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OPINIÓN i

Lee Miller, artista motora

La fundación Miró ilumina la trayectoria de la fotógrafa estadounidense que fue asimismo un agente cultural activo y catalizador de su tiempo

Foto de Lee Miller de su compañero en Vogue, también fotógrafo: “David E. Scherman vestido de guerra”, Londres 1942
Foto de Lee Miller de su compañero en Vogue, también fotógrafo: “David E. Scherman vestido de guerra”, Londres 1942

Lee Miller (1907 - 1977) ha debido esperar mucho para tener exposiciones a la altura de su obra. Solía estar donde había que estar para favorecer o acelerar el desarrollo de un proceso, ya fuera la fotografía experimental de hace un siglo en París, la foto de guerra en el Londres de 1942, los campos de concentración que se abrían y los fotógrafos documentaban en 1945, el piso de Hitler para constatar desde su bañera (¡!) que el dictador ya no existía. Durante años considerada musa, palabreja detestable, la norteamericana está ahora en la Miró de Barcelona con una expo que ilumina su trayectoria al presentarla como lo que fue: una artista motora, catalizadora. En fotografía, y en el fértil y a menudo mal interpretado surrealismo británico y, con él, en el arte de la primera mitad del siglo XX.

Una de las obras no fotográficas que mejor la representan, por poco vista, es la reconstrucción de uno de sus objetos-escultura, de 1937, El beso: un antebrazo izquierdo de mujer con sus uñas pintadas de rojo inglés, enhiesto, luce una pulsera rígida que, de cerca, ves que está hecha semejando encías y dientes de una boca bien cerrada, apretada.

Lee Miller debutó con un autorretrato provocador, su selfie de 1930 en París.

Lee Miller y el surrealismo en Gran Bretaña es una óptima exposición no solo porque permite ver una buena selección de su obra, a cargo de Eleanor Clayton, del Hepworth Wakefield que la ha organizado, uno de los museos recientes dedicados al arte británico a partir de figura tutelar de la escultura Barbara Hepworth que le da nombre. Hay más. Es una propuesta excelente porque reúne a la Miller con sus coetáneos y amigos, con los que trabajó a fondo, creando red: las pintoras Eileen Agar y Leonora Carrington, los pintores Miró, Picasso, Ernst, Penrose, Dalí, Paul Nash y otros, el escultor Henry Moore, los fotógrafos Man Ray, Dora Maar y el inseparable colega de Miller en el fotoperiodismo de guerra, Scherman. Una idea preciosa ha sido sumar al diálogo a los surrealistas ibéricos Maruja Mallo y Àngel Planells.

Fue una fotógrafa de envergadura, por su técnica y por su enfoque de lo que tenía delante, ya fuera ella misma o sus amigos -son célebres sus retratos del grupo surrealista en Cannes y en Cornualles en 1937--, las modelos para Vogue y revistas londinenses, su visión del desierto cuando se trasladó a vivir a Egipto antes de la guerra y, sobre todo, su forma de enfocar el fotoperiodismo de guerra cuando regresó a Europa y se encontró con lo que se encontró. Hay que tener una mirada muy bien puesta, incluso a pesar de los desánimos que la Miller conoció, para fotografiar como lo hace ella las imágenes perturbadoras y a la vez teatrales, irónicas y subversivas que ofrecían en el Londres de 1941 en adelante las máscaras antigás y antifuego. Para fotografiar a un fotógrafo vestido para la guerra como si fuera un maniquí de una revista de moda. Para dar cuenta con un maniquí, ahora sí, de los modelitos de camuflaje que se ponían de ejemplo en aquellos años para preparar al personal para la guerra. Para, con todo el desparpajo, fotografiarse en la bañera de Hitler en 1945.
Crecida al lado de un padre fotógrafo que la retrató del derecho y del revés desde su infancia, Lee Miller debutó con un autorretrato provocador, su selfie de 1930 en París. Tenía entonces veintitrés años, era una muchacha muy bella, y mostraba su torso desnudo, los senos tiesos y su perfil vuelto hacia la izquierda del espectador (hacia el pasado). Es la obra que inicia el recorrido de la exposición. Una puede pensar al verlo que ya estamos de nuevo con las musas y sus fotógrafos. No lo interpreta así la expo, que presenta esta foto como una declaración de principios, pero que también puede ser descrita así: la Miller afronta la mirada masculina clásica —su modelo es la escultura griega— puede que para decir basta, puede que no. No se sabe bien entonces. Se sabrá a continuación, cuando vayamos viendo las fotos de este período, en el laboratorio de su compatriota Man Ray en París, donde gracias a ella (por esos errores de laboratorio tan necesarios) los dos llegan al procedimiento de la solarización, la inversión de la luz en el negativo que tantas buenas imágenes procuraría a partir de entonces a tantos fotógrafos hasta hoy mismo.

“No tengo tiempo para ser musa, estoy demasiado ocupada trabajando” dijo sin contemplaciones en aquellos años la pintora Leonora Carrington, otra de la peña. No hizo falta que lo afirmara Lee Miller, lo aplicó, al igual que su buena amiga Eileen Agar, muy presente en esta magnífica expo con sus pinturas, esculturas y diseños teatrales.

“No tengo tiempo para ser musa, estoy demasiado ocupada trabajando”

Mercè Ibarz es escritora y profesora de la UPF

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