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OPINIÓN i

El 1-O, un error estratégico

El ‘procés’ ha demostrado estar tan dotado para la publicidad como negado para la política

De izquierda a derecha, el consejero de Asuntos Exteriores, Raül Romeva; el vicepresidente del Govern, Oriol Junqueras; y el consejero de Presidencia, Jordi Turull, junto a una urna del referéndum.
De izquierda a derecha, el consejero de Asuntos Exteriores, Raül Romeva; el vicepresidente del Govern, Oriol Junqueras; y el consejero de Presidencia, Jordi Turull, junto a una urna del referéndum.

Si cada acción política se mide por sus consecuencias, las del 1-O difícilmente pudieron ser peores, un alud que dejó víctimas y desaparecidos. Hasta entonces el referéndum tenía partidarios, aunque en distinta proporción, en los simpatizantes de todo el arco parlamentario. Eran una mayoría abrumadora, que en alguna encuesta rozaba el 80%, quienes veían el referéndum como solución. El 1-O instauró el referéndum como conflicto. Los telediarios y telenoticias del mundo fueron testigos de que no era la revolución de las sonrisas. Era un enfrentamiento desigual entre una parte de la población civil y los cuerpos de seguridad del Estado, entre la prohibición de los tribunales y la desobediencia masiva impulsada por el gobierno de la Generalitat y sus medios de comunicación públicos.

Fue un referéndum unilateral de sí o sí a la independencia proclamado de antemano en balcones y rotondas, una consulta donde aparecieron las urnas pero no las garantías democráticas. La imagen de votos custodiados en bolsas negras de basura hasta su recuento clandestino, no impidió que sus resultados se considerasen un mandato democrático para la declaración unilateral de independencia. A partir de ahí, se evidenció la gravedad del estropicio.

Aparentemente, el 1-O difícilmente podría haber ido mejor para el independentismo. Fue la escenificación de un enfrentamiento entre el gobierno del Estado y el de la nación catalana, una batalla que aquel perdió por goleada, persiguiendo urnas sin éxito y con una actuación policial convertida en noticia mundial de violencia televisada en directo. Fue una suma de alta participación, capacidad de convocatoria, resistencia pacífica, combatividad y torpeza del Estado. Las imágenes épicas del 1-O están grabadas en las retinas de los catalanes y en los archivos de TV3, que las repite una y otra vez como sacrificio ritual de sangre, sudor y lágrimas.

Sin embargo, si se plantea honestamente la pregunta ¿El 1-O significó un avance para la parte y el todo de la ciudadanía de Catalunya? la respuesta objetiva es no. La desobediencia como proyecto sacó a la política de la negociación y la transacción y la exilió a los tribunales. Trajo la DUI, el 155, la pérdida de autogobierno, grietas cada vez más profundas en la sociedad catalana, políticos en prisión, empresas en fuga al resto de España y de consellers al resto de Europa, un president en excedencia forzosa en Waterloo y otro putativo en Barcelona.

Fue un error estratégico monumental utilizar el 1-O como falsa coartada de la DUI. El procés demostró estar tan dotado para la publicidad como negado para la política, tan hábil en el regate corto como torpe en el juego de posiciones y de estrategia. Lo que ganó la participación masiva del alma independentista y de un sector soberanista lo perdió el cuerpo de su representación política. Aunque sepan que el sueño de su razón produce monstruos el procés sigue emparedado entre la realidad y la retórica. La retórica del deseo como programa político.

José Luis Atienza es coportavoz de Comuns Federalistes.