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El precio de la libertad

Pere Arquillué triunfa como director con un espléndido montaje de dos piezas satíricas de Václav Havel

Los tres actores de la obra de La Villarroel.
Los tres actores de la obra de La Villarroel.

Arrancó el Grec Ciutat con un gozoso éxito, el debut como director de escena del actor Pere Arquillué con una fresca, hilarante y cercana adaptación catalana de dos pequeñas piezas satíricas que Václac Havel escribió a principios de 1975 para hacer reír a sus amigos, aunque tras las risas y el humor absurdo se esconda el drama solitario y cotidiano que el escritor y político checo vivió bajo el acoso de la dictadura; un calvario emocional que, en el escenario de La Villarroel, vive el personaje protagonista de Audiència & Vernissatge, Vanek, alter ego de Havel, interpretado por Joan Carreras en una espléndida función.

Se puede hacer gran teatro con recursos sencillos; lo demuestra Pere Arquillué en su bautismo como director teatral. Acierta de lleno en un montaje de ritmo ágil, imaginativo —el cambio de decorados, a vista y de la mano de los propios actores, encadena las dos obras con ingenio— que engancha por esa especial complicidad con los actores que logran los directores que también dominan el oficio de actor.

Audiència & Vernissatge

de Václav Havel. Joan Carreras, Rosa Gàmiz, Josep Julien. Director de escena: Pere Arquillué. La Villarroel. Barcelona, 28 de junio

La naturalidad, acierto y proximidad del lenguaje —magnífica traducción de Monika Zgustová y dramaturgia de Anna Maria Ricart— confiere fuerza comunicativa a unos textos sencillos cuya calidad crece precisamente por el talento del director y los actores.

La trama de las dos piezas, muy influenciadas por el teatro del absurdo, con el humor como coartada para hacer más soportable la crueldad de la persecución, es sencilla: un escritor, Vanek (aprovecha Havel una experiencia real) sobrevive trabajando en una cervecería donde un cervecero histérico y domado por el régimen, que bebe sin parar —suelo del despacho lleno de cervezas, micción urgente por obvias razones— debe vigilar al empleado bajo sospecha y pretende que el propio afectado escriba un informe sobre sus actividades.

Una leve poda del texto, que repite en demasía los mismos gestos y argumentos, daría más equilibrio a la función. Pero funciona bien. Funciona aún mejor la segunda pieza, en la que Vanek también debe luchar para preservar su espacio de libertad frente al acoso y chantaje emocional de un matrimonio amigo que pretende imponerle un estilo de vida, unas costumbres sexuales y una falsa modernidad que va contra todos sus principios. Y es que de éso van estas dos obras, del precio de la libertad, de la capacidad de resistencia frente al acoso y la persecución.

Quizá deberían rebajar el exceso de movimientos y la gestualidad recurrente —lo pide el tono de farsa, pero se puede ajustar— que impide a Rosa Gàmiz —divertidísima en el papel de Vera, mujer tan temible en el salón del hogar como en el dormitorio—, desprenderse de una manifiesta rigidez. Acierta en el tono, en las miradas, suspiros y silencios, Joan Carreras, defendiendo sus principios sin perder nunca el control.

Josep Julien ofrece uno de sus mejores trabajos sacando punta al delirante histrionismo de dos personajes —el cervecero y Michal— que, bajo falsas apariencias, son un demoledor espejo de insatisfacción.