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EL JUBILATA
Columna

Alegre tristeza

Nos invade y nos sobrecoge la pena de la definitiva ausencia de Julen. A la vez, este niño permanecerá en nuestro recuerdo por el ejemplo de solidaridad de un grupo de hombres y mujeres

Velas formadas en forma de corazón en memoria de Julen, en Málaga.JON NAZCA (REUTERS)

A pesar de los años y aunque en el Grupo Jubilata determinados sucesos se relativizan, también nos hacemos eco del clamor popular en el triste y lamentable suceso que ha conmovido a España. Valga el título de este texto, una expresión contradictoria, un oxímoron que resalta la existencia en todos nosotros de dos sentimientos tan contrapuestos como son la pena y la alegría.

Nos invade y nos sobrecoge la pena de la definitiva ausencia de Julen. A la vez, este niño permanecerá en nuestro recuerdo al habernos proporcionado la alegría de descubrir la entrega de un grupo de hombres y de mujeres; un maravilloso ejemplo de solidaridad.

Todos tenemos el corazón hecho trizas. El paso del tiempo aplicará su cruel antídoto: transformará en efeméride esta triste pérdida. También se difuminará la impresionante demostración de cariño, de esperanza, de tenaz lucha y de unión entre la gente.

Durante todos los días de espera —en esa continuada atención a los medios de información para ver las últimas noticias— aparecían lágrimas en los ojos enrojecidos de muchos jubilatas cuando el inexorable factor del tiempo agotaba las posibilidades, a la vez que la montaña se empecinaba en mostrar su pétrea resistencia.

Más de 300 personas, hombres y mujeres de todos los rincones de esa España —no de la cainita, sino de la solidaria, esa que nos muestra su mejor cara—, sobrados de férrea voluntad y sin el menor atisbo de personalizar su imagen, mostraban su aliento, sus ganas de colaborar, su fe, su esperanza, su trabajo esforzado, codo con codo, cada uno en su especialidad y todos con su insomnio mezclado con duermevelas con los que recuperar fuerzas y eliminar esa lógica debilidad derivada del esfuerzo o de las dudas.

Valores, principios, trabajos, estudios, humanidad, cariño, ternura, pasión, fe que han servido para iluminar, y, en cierto modo, dulcificar la tristeza y el dolor de la frustración final. Las entrañas de la tierra habrán podido arrancarnos la esperanza de vida del niño, ya nuestro Julen. Julen ya de todos, pero repetimos, nunca van a poder borrar de nuestro corazón su recuerdo ni tampoco las cicatrices que todos llevaremos, unidas a las alegrías de comprobar que la conducta humana de muchas personas es ejemplar.

¿Qué nos deparará el tiempo futuro cuando el poder mediático haga mutis por el foro? Como terapia y recuerdo para siempre, se podrá acudir a pasear por esa calle principal que debería existir en cada pueblo de España con el nombre de “El niño Julen”, ahuyentando con esa leyenda el negro luto que impregna el olvido.

Nuestro duelo se une al esencial de los padres, ejemplo de entereza, de calma, de tensa esperanza, y al de todo aquel que en su interior confiaba en el rescate de Julen, el ángel, lo que al final ha cristalizado en la memoria y el corazón de todos nosotros.

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