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Maria Aurèlia Capmany, en la ‘finestra’

El periodista Agustí Pons recupera la biografía de la escritora y política en el centenario de su nacimiento

Maria aurèlia Capmany, en una imagen de 1983.
Maria aurèlia Capmany, en una imagen de 1983.

A veces, la historia le da a uno la razón en todo por lo que ha luchado, aunque a menudo es mucho más tarde. Algo así es lo que le pasó a la polifacética, puro carácter, “dona finestrera” como ella misma se definía por su interés omnívoro ante todo lo que pasaba en el mundo, Maria Aurèlia Capmany. “Al final, ha tenido razón al entender el catalanismo como sentimiento popular y no como patrimonio y expresión de la burguesía; en el triunfo de la izquierda no marxista: ella nunca se dejó deslumbrar con el ideal comunista, y también en su temprana reivindicación de la mujer: su La dona a Catalunya [de 1966] es uno de los ensayos más serios sobre el tema y lo hace reivindicando que esos derechos se ganarán desde organizaciones generalistas, no feministas; y eso no era fácil de decir entonces”, resume el periodista Agustí Pons, autor de la biografía Maria Aurèlia Capmany. L’època d’una dona (Meteora), edición corregida de la que publicó hace 18 años, y que reaparece ahora en el marco del centenario del nacimiento de la intelectual.

Con profusión de datos, el colchón de un centenar de libros consultados y el bagaje del estudio de un periodo que en su caso le ha servido para enmarcar biografías de otros protagonistas culturales de la época como Pere Calders, Néstor Luján, Joan Triadú y Salvador Espriu, Pons traza cronológicamente la trayectoria de una niña con una infancia incómoda, en la que su padre, modesto cestero, pero estudioso del folklore barcelonés, se casó quizá más enamorado de la biblioteca de su futuro suegro (Sebastià Farnés) que de la hija de éste, una militante de izquierdas de aquellas que sabían mejor nadar que coser; pero todo ello sirvió para que la niña Maria Aurèlia aprendiera a leer desaforadamente por la vía imitativa.

Tan tímida patológica (y ploramiques de cría para llamar la atención familiar, sobre todo de su abuelo, colaborador de Valentí Almirall) como decidida a ser escritora, quien tenía que ir a los Banys Riera, en la calle Sant Pau de Barcelona, para poder ducharse con agua caliente, y dedicarse a grabar vidrio para poder mantener sus estudios y ayudar a la familia tras la Guerra Civil llegaría a los oscuros años franquistas como una mujer intelectualmente hecha, que hasta impartía clases en escuelas. En 1949 ya ha leído del derecho y del revés a Sartre y con su licenciatura en Filosofía, sabe lo que tiene entre manos. También sabe lo que ha escrito André Gide tras su decepcionante viaje a la URSS de 1936. Todo ello estaría en la base de sus encontronazos con intelectuales y editores como Xavier Folch (vinculado al PSUC) y, especialmente, Josep Maria Castellet, entonces al frente de Edicions 62, quien además rechazará la publicación de su novela Un lloc entre els morts por alejarse del modelo de realismo social imperante. “Ella se mofa de que todos en aquella época leyéramos a Marcuse… Le molesta que algunos de aquellos que habían pasado incluso del falangismo al marxismo le dieran lecciones de según qué”, resume el biógrafo.

No sería la única gran polémica que mantendría Capmany, que nunca se arrugaba: se las tuvo con Manuel Vázquez Montalbán por un artículo que éste escribió sobre la crisis de la revista Oriflama y también indirectamente con Josep Pla, de quien llegó a escribir: “Tota persona a qui es doni a llegir un text de Josep Pla i no es torni vermell, ni la pell se li posi de gallina, ni se li crispin els músculs facials és que té un sòlid esperit reaccionari”. Por descontado, se opuso a que el autor de El quadern gris recibiera el Premi d’Honor de les Lletres Catalanes, del que ella fue miembro del jurado entre 1975 a 1981.

Si bien se consideraba novelista, Pons cree que fue mejor ensayista. En cualquier caso, su militancia en el PSC a partir de 1976 y su participación en la política municipal al lado de gran amigo Pasqual Maragall (fue concejala de Cultura y posterior responsable de publicaciones del Consistorio, la virreina de La Virreina), eclipsó su carrera literaria. “Pero ella lo quiso así, en eso fue muy sartriana: los intelectuales debían ensuciarse las manos”, opina Pons. “Su barcelonismo era superior a casi todo; no hubiera sido senadora, por ejemplo”, sostiene el editor de Meteora Jordi Fernando, que trabajó con la escritora en el Consistorio en los años finales.

La detección de un cáncer de pecho que acabaría con ella en octubre de 1991 (un mes después también fallecería, por la misma enfermedad, su amiga Montserrat Roig), dejó a Capmany “hundida y la llevó a buscar refugio en la familia”, recuerda su sobrina Anna Capmany, que la acompañaba en su ingresos en el Hospital del Mar. También estaba muy tocada moralmente por los problemas económicos derivados, entre otros asuntos, por el extraño testamento que dejó quien desde 1968 fuera su compañero sentimental, el escritor Jaume Vidal Alcover, una relación desigual en la entrega del uno al otro, según deja entrever la biografía. Vidal no le legó absolutamente nada.

Tampoco mucha cosa de Capmany se puede encontrar hoy en las librerías, ausencia que Pons vincula a los cánones impuestos desde la academia y en particular por Joaquim Molas, una escasez de títulos que apenas mitigará el centenario. También le sorprende la ausencia de la Capmany dramaturga, ella que fundó la Escola d’Art Dramàtic Adrià Gual junto a su admirado Ricard Salvat. “No entiendo como en el Teatre Nacional de Catalunya ha estrenado todo el mundo menos ella; y lo entiendo menos ahora porque el leitmotiv de su obra es esa denuncia de cómo las clases dirigentes catalanas han preferido el dinero al país”, sostiene Pons. La nieta recurre a un azar poco favorable a lo largo de su vida: “La persiguió una infancia difícil, la guerra, la posguerra… Y en el año de su centenario, en Cataluña pasa lo que pasa”. Ella, a buen seguro, lo estaría analizando desde la finestra.