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Retrato de una gran diva

Emociones contenidas en el regreso de Renée Fleming al Palau de la Música

En el regreso de Renée Fleming al Palau, quince años después de su última actuación en el templo modernista, se vivieron emociones contenidas. Tras abandonar la ópera representada, sus giras y conciertos centran ahora su agenda, pero no su repertorio, porque, aunque sea acompañada al piano -en esta ocasión por el veterano Hartmut Höll-, donde brillaron sus cualidades fue precisamente en las arias de ópera y opereta del ecléctico programa. Sus incondicionales aplaudieron con ganas, pero la verdadera emoción lírica tardó en aparecer.

Abrió la velada con cinco lieder de Johannes Brahms sobre los que pasó de puntillas, acelerada y con la voz áspera; solo en la preciosa Wiegenlied apareció el sello de sofisticación de la famosa soprano. Después presentó dos de las cinco canciones del ciclo Letters from Georgia que Kevin Puts le dedicó en 2016. En la versión con piano se pierden muchos efectos de una orquestación brillante, pero la diva trasmitió con fuerza el carácter y el poder comunicativo de estas canciones, cuyos textos se inspiran en diversas cartas de la gran pintora Georgia O´Keeffe.

No estuvo fina en la Cantinela de las Bachianas brasileiras núm. 5, de Heitor Villa-Lobos -faltó naturalidad en la emisión y mayor pureza vocal-, pero fue a más en la nostálgia aria de Martha, de Friedrich Flotow y -lo mejor del recital- la Canción de la luna, de Rusalka, de Antonin Dvorák, una de sus grandes creaciones operísticas.

Renée Fleming

Renée Fleming, soprano. Hartmut Höll, piano. Obras de Brahms, Putts, Villa-Lobos, Flotow, Dvorák, Leoncavallo, Puccini, Lehár y otros. Palau. Barcelona, 5 de marzo.

En la segunda parte combinó el encanto vienés de la opereta -bordó dos inspiradas páginas de Franz Lehár-, con dos musicales de Broadway y una ración operística que supo a poco. Entre los fallos de microfonía y la poca gracia en el acompañamiento pianístico, no acabaron de levantar el vuelo los dos magníficos temas del musical de John Kander y Fred Ebb The visit, con libreto basado en La visita de la vieja dama, de Dürrenmatt. Algo mejor fueron las cosas en Unusual way, de Nine, de Maury Yeston.

Con la ópera se metió al público en el bolsillo. Desde la vaporosa aria de la "otra" Bohème, la de Ruggero Leoncavallo, sepultada por la fama de la ópera del mismo título de Giacomo Puccini, a dos clásicos, precisamente, del repertorio pucciniano: Turandot y, ya en las propinas, Gianni Schichi, más la conocidísima Summertime, del Porgy and Bess, de George Gershwin. En ellas dejó volar su intenso lirismo y la voz sonó con más calidez y la deseada emoción lírica.

 

 


 

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