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OPINIÓN i

Pequeños indicios de cambio de paradigma

La votación parlamentaria del pasado jueves pidiendo elecciones anticipadas anuncia el final de recorrido de una estrategia presuntamente unitaria del independentismo

Miquel Iceta (izq.) y la portavoz socialista Eva Granados en el Parlament. [ Ampliar foto
Miquel Iceta (izq.) y la portavoz socialista Eva Granados en el Parlament. [ EFE

La primera derrota de la mayoría independentista en el parlamento catalán seguramente tendrá un recorrido limitado. La moción no es vinculante. Sólo el presidente Torra tiene capacidad para convocar elecciones y ni su tutor ni su testarudez hacen previsible que emprenda este camino. La resistencia es su lema. Además, cualquier cálculo racional hace desaconsejable para los intereses del soberanismo convocar unas elecciones que vendrían a completar un ciclo electoral ya muy sobrecargado, con dos convocatorias a la vista que no parece que les vayan a ser muy favorables. El voto en clave española de unas generales no les ayuda, más cuando sus portavoces han expresado un reiterado e irresponsable desdén por lo que ocurra en España. Tanto el 28 de abril como las municipales y europeas de mayo, contribuirán a evidenciar la mal disimulada fractura del bloque independentista, que tiene sus ojos puestos en la batalla entre Junts per Catalunya y Esquerra Republicana por la hegemonía soberanista.

Pero este primer pinchazo parlamentario del independentismo tiene cierto valor indiciario. La moción era promovida por el PSC. Y éste ha conseguido algo que ni siquiera ha osado plantearse Ciudadanos, primer partido de la oposición, que nunca ha podido aspirar a conseguir apoyo suficiente para dar un susto al independentismo. Sus parlamentarios no han podido disimular su frustración porque Iceta con menos escaños haya logrado lo que estaba fuera de su alcance. Y por eso no han entrado en el juego hasta el último momento y a regañadientes. Los comunes se habían sumado a la protesta. Y la CUP se quedaba en casa.

De modo que la evolución del campo de juego no pasa por la alternativa unionista, sino por una ampliación de las opciones que, en estos momentos, está tomando cuerpo a través del PSC como depositario del voto útil para evitar que el tridente de la derecha gobierne España. Algo a lo que el independentismo ha renunciado, en buena parte por intereses personales de quienes necesitan lío para seguir existiendo, al mantener la ambigüedad sobre el apoyo a un gobierno socialista, con el doctrinario argumento de que en el fondo todos son iguales. Y Ciudadanos paga haberse dejado arrastrar por lo que le pedía su cuerpo, siempre enrabietado, y alinearse incondicionalmente en el frente de la derecha reaccionaria, apuntándose sin escrúpulos al carrusel de las injurias, presentando a Sánchez como ariete del independentismo (¡Dios les coja confesados!) y convirtiendo su derrota en objetivo prioritario. Con los comunes en apuros por la eterna enfermedad infantil de la izquierda —el narcisismo de las pequeñas diferencias—, el PSC es el candidato mejor situado para conseguir el voto útil de los que, a uno y otro lado, piensan que es posible la paz.

Y, en este contexto, la votación parlamentaria del jueves, anuncia, y quién quiera entender que entienda, lo evidente: el final de recorrido de una estrategia presuntamente unitaria del independentismo, que lo es sólo de boquilla, que está demostrando su agotamiento y que empieza ya a tener costos indisimulables para sus promotores. El recurso permanente a los gestos simbólicos tiene sus límites. Y si los ausentes hubiesen podido votar, es decir, si se les hubiese sustituido por diputados efectivos, el independentismo no habría perdido la votación. Echar la culpa a Llarena es un recurso manido que disimula mal el pinchazo. Estos argumentos cada vez tienen menos recorrido. Y la gente ya ha aprendido que por mucho teatro que se haga, cuando la autoridad lo ordena, los lazos se acaban sacando.

Puede que una vez se complete el ciclo electoral se recomponga el escenario y se revisen las estrategias. Pero cuando se intenta salir del espacio de lo posible y se fracasa pero se pone el empeño en no reconocerlo, a medida que los días pasan la fabulación decae. Y los retrasos en cambiar la estrategia pueden pagarse caros. Es probable que Torra siga pensando que todavía tendrá un momentum con la sentencia del Supremo, pero puede incluso que ésta sea suficientemente astuta como para que no aporte la gasolina necesaria para que vuelva a prender el conflicto.

De modo que, aún teniendo carácter más testimonial que real, el susto parlamentario del pasado jueves, si aporta indicios de un cierto cambio de paradigma que empieza a quebrar la lógica simple de la confrontación unionistas/soberanistas. Y Ciudadanos parece haber captado que, atrapados en su estrategia radical-nacionalista, esta mutación es una mala noticia para ellos.

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