba antigüedades de Cuba como fundaba una emisora de radio, repartía dinero por doquier entre quienes colaborasen en su ascenso. Pero en su brutal caída arrastró consigo a socios, a funcionarios del Igape (Instituto Galego de Promoción Económica), a altos cargos de la Xunta, a algún juez y a políticos como el exdiputado del PP Pablo Cobián, que fue condenado a ocho meses de prisión y multa por tráfico de influencias. Apuntó incluso a dos blancos más importantes: el exministro socialista de Fomento José Blanco y el exconselleiro nacionalista de Industria Fernando Blanco. El primero se sacudió pronto en el Supremo las sospechas, incluido aquel turbio episodio en la gasolinera de Guitiriz que relató Dorribo a la juez instructora del caso, Estela San José. El segundo, que dejó por esto el Parlamento y perdió su condición de aforado, continuó imputado hasta el pasado noviembre (mucho después de liquidarse la Operación Campeón), cuando la Audiencia de Lugo decidió sobreseer las investigaciones contra él por cohecho y por su supuesto vínculo en la aventura eólica del dueño de Nupel en Camerún.

El enorme caso Campeón (2011), bautizado así por la expresión con la que el Dorribo más campechano saludaba a sus interlocutores en los pinchazos telefónicos, fue el primer golpe anticorrupción que sacudió la Xunta en manos de Feijóo. Desde su discreto despacho de O Ceao, decorado con diplomas absurdos y la foto de un jeque árabe que según él le estaba ayudando a consolidar su imperio en Oriente Medio, el empresario lucense fue tejiendo su entramado de influencias y levantando un negocio internacional cimentado en pilas de facturas falsas, idas y venidas a Andorra y proyectos abortados como su planta de envasado unidosis en Rábade con los que acaparar subvenciones, créditos como el del Banco Europeo de Inversiones y financiación pública.

Al mismo tiempo, se iba labrando un prestigio con su participación en sociedades como el Breogán, que lucía la marca Profilatex (los preservativos de Nupel, de uso habitual en los burdeles de la trama Carioca de Lugo), y sus generosos patrocinios a todo tipo de clubes deportivos, desde el fútbol y la natación al baloncesto femenino, el voleibol o el atletismo. Amante de los autos y la velocidad, su gran debilidad fue el Nupel Team de ralis, que llegó a cosechar premios con Sergio Vallejo y en el que también arrancó su carrera de piloto uno de los tres hijos del empresario.

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