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Wagner a gritos

Llega al Liceu el montaje de El holandés errante, dirigido por el cineasta alemán Philipp Stölzl

'El Holandés errante', dirigido por el cineasta alemán Philipp Stölzl, en el Liceu.
'El Holandés errante', dirigido por el cineasta alemán Philipp Stölzl, en el Liceu.

Con muchos cambios en el reparto -han sustituido a tres de los cuatro cantantes anunciados en los principales papeles-, llega al Liceu el montaje de El holandés errante dirigido por el cineasta alemán Philipp Stölzl, autor de famosos videoclips de Madonna y Mick Jagger, y la adaptación de la novela El médico. El espectáculo es entretenido y visualmente atractivo, pero sin un ápice de grandeza wagneriana. Y el nivel vocal, a pesar de los precios de primera división, es más propio de un teatro de provincias. A duras penas se salva, por sus tablas, Albert Dohmen, mientras en el foso la orquesta naufraga bajo la inexperta y deslavazada concertación de la joven directora ucraniana Oksana Lyniv.

El holandés errante

El holandés errante, de Richard Wagner. Albert Dohmen, Elena Popovskaya, Attila Jun, Timothy Richards, Itxaro Mentxaka, Mikeldi Atxalandabaso. Coro y Orquesta del Gran Teatre del Liceu. Directora musical: Oksana Lyniv. Director de escena: Philipp Stölzl. Producción de la Staatsoper Unter der Linden (Berlín). Teatro del Liceu, Barcelona, 2 de mayo.

La producción, que procede de la Staatsoper Unter der Linden, a partir del original estrenado en Basilea, propone un sugerente punto de partida: en la biblioteca de la mansión de Daland, su hija Senta, adolescente, se obsesiona leyendo la historia del holandés errante, pretexto para dibujar un psicodrama de una mujer enajenada, oprimida y autodestructiva, incapaz de separar la realidad de sus fantasías.

Teatralmente, ese retrato de una obsesión patológica, donde realidad y ficción se entrelazan a través de imágenes de un gran cuadro que se tornan corpóreas, no pasa de ser un relato confuso, de corte tradicional y ambientación realista, que dinamita las claves románticas de la primera gran ópera de Richard Wagner y convierte a su primera heroina en una grotesca caricatura.

Emerge en esta ópera, aún sujeta a la estructura de números cerrados, uno de los temas predilectos de Wagner, la redención por amor, caprichosamente distorsionado por Stölzl. Hay, no obstante, un punto morboso en esa falta de contacto físico entre Senta y el holandés, pero el capricho escénico arruina la intensidad lírica de su gran dúo.

La dirección de actores, muy convencional, y el pulso narrativo tiene no pocos altibajos a lo largo de dos horas y veinte minutos, sin descanso. Faltó tensión dramática, cohesión y brillo en el foso, con un sonido robusto y más pifias de lo habitual, muy lejos de la calidad mostrada en este repertorio con Josep Pons o con Sebastian Weigle, que dirigió el fallido montaje de Àlex Rigola en 2007 y la memorable versión de concierto ofrecida por el Festival de Bayreuth en 2012.

Vocalmente, lo más safisfactorio fue la actuación del coro del Liceu, aunque también abusó de decibelios. Dohmen apenas salvó el papel estelar, con nobleza pero con voz gastada. Gritona y desafinada la Senta de Elena Popovskaya en un poco afortunado reparto, con el vociferante Daland del bajo Attila Jun, el tenor Timothy Richards desbordado por la tesitura de Erik y las correctas prestaciones del tenor Mikeldi Atxalandabaso (timonel) y la mezzosoprano Itxaro Mentxaca (Mary).