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OPINIÓN i

Política virtual en Cataluña

Si entonces lo hubiéramos sabido todo sobre Banca Catalana posiblemente Pujol no hubiese tenido margen para su victimismo

Operarios retiran el rótulo del banco, en el año 2000.
Operarios retiran el rótulo del banco, en el año 2000.

Para la historia recreativa podrá interesar, cuando lleguemos a una Cataluña post-secesionista, un videojuego centrado en las alternativas que no llegaron a buen puerto. Por ejemplo: ¿qué hubiese pasado si finalmente Puigdemont convoca elecciones y no es inmediata la aprobación del 155 por el Senado? De ser así, posiblemente Puigdemont no tendría que haberse instalado en Waterloo, lugar clásico para los ejercicios de historia actual o contra-factual: ¿qué habría pasado si Napoleón no cae derrotado en las afueras de Bruselas? A menor escala, en cada nuevo tropiezo del secesionismo tenemos una alternativa virtual. Si quisiéramos imaginar el escenario romano en el caso de que César no hubiese cruzado el Rubicón, para la pequeña anécdota basta con el tuit del diputado Rufián sobre las monedas de Judas.

Hay otros dos momentos que incitan a la especulación contrafactual que consiste en preguntarse qué hubiera pasado si algo hubiera acontecido en otro sentido de la encrucijada. Es conjeturar sobre lo que no ocurrió y pudo haber ocurrido. ¿Qué pasa si la República gana la guerra civil? El historiador Niall Ferguson ha sido uno de los últimos en postular aplicaciones concretas de la historia virtual. No son juegos de mesa. En realidad nos permiten revisar algo que realmente pasó. Para no remontarnos a 1714, clímax de la historia inventada, vayamos al caso Banca Catalana que le permitió a Jordi Pujol arroparse con la señera y conseguir uno de sus mejores resultados electorales.

Si entonces lo hubiéramos sabido todo sobre Banca Catalana posiblemente Pujol no hubiese tenido margen para su espectacular uso del victimismo. Aquella bancarrota tuvo un coste altísimo para el Estado: 345.000 millones de pesetas. Con el Pujol post andorrano algunas piezas comenzaron a encajar pero no antes de una noche apoteósica frente al hotel Majestic cuando, como un eco en clave peronista, los fieles aclamaban a Marta Ferrusola con “Això és una dona”. Por el contrario, de haber prosperado la querella contra Pujol como dirigente de Banca Catalana, el nacionalismo tal vez hubiese quedado sin tanta energía. ¿Con qué impacto en la vida política catalana?¿Con qué deterioro de aquel transversalismo desencaminado que luego acabaría por hacerle perder al PSC casi todo su poder territorial en Cataluña? En tal caso, de no entregarse el PSC transversal al mimetismo nacionalista, ¿habría aparecido Ciutadans? Lo que ahora es el partido liderado por Inés Arrimadas fue una emergencia reactiva frente a la desorbitada cesión mimética que el socialismo catalán tuvo ante el nacionalismo.

Hay otro momento en la vida política catalana contemporánea necesitado de un ejercicio contra-factual. Vayamos al 3%. En el célebre debate parlamentario, un Pasqual Maragall obsesionado con la idea de un nuevo estatuto de autonomía que nadie deseaba, de forma bastante sorprendente se refirió al 3% -una mordida luego incrementada con holgura-, que era una práctica habitual de Convergència. Al instante, Artur Mas respondió de tal manera, sin duda amenazante, que entre líneas advertía de que si se hablaba de 3% no habría nuevo estatuto. Es otro momento en el que las cosas hubiesen podido transcurrir de modo muy distinto. Por ejemplo, si Maragall deja de lado su prioridad estatutaria e insiste en su denuncia pública del 3%, es probable que Convergència hubiese recibido un torpedo en la línea de flotación. Fue una cuestión —seamos ingenuos— de prioridades: Maragall quería el estatuto, sabía que a Artur Mas le importaba más bien poco con lo que sacar trapos sucios convergentes haría aún más difícil el entendimiento estatutario. Con el estatuto vino la sentencia del Constitucional a la que no pocos atribuyen el origen de todos los males aunque es higiénico recordar que en una primera fase, la sentencia no puso fin al apoyo del PP catalán al gobierno convergente. Ahora nos preguntamos si para la vida pública catalana era mejor conseguir como fuera un segundo Estatut de dudosa entidad o entrar de lleno en la atribución de responsabilidades por las prácticas corruptas desde el poder convergente. Son episodios consecutivos de opacidad, un rasgo de cada vez más eminente del pujolismo.

En el debate del Brexit, los partidarios del sí decían que el ingreso de Turquía en la Unión Europea sería catastrófico, dejando de lado que Turquía no es un candidato creíble: solo cumple con una de los 35 condiciones para ingresar y además tendría el veto de Grecia y Chipre. Se asemeja a una república catalana independiente que quedaría fuera de la Europa comunitaria.

Valentí Puig es escritor.