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Puro teatro

David Byrne sorprendió en el Cruïlla con un concierto coreografiado por sus propios músicos

El cantante y compositor escocés David Byrne (d), durante su concierto en la última jornada del Cruïlla de Barcelona.
El cantante y compositor escocés David Byrne (d), durante su concierto en la última jornada del Cruïlla de Barcelona.

Una camisa cambia a una persona, lo mismo que un peinado o un maquillaje. Los festivales ni se peinan ni se visten, pero con sus carteles realizan un llamado que apela a diversos públicos. El Cruïlla siempre ha sido un festival cuya asistencia comenzó siendo joven, casi insultantemente joven, pero con el paso del tiempo ha ido acercándose, llamando, a público algo más talludo. Ese público fue el que se citó en la última noche del festival, que presentaba un cartel, llámese maquillaje, para personas cuya mayor radicalidad consiste en no clasificar adecuadamente los residuos domésticos. La imagen era bien patente a primera hora de la tarde, cuando al salir del metro una riada de chavalería, bolsas de bebidas en manos, se enfilaban hacia el Beach Festival que se realizaba un poco más allá del Fórum, a primera hora de la tarde vacío como un confesionario en carnaval. Pero más tarde, en aquellas explanadas ya ocupadas por más de 22.000 personas, se dejaría oír la voz de David Byrne y el Cruïlla confirmaría que tiene artistas para todos los públicos, como tornillos una ferretería. Curioso este festival de piel cambiante no ya de año en año, sino incluso de jornada a jornada.

El concierto de Byrne fue el concierto de la noche, con permiso de la algarada electrónica que más tarde desatarían Justice y Orbital en tímida réplica a la discoteca playera al Beach Festival que bramaba al otro lado del Fórum. Antes Fatoumata Diawara, una extraordinaria voz de Mali, dejó claro que ella es la responsable de que sus conciertos no tengan más dinámica, al dinamitarla con sus largos parlamentos entre canción y canción. Sí, relata temas de justicia aplastante y la reivindicación del papel de la mujer en África es de una pertinencia insoslayable, pero abonar su ego reivindicativo regando concienzudamente el “yo” que protesta acabó restando poder al efecto de su música, que además Fatoumata despliega con recursos un poco gastados de espectáculo consabido. Aún con todo, concierto entretenido en espera de la estrella.

Y Byrne demostró que lo era desde el minuto cero, con el concepto de su espectáculo, una fascinante muestra de talento, ingenio, originalidad y plasticidad del mismo. Y es que los once músicos del Byrne, dos de ellos coristas y bailarines, sin ubicación fija en un escenario completamente limpio, eran una troupe de actores que se movían por escena tocando su instrumento atendiendo a coreografías específicas para cada canción. Uniformados todos ellos y descalzos, como el propio Byrne, cada pieza tenía una puesta en escena diferente, que les obligaba no solo a tocar, sino a estar atentos a recorridos, gestos y demás recursos coreográficos que incluían un delicadísimo y elegante juego de luces. Cada canción tenía un color que dominaba su puesta en escena, color además no dispensado por focos, sino por una líneas de luz que relucían en los telones que cerraban tres caras del escenario, similares a cadenas plateadas o a hilos brillantes. Un claro ejemplo de menos es más cuyo efecto fue formidable.

En aquel concierto teatralizado, pues teatro y coreografía fue lo que al fin y a la postre ofreció Byrne, el repertorio, algo corto, fue generoso en citas a Talking Heads, deseado maná del sector más canoso de los espectadores. I Zimbra, Slippery People, Once In A Lifetime, This Must Be The Place, Once In A Lifetime o Burning Than The House brillaron entre piezas como el I Should Watch TV que grabó junto a St Vincent y otras, ya de American Utopia, un disco en el que Byrne quiere devolver el optimismo de las pequeñas victorias cotidianas frente al razonable pesimismo de un mundo donde siempre parecen ganar los malos. Por eso Cada día es un milagro, como cantó rodeado por la nutrida sección de percusión, similar a una batucada o a una banda callejera de percusión. Y sí, con espectáculos tan inteligentes, originales y bien resueltos como el presentado por Byrne, todo parece más fácil. Más tarde cerraron The Roots con su hip-hop de instrumentos, en un concierto planteado como una especia de jam con las piezas ensambladas y largos desarrollos instrumentales en los que no faltó la tuba, otro instrumento que en la tradición negra se usa en las bandas de calle. Pero ya nada podía hacer olvidar que el Byrne fue el concierto de la noche, el que acercó al Cruïlla a algunos papas cuyos hijos bailaban en el contiguo Beach Festival.