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CRÍTICA

Unos dignos Premis Gaudí que se enmiendan

Es muy difícil resolver una ceremonia donde se tienen que leer más de 80 nominaciones

Foto de familia de los galardonados.
Foto de familia de los galardonados. EL PAÍS

Una ceremonia donde se tienen que leer 85 nominaciones y dar 22 premios, más el honorífico, aunque sean premios de cine, es imposible que sea una manifestación de la entertainment. Según el Acadèmia del Cinema Català, el objetivo principal al organizar los Premis Gaudí es dotarlos “del prestigio y sello” otros premios similares. Unos germanets grandes, por cierto, que cada vez resultan más amodorrados y donde el prestigio lo tienen más los premiados que no los premios. Pero dicho esto, y teniendo presente la naturaleza de la ceremonia, este año la fiesta ha tenido la dignidad y mide que no tuvo, ni de lejos, ahora hace un año.

El vídeo promocional, con gente de la industria del cine catalán socarrimats, ya pintaba bien. El director artístico, Lluís Danés, y su gente han propuesto un escenario con un clima tardoral sin chasquido de luminaria ni otras modernors de catálogo. Los presentadores de los premios tenían que ir de cara a barraca y la gran mayoría se han ahorrado la brometa preliminar. El tiempo dedicado a los agradecimientos ha sido eficazmente controlado con la amenaza de una fumigación. El presentador, Bruno Oro, no ha fatigado con gags allargassats y eran preferibles las píldoras en directo (la mejor, cuando ha dado la cifra del paro entre los actores, “y esto no es ningún gag”) que los chistes audiovisuales.

La realización televisiva ha sido eficaz, ha sabido moverse por la platea, ha dado el protagonismo a la gente del cine y ha restringido los planes de autoridades al mínimo imprescindible o por alusiones. El año pasado enfocaron Puigdemont más de trece veces. Eso sí, un tropiezo que duele: los telespectadors no vimos bien el recordatorio a los profesionales muertos este último año.

Y por encima de todo, Josep Maria Pou recitando el final de Oncle Vània. Recordaba aquel “Vània en la calle 42”, de Louis Malle, donde los actores ensayaban Txékhov en un teatro ruinoso. Gràcies, Pou.

La velada acabó a las doce y media. Los audímetros nos dirán cuánta gente se lo miraba a aquella hora, que ya era de un lunes laborable, que es precisamente cuando se dan los premios más populares entre el público.

Como previa, Tv3 hizo un lamentable programa de media hora dedicado a la alfombra roja, donde se supone que tienes que ver la crema de la star system local, para usar un concepto exagerado, y donde se repasa la vestimenta de unos y de unas. Conducido por Marc Giró y Anna Boadas (con un modelet que hacía sombra a las protagonistas de la noche), la pareja, particularmente Giró, hablaba obsesivamente del glamur. Desde la alfombra, a la llegada en coche, se hicieron muy pocas entrevistetes que, además, parecían precocinadas. No sé cuál era la densidad de famosos y famosets a la gala pero, si tenemos que hacer caso de este programa, realmente era muy primeta, tanto que a la hora de hacer entrevistas incluyeron los locutores de la gala de la misma Tv3 y representantes del gremio de joyeros y del 080 Barcelona Fashion, una retribución a dos colaboradores de la fiesta. Y de esta media hora todavía sobró minutos para emitir vídeos enlatados. Si se quiere copiar Hollywood se tiene que saber hacer con gracia. Y para encontrar este glamur, mimètic, que tan preocupaba los presentadores y que intentaban cazar, la primera condición es que haya una industria que lo fabrique.

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