OPINIÓN
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Barcelona y la Corona

Que la alcaldesa se haya unido a la campaña contra el Rey es una actitud éticamente reprobable

Ada Colau con Quim Torra y Jordi Puigneró en la apertura del Mobile World Congress.
Ada Colau con Quim Torra y Jordi Puigneró en la apertura del Mobile World Congress.CARLES RIBAS

La Corona fue una institución clave en el proceso de transformación de Barcelona que se desarrolló en la estela de la operación olímpica y muy en particular en su vertiente de proyección exterior. La Corona ejerció una complicidad explícita y activa con los proyectos de reposicionamiento global de la ciudad que lideró el Ayuntamiento de Pasqual Maragall.

Es algo que resulta oportuno subrayar precisamente ahora cuando se ha desatado una insólita e irresponsable campaña de confrontación de las autoridades de la Generalitat de Catalunya con el jefe del Estado, una campaña que ha sido secundada de forma vergonzante por el equipo de gobierno municipal. La alcaldesa, muy en su línea atrápalo todo, está intentando simultáneamente acentuar su radicalismo y prodigar gestos dirigidos a sectores empresariales que sean susceptibles de ser recogidos por los medios de comunicación convencionales.

Que la alcaldesa se haya unido a la campaña contra la Corona es una actitud éticamente reprobable por lo que supone de desprecio a una institución clave del edificio constitucional democrático, aliada de la ciudad en un momento crucial de su transformación. La alineación de la alcaldesa con la campaña promovida por el mundo independentista es al mismo tiempo un gesto de subordinación de la ciudad y de ruptura radical con la trayectoria institucional que caracterizó y afianzó la eclosión de Barcelona.

El proceso empezó con la retirada del busto del Rey del Salón de la Reina Regente

El proceso iniciado con la retirada del busto del Rey del Salón de la Reina Regente y el apresurado cambio de nombre de la plaza donde confluyen Passeig de Gràcia y Diagonal continuó con episodios de boicot tan penosos como los registrados en el Mobile y que se quieren repetir este año. La exhibición de descortesía de febrero pasado, que se pretende reeditar, culminó hace unas semanas con el grotesco gesto de la reprobación del Jefe del Estado en una moción impulsada por los comunes.

Una política ambiciosa y compleja exige una estrategia adecuada que el Ayuntamiento de Barcelona entendió que requería un esfuerzo de colaboración con una amplia diversidad de instituciones, desde la Corona al Gobierno, gobiernos extranjeros y ayuntamientos del resto de Cataluña. Es una estrategia que arrojó unos resultados excelentes de los que podrían ser ejemplo éxitos tan concretos como la celebración de las pruebas olímpicas de mar en Barcelona a pesar de la gran presión favorable a Palma o bien el despliegue de las subsedes olímpicas.

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A efectos analíticos pueden distinguirse dos aspectos fundamentales en la relación entre el Ayuntamiento de Barcelona y la Corona en la época de los gobiernos de Narcís Serra y Pasqual Maragall. Uno de ellos fue la participación de la Casa Real en las acciones de promoción de la candidatura olímpica y en general de proyección exterior de la ciudad. Pero la Corona constituyó también un factor clave en el equilibrio institucional en Catalunya y en Barcelona que la voracidad intervencionista de los gobiernos de Pujol amenazaba con romper.

En los comienzos de la etapa municipal socialista la idea de la candidatura olímpica de Barcelona concitaba un considerable escepticismo en el Gobierno, tanto en el de Calvo Sotelo como en las primeras etapas del de González. Lo mismo se respiraba, por cierto, en los partidos que sustentaban estos gobiernos, es decir la UCD y el PSOE.

Es significativo que el alcalde Serra eligiera la celebración del Día de las Fuerzas Armadas en 1980 para lanzar, de acuerdo con Juan Antonio Samaranch, la idea de la candidatura olímpica. Es relevante porque el éxito de la jornada conduciría a su posterior nombramiento como ministro de Defensa en el primer gobierno de Felipe González y gradualmente a la configuración de un polo de apoyo y cooperación que sería particularmente eficiente para la gestión de la ciudad y de sus proyectos más potentes.

La cooperación de la Corona se manifestó sistemáticamente a lo largo del proceso de la candidatura olímpica que se apoyó tanto en la espectacular transformación urbana de Barcelona como en la simpatía que despertó internacionalmente la consolidación de la transición política y la consolidación de unas nuevas instituciones, desde la monarquía parlamentaria al gobierno que situó a España en Europa.

La relación permanente con la Casa Real permitió subrayar con contundencia una de las posiciones clave del gobierno municipal que era la de afirmar en todo momento que Barcelona no era simplemente la capital de Cataluña sino también otra capital de España y una ciudad decidida a intervenir en Europa.

El choque permanente con la Corona que se propone desde los medios independentistas y gozosamente apoyado por la alcaldesa de Barcelona no permite augurar nada bueno para la ciudad pero nos habrá permitido conocer una nueva dimensión de la primera autoridad municipal como es la de divulgadora de aspectos centrales de la teoría política como la compatibilidad de las monarquías con la democracia.

Xavier Roig es consultor

 

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