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Lánguido romanticismo de multitudes

Lana del Rey deshojó en el Sant Jordi la margarita de su repertorio en un concierto muy sosegado de su gira ‘Lust for life'

Lana del Rey durante su concierto en Barcelona, este jueves.
Lana del Rey durante su concierto en Barcelona, este jueves.

Un escenario que evocaba la selva. En su superficie existía la orilla de una playa, y el mar iba y venía gracias a los efectos de luz, creando un efecto sólo perceptible desde las gradas. Un ambiente poco sofisticado para una estrella que ha hecho de la sofisticación uno de sus señas de identidad. Y en consonancia con ello apareció ataviada sin particular originalidad, en tonos tierra, un poco como podría imaginarse a Wilma Picapiedra tras una sesión de apresurado estilismo. Falda corta, botas por encima de la rodilla y cabello lacio y negro flanqueando el rostro.

Lana del Rey en plan reina tímida de la selva, con ese posado tan lánguido de estrella de otro tiempo, de cuando no había prisas y el tiempo no se fundía. Eran las 21,30 horas de la noche.

Con el Sant Jordi acotado en su aforo, unas 10.000 personas atestiguaron que quien iba a comerse el mundo se ha comido un trocito. Igual es que desea hacerlo como los nutricionistas aconsejan, poco a poco, varias ingestas diarias no muy copiosas para evitar indigestiones. Y dado que Lana no es el dinamismo personificado, sino más bien una cariátide milagrosamente en movimiento, todo cuadra, incluso el ritmo de su éxito. Armada sólo por su figura y una voz que pareció reforzada por la magia digital, atacó en el inicio de su concierto piezas de su nuevo disco como Cherry o White Mustang con entreverados de sus triunfales inicios como Born To Die, saludada por un agudo griterío. Jugaba en casa, y para agradecer el apoyo de sus seguidores, en Blue Jeans bajó del escenario para repartir unos escogidos besos en la primera fila. Más tarde, y a petición popular, cantaría un Carmen no previsto en el repertorio. Reflejos.

Su aire de diva frágil de belleza añeja sintonizó perfectamente con su repertorio, que pese a tener toques contemporáneos que lo acercan al rhythm and blues o al hip-hop, mantiene una recia raíz en el pop barroco, algo mayestático. Es precisamente ese aire de mujer de otro tiempo, de esas que los norteamericanos pintaban en la nariz de sus bombarderos cuando descargaban fuego sobre Alemania, uno de los activos de Lana del Rey.

No es simplemente que sea bien parecida y juegue con ello, es que construye una imagen compacta con tantas referencias en la memoria colectiva que sólo le falta rematarla con su deambular un punto triste y melancólico, un punto cursi. Y lo dicho, su forma de entonar suave, sin estridencias y pausada también encaja con un repertorio sin premuras rítmicas basado en los medios tiempos. Incluso en temas como Lust for life, parecería que sus palabras caían en el Sant Jordi como rasgadas cortinas de tenue lluvia.

Amor odio

En consecuencia, Lana del Rey es objeto de amores incondicionales o de odios facilitados por una propuesta sin dobles sentidos aunque no plana, la de esas personas que quieren parecer ingenuas aún sabiendo que sus actos evidencian que probablemente no lo son.

Sólo ver como en Change ella cerraba los ojitos mientras un ventilador movía su melena se podía intuir que el Sant Jordi titilaría en la pantalla de miles de móviles encendidos. Lo hizo. Uno de los momentos singulares de un concierto en que música e imagen, proyección personal y canciones, personaje y artista sellan una alianza que iba a comerse todo el mundo. Cerró con Off the races y se despidió para seguir batallando con la enseña de su exagerado candor.

Del Rey llegó a Barcelona tras pasar por Bélgica, y hoy viajará y actuarán en Madrid, en República Checa podrá verse el 29 de junio y en Hungría el 10 de agosto.