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LA CRÓNICA

En la habitación 121

Pla describió L’Escala como un lugar de “dolores” y “calamidades constantes”. Un Musk la eligió para casarse. Nuestra pareja selló allí su camino

El hostal Empúries ubicado frente al mar y junto al yacimiento arqueológico del mismo nombre.
El hostal Empúries ubicado frente al mar y junto al yacimiento arqueológico del mismo nombre.

Los vieron por última vez la vigilia de Reyes, cerca de las diez de la mañana. La pareja caminaba por el hotel, levantado en la arena de la playa de Portitxol. Las dunas y los pinos combados por el viento convivieron solo con el mar hasta 1907, cuando se construyó Villa Teresita, hoy rebautizada como hostal Empúries. El hotel nació para cobijar a los arqueólogos que arañaban el suelo en busca de las ciudades griega y romana escondidas en el vientre de las ruinas d’Empúries.

Quizá nuestra pareja caminó por la mañana por el laberinto geométrico del yacimiento grecorromano, con una audio-guía, imaginando la vida que un día guarecieron esos muros escasos de piedra. En el Empordà, se presume con frecuencia de los importantes vestigios. “No entendemos absolutamente nada, pero nos fascina porque lo encontramos viejo”, escribía Josep Pla en El meu país, y aseguraba que los lugareños jamás lo visitamos porque, como la familia, lo damos por descontado. Doy fe.

Probablemente, en su paseo, nuestra pareja no vistió con gorro blanco, traje blanco, camisa, pajarita y zapatos también blancos, como una especie de cowboy cubano. Así lució el verano pasado el texano Kimbal Musk. El hermanísimo de Elon Musk, confundador de Tesla, eligió el pequeño pueblo marinero de la Costa Brava para casarse, mientras su hermano se revolcaba en el lodazal de Twitter. Alquilaron las ruinas, (sí, se puede), y blindaron el centro para garantizar la seguridad de una lista de invitados apellidados Hayek.

Por suerte, cuando nuestra pareja llegó a L’Escala, la tramontana ya había barrido los restos del fenómeno Musk y el turisteo del verano; las bulliciosas terrazas se habían transformado en desnudas sillas metálicas, al calor de una estufa solitaria, aptas solo para espíritus recios. En sus Tres guías, de nuevo Pla, el relator por excelencia del Empordà, resumió así el municipio que acoge las ruinas d’Empúries: “No puede pues constituir una sorpresa el aspecto ascético, simple, esquemático, que tiene esta población: la tierra es pobre, el mar, extremo; las calamidades y los dolores, constantes”.

Pero una tarde de un sábado cualquiera, nuestra pareja pudo pensar que caminaba por el lugar donde los sueños se cumplen. El rincón donde disfrutar de una vida ordinaria, lejos del estrés del móvil, donde tender la ropa al sol, y leer el diario frente al mar; donde comer con hambre, beber con sed y dormir con sueño, “donde todos los días son iguales, tanto si sopla el garbí, el gregal, el xaloc, como la tramontana”... El sueño más gastado del mundo.

Un sueño quizá contrario al que tenía Víctor Català, que en realidad se llamaba Caterina Albert —ya se sabe, mujer con nombre de hombre para perdurar— y que nació y murió en L’Escala (1869-1966). Pla se la encontró un día por sus calles: “No intento hablarle de cosas literarias: siempre que lo he intentado he tenido que dejarlo por imposibilidad de romper la modestia incorruptible de esta señora. Víctor Català es el escritor más modesto que existe”. La modestia, esa virtud que se ajustaba (¿se ajusta?) perfectamente a lo que se espera de una mujer.

Posiblemente, nuestra pareja no supiese nada del Quadern Gris de Pla, ni de la Solitud de Caterina Albert, quizá ni siquiera de las ruinas de Empúries, de Musk y de su boda. O de las variedades de peces de un pueblo conocido por sus anchoas. O que el propio Pla, que un día describió L’Escala como una población “de color de tierra de escudelles”, “sin demasiada amenidad, un poco abandonada”, se mudó allí con la modista Aurora Perea Mené, uno de sus grandes amores, si es que el escritor tuvo de eso.

Vivieron en L’Escala desde 1943 hasta 1948, cuando ella se marchó hay quien dice que cansada de las dudas de Pla, y se casó en Buenos Aires. Recuperaron el contacto epistolar cuando el escritor estaba ya retirado en el mas Llofriu. La vida lenta está salpicado de menciones constantes a Aurora: “L’obsessió d’A. és permanent. Com s’acabarà tot això?”,Carta d’A. Res. Sopo.”, “Cap noticia d’A.”, “Penso en A. Erotisme”, “Obsessió eròtica d’A.”, “Passo la nit de qualsevol manera. A.”, “Notícies d’A.: com sempre, tristes i magres”, “Passo una gran part de la nit llegint i escrivint. Cartes antigues. Les d’A.”, “A. sempre al pensament. Sensualitat de baixa estofa”, “Carta d’A.”, “Res d’A.”, “Carta d’A. -després de tant de temps”...

Nuestra pareja reapareció a la una y media de la tarde del día siguiente. Las habitaciones se dejan a mediodía, pero la suya, la 121, seguía cerrada a cal y canto. Cuando los empleados decidieron finalmente entrar, los encontraron tumbados en la cama, bien vestidos. Ella, de 84 años, estaba abrazada a él, de 85. A su lado tenían seis jeringuillas de insulina, cinco usadas y una intacta, y un blíster con pastillas antivómito. Sobre la mesa, esperaba el testamento junto a una nota con el nombre de la persona a la que debían avisar. En el hotel, nadie les conocía. La autopsia confirmó que no habían sido asesinados. Los Mossos no dudan de que nuestra pareja de alemanes se suicidó. Era el día de Reyes.

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