Café de MadridOpinión
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Lejos de Sol

"Basta alejarse un poco de Madrid para empezar a echarla de menos"

JORGE F. HERNÁNDEZ

Parece mentira. Basta alejarse un poco de Madrid para empezar a echarla de menos; extrañarla, como se dice en México, quizá aludiendo a la metáfora de que la bella villa y corte parece extraña de lejos y en la saliva de la desmemoria de pronto –sucede a menudo—recordar desde la ventanilla del avión que se me olvidó pasar por la Puerta del Sol y comprar un abanico con su respectiva funda. Será para la vuelta, sugiere la calma, pero el hipotálamo ya sabe que una vez que se nos conceda volver a Sol por abanicos, a la siguiente despedida quedará pendiente una cajita de violetas de caramelo, un diminuto Quijote cabalgando sobre el lomo de un libro de tapas rojas o cualesquiera de los muñequitos con los ojos saltones que uno siempre lleva como reliquia o recuerdo trasatlántico.

Voltea la vista a las espaldas y recuerdas el abanico porque sigue siendo el mejor alivio para el calor y la ironía se sustenta en un juego del revés: mientras más te alejas de la Puerta del Sol, más precisas la ligera brisa de un abanico que se abre como flor de semicírculo, media Luna de pestañas engarzadas con una tela como vela. Dicen que en la forma de mover el abanico se nota quién es duquesa y la extensión de los finos modales se extiende también a los caballeros que ahora florean sus abanicos como secreto homenaje a Locomía, sin faldones, o como uno de los mejores regalos que se pueden llevar en la maleta en cuanto el avión se eleva para hundirse en las nubes.

Precisamente porque el calor va girando conforme rota el planeta y se confirma el soponcio del calentamiento global, llevar un abanico de regalo y otro de repuesto se ha convertido en placebo hipnótico y dije de entretenimiento, ya en la sala del dentista o en la última fila del autobús, ya andando por el pasillo más largo de cualquier aeropuerto o en la mínima sombra que se forma al pie de un arbolito. Precisamente por ello, desde la ventanilla del avión, recordé que tenía que pasar por Sol para un abanico idéntico al otro que creo haber regalado en un ayer no tan remoto, para que sustituya la brisa que acaricia un rostro que siempre me espera del otro lado del mar y para que conste que el imperio de los climas artificiales y el reino del aire acondicionado no han logrado mermar el discreto encanto de un biombo de mano, que cubre la mitad de una cara, para que la mirada se asome sonriendo hasta el encargo de un próximo viaje. 

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