Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
LA CRÓNICA

En la casa griega de Paddy

Una visita a la villa del escritor y héroe de guerra británico Patrick Leigh Fermor en Kardamili, al sur del Peloponeso

El escritor británico Patrick Leigh Fermor, en su casa en Kardamili, en los años 60.
El escritor británico Patrick Leigh Fermor, en su casa en Kardamili, en los años 60.

Acepté un poco tarde la invitación del escritor Patrick Leigh Fermor de visitar su casa griega: fui la semana pasada y Paddy hace ya casi siete años que está muerto. Desde luego no encontré un plato en la mesa. También es verdad que su famosa villa en el pueblo de Kardamili, en Mani, al sur del Peloponeso, queda un poco a desmano. por no decir en el quinto pino. De hecho tuve que engañar a mis acompañantes, con los que hacía un tour festivo cultural por la península, para que me acompañaran a la remota localidad y además a cambio de no visitar Esparta. "No vamos a hacer un montón de kilómetros y subir a los putos montes Taigetos solo para que tú te des el lujo de enviar un puñado de postales que pongan '¡Esto es Esparta!'". Hay que ver cómo me conocen los amigos, pero también quería ver si, como decía Paddy que decía Pausanias, aún se conservaba la cáscara del huevo de cisne que puso Leda y del que surgió Helena de Troya. Otra vez será. Esparta no se va a mover.

Tras recorrer Micenas, tiramos en coche para abajo vía Trípoli hacia Kalamata. Desde allí hasta Kardamili (la vieja Cardámila, una de las siete ciudades mesenias que según Homero Agamenón ofreció a Aquiles para apagar su ira —lógicamente él prefería que le devolvieran a Briseida—) lleva una carretera infame, 35 kilómetros de curvas que te arrastran por pueblos dejados de la mano de Dios y en los que además, como recuerda Leigh Fermor en su libro sobre la región, Mani (Acantilado), tienen aún muy mal recuerdo de los piratas catalanes.

Llegamos a Kardamili ya oscuro y con bronca (yo había sugerido desviarnos a Exochori para ver la ermita de Agios Nikolaios junto a la que se esparcieron las cenizas de Bruce Chatwin: no coló) y nos desperdigamos por el pueblo, que tiene un aire de Deià y lo caracteriza una larga calle con bonitas casas de piedra de estilo veneciano. Los demás recalaron finalmente en una taberna (evité decirles que Paddy sostenía que en Kardamili servían el peor retsina de Grecia) y yo aproveché para ir a la librería local, donde me encontré con un despliegue de ediciones de libros de Leigh Fermor en diversas lenguas y a un librero, Giorgos, que receló del entusiasmo del inesperado visitante que hacía gala de su amistad con el escritor pero iba ataviado con una camiseta con un hoplita y la leyenda "Fuck yourself Xerxes".

La exedra en el patio de la casa de los Leigh Fermor en Kardamili.
La exedra en el patio de la casa de los Leigh Fermor en Kardamili.

Paddy ya decía que los maniotas sienten una inveterada méfiance hacia los forasteros, les resultas sospechoso de entrada por haber ido allá abajo y además quién sabe si no eres un turco rezagado. En una pared del establecimiento colgaba un panel de cartón con fotos de Paddy (una vestido de oficial, de la época en que secuestró al general alemán Kreipe en Creta) y dedicatorias de su puño y letra, en griego.

Recuperé a mis acompañantes en el café Androuvitsa, donde ya estaban bastante achispados. Resultó que la joven encargada, Anna Zervea, sabía un montón de cosas de Paddy y lo había conocido bien. “La primera vez, él y Joan, su mujer llegaron caminando y se alojaron aquí mismo, mi abuelo alquilaba habitaciones en el piso de arriba". Anna me explicó una historia fenomenal: el encuentro en Kardamili entre Patrick Leigh Fermor y ¡el conde Almásy de El paciente inglés! Resulta que el protagonista de la película, Ralph Fiennes, que encarnaba al explorador y conde húngaro, viajó al pueblo para ver a Paddy, del que su padre era un gran admirador. "Imagina la impresión que nos produjo ver por la calle a Fiennes, que iba muy glamuroso. Fue a casa de Paddy y luego continuó su viaje, estaba haciendo la ruta de Ulises". Eso me llevó a preguntarle por la famosa playa de las sirenas. Paddy tenía una, de cola doble, tatuada en el brazo. "Son nereidas, ninfas, se cuenta que salían del mar para ver a Neoptólemo, el hijo de Aquiles. Había un templo dedicado a ellas, donde ahora está la iglesia". También se dice que unas tumbas en las afueras son las de Cástor y Pollux, los hermanos de Helena... Muchos habitantes de Kardamili se tienen por descendientes de los bizantinos huidos tras la caída de Constantinopla y el imperio de los Paleólogos. Seguro que a Paddy le encantaba la conexión

Anna me explicó una historia fenomenal: el encuentro en el pueblo  entre Paddy  y ¡el conde Almásy de El paciente inglés! Resulta que el protagonista de la película, Ralph Fiennes, viajó allí  para ver al escritor

Por la mañana, siguiendo las indicaciones de Anna, me dirigí a ver la casa de Leigh Fermor, punto central de mi peregrinación a Kardamili. La villa está en realidad a las afueras, en Kalamitsi, y, rodeada por olivos y altos cipreses, resulta casi invisible. La propiedad linda con el mar y posee una escalera de piedra que conduce a una pequeña cala. Aparqué el coche y corrí jubiloso a la entrada del jardín, pero me impidieron el paso. Resulta que la casa, que era visitable tras la muerte de Paddy previo permiso del museo Benaki de Atenas, al que la legó el escritor, ya no lo es, pues se están efectuando grandes obras de rehabilitación. De nada valió que adujera que el propio Paddy me había invitado y hasta que me ofreciera a recitar la oda a Taliarco (la de Horacio que compartieron él y Kreipe durante el secuestro). Nanay de la China. Me sentí a la vez derrotado, humillado y entristecido. Acepté mi sino y marché cabizbajo hacia la playa. Y pensar que podía haber ido a Esparta. Pero entonces oí que me llamaban. El ingeniero Dimitrios Pastras había telefoneado al Benaki y me autorizaban a la visita. No sé qué les habría dicho, a lo mejor que era menos peligroso si me tenían vigilado. El caso es que entré en la vivienda griega de Paddy tantos años después (2001) de que mientras comíamos trucha en Chelsea él me invitara.

Recorrí las dependencias que conocía de memoria. El salón, el estudio, el porche, los arcos. Todo estaba vacío. La sensación de desolación era absoluta. La reforma era profunda. Solo quedaba un cascarón vacío. En una pared, protegida bajo un panel de porexpan estaba la famosa máscara de cerámica obra de su amigo Ghika. En una galería entraban y salían las golondrinas. Ni un libro. En el patio, caminé sobre los mosaicos de guijarros hacia la exedra desde donde Paddy y sus amigos atalayaban alegremente el atardecer sobre el golfo de Mesenia. El día era gris y el mar no refulgía. Recordé la ilusión con la que los Leigh Fermor levantaron su casa con el anfiteatro de las montañas a su espalda. Llegaba tarde, llegaba tan tarde. Una sensación de infinita tristeza me invadió: de aquellas vidas brillantes no quedaba aquí nada. Todo pasa y muere. Todo tiene un final.

Me marché con una sensación amarga. No me animó encontrar en la playa unos viejos calzoncillos abandonados. Me senté desilusionado y abatido. Junto a la casa quemaban rastrojos y el viento traía una fina lluvia de cenizas que parecían los restos de un mundo desvanecido. Entonces, un movimiento me llamó la atención en la costa al fondo de la bahía. Miré con mi pequeño catalejo. Era un grupo de siete garzas blancas. Estaban frente a una cueva en los riscos al borde del mar. Pensé si no serían las nereidas. Y entonces recordé los pájaros que dibujaba Paddy en las dedicatorias de sus libros, las aves que vuelan entre sus letras. Entendí que las garzas eran un último regalo. Y me dije que a la amistad, como al amor y la belleza, uno nunca llega demasiado tarde.