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Uno de los nuestros

Las personas que piden en los vagones de metro ya forman parte del paisaje habitual, no se les presta demasiada atención, son hasta pintorescos.

Un tren de la línea 3 pasa por la estación de metro de Moncloa, este miércoles. Ampliar foto
Un tren de la línea 3 pasa por la estación de metro de Moncloa, este miércoles.

Vendía chicles, de fresa, de menta, de lo que fuera. Apareció en el vagón de metro, más allá de la almendra central, en los subterráneos de Villaverde, en esos lugares donde ya no se coge bien Internet en el móvil y a la gente no le queda otro remedio que mirarse aburrida la una a la otra.

Era un hombre con lo que podríamos definir un aspecto “normal”, en la treintena, nuca rasurada, ropa deportiva. Utilizaba esa prosodia alambicada que muchas veces utilizan los que mendigan para sentirse respetables, tal vez porque las palabras son la única cosa que les queda.

“Buenas tardes señores y señoras, espero que estén teniendo ustedes un viaje agradable, me veo en la obligación de molestarles porque me encuentro sin trabajo hace unos meses y tengo que pagar el colegio de mis hijas”. Para acabar otra vez como empezaron, como en un palíndromo: “Buenas tardes señores y señoras, espero tengan ustedes un viaje agradable, cualquier ayuda me sería útil, comida, un trabajo …”.

Se dispuso a recorrer el vagón en busca de alguna mirada cómplice que le comprara un chicle, de fresa, de menta, de lo que fuera. Entonces sucedió: la mujer que iba sentada a mi lado le reconoció: “Carlos”. Noté cómo Carlos se erizaba levemente y de pronto abandonaba el tono quejumbroso para aparentar normalidad. No sé muy bien de qué se conocían, pero al parecer de hace muchos años, “como diez o así”, dijo ella, cuando las cosas debían ser de otra manera. “Cuánto tiempo”.

Carlos quitó hierro al asunto, “ya ves, la vida”, se rascó la nuca rasurada, incómodo, aunque sin dejar de sonreír. Por lo visto, la vida, ya ves, había llevado a estos dos por derroteros muy distintos. Él intentó regalarle chicles, de fresa, de menta, de lo que fuera, ella le dio diez euros pero no pidió nada a cambio. “Pero coge unos chicles”, dijo él “No, no hace falta, yo tengo trabajo”, dijo ella.

Para el metronauta las personas que piden en los vagones de metro ya forman parte del paisaje habitual, no les presta demasiada atención, son hasta pintorescos: esto es Madrid. Es curioso que los que presentan un aspecto más “normal” generan más comprensión, como si fueran “uno de los nuestros” que ha caído en la desgracia fortuita, y no un pobre aleatorio, de los de toda la vida.

Como cuando nos contaban que la gente que venía de Siria no eran pobres, que eran médicos, abogados, gente “como nosotros”, y como si eso les hiciera más merecedores de empatía. Ver a este hombre encontrarse con una vieja amiga le hizo resaltar del paisaje, hacernos ver que todos son “como nosotros”, que todos somos “como nosotros”.

Ella se levantó por donde Villaverde Alto y ambos se bajaron en la misma parada. El seguía insistiendo mientras pisaba el andén: “Pero, ¿seguro que no quieres unos chicles? Los tengo de fresa, de menta, de lo que quieras”.

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