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CRÓNICA

Memoria

En tiempos de la posverdad, apelar a la emoción a partir de los exfutbolistas parece una práctica periodística saludable, o al menos, más reconfortante que interpretar los silencios de Messi

Francisco Vintimilla saluda a Vicent Guillot, en Benicalap, en octubre de 2015.
Francisco Vintimilla saluda a Vicent Guillot, en Benicalap, en octubre de 2015. (levante-emv)

Fidel Uriarte murió a finales del mes pasado a los 71 años después de confirmar en un último acto que no hay patria más profunda que la infancia, como escribió Santiago Segurola en la necrológica del exquisito centrocampista del Athletic, pichichi de la Liga en la temporada 1967-1968. Hacía meses que ya no se comunicaba ni distinguía a sus familiares cuando uno de sus sobrinos se puso a jugar delante suyo y de su esposa Begoña. La pelota llegó a manos de Uriarte y empezó a dar toques con la cabeza como cuando remataba en San Mamés. La noticia causó sensación en el entorno del idolatrado jugador del Athletic.

La última vez que vi una lágrima de verdad en la cara de un futbolista fue en agosto de 2002 en Budapest. Algunas de las celebridades del Madrid acudieron al homenaje de Pancho Puskas. Ni Marquinhos ni Santamaría consiguieron, sin embargo, que Cañoncito Pum, como se le conocía en Chamartín, les prestara atención, ausente como estaba, entregado a un enfermero, hospitalizado desde hacía tiempo, hasta que se le acercó Di Stéfano. A Puskas se le iluminó la cara, pareció llorar y se retiró con sus pequeños pies, tal que fuera un bebé, abriendo y cerrando los puños, como diciendo hola y adiós: "¡Cógeme Alfredo¡"

Puskas sufría a los 75 años una esclerosis cerebral y Uriarte era víctima del Alzehimer, la misma enfermedad que dejó en fuera de juego a Juanito Segarra, el gran capitán del Barça, el mismo que en compañía de Rodri se alineó con el Perafita en la fiesta mayor de 1969 para disputar un amistoso contra el Pradenc. Jamás le pude preguntar por qué dejó al equipo de mi pueblo a la media parte con 2-0 y permitió la victoria por 2-5 de los vecinos de Prats de Lluçanès, capitaneados por el periquito Baget. Segarra nos ayudó a muchos en los inicios periodísticos cuando le pedíamos que nos contara historias del Barça.

El fútbol se transmitía en aquellos tiempos por tradición oral, y difícilmente había mejor fuente que los ex jugadores, por más que cuando se juntaban dos para rememorar el mismo partido, ambos lo recordaban de manera distinta, sin necesidad si quiera de ser de equipos rivales, del Madrid o del Barça. Aunque la palabra del uno contrastaba con la certeza del otro, de manera que las medias verdades se mezclaban con medias mentiras, se consiguió armar una crónica de cada causa futbolística, hoy actualizada por los mejores historiadores y por periodistas como Alfredo Relaño en las páginas de los lunes en El País.

El periódico Levante-EMV reunió en octubre de 2015 a Guillot, Vilar, Adorno, Pablo Rodríguez, Sempere y Giner, historia viva del Valencia, en el Centro de Día de Benicalap de la Asociación de Familiares de Enfermos de Alzheimer de Valencia. El reportaje de Vicent Chilet Torrent, Goles contra el olvido, describe muy bien cómo reaccionaron los pacientes después de reconocer a los exfutbolistas de Mestalla. “El Valencia representa ilusión, ganas de vivir y fuerza moral”, expresó eufórico Pascual Carrascosa. “Los recuerdos que me llevan a mi infancia es lo más bonito que puedo tener. Mi ilusión es el Valencia”.

Un estudio de la Fundació Salut i Envelliment de la Universitat Autónoma de Barcelona, promovido por la Federación Española de Asociaciones de Futbolistas Veteranos, animada por un informe de la Universidad de Glasgow, certificó que hablar de fútbol anima a las personas con Alzehimer, deterioro cognitivo y demencia senil, porque estimula su memoria, atención y estado de ánimo, evoca sentimientos, y ayuda a mantener la ilusión de ser feliz al tiempo que repercute en la calidad de vida e incluso en el humor, como se constató en Benicalap.

Hoy son varios los talleres organizados en las 58 asociaciones que integran la federación de veteranos presidida por Juan Mari Zorriqueta. Y a la iniciativa se sumó también la revista Líbero con el proyecto Fútbol vs Alzheimer. Aunque hay quien sostiene que incluso se llegará a ralentizar el deterioro de la enfermedad, es evidente que la terapia aumenta la autoestima y combate la ansiedad y la depresión: “Se puede perder la memoria, pero no la pasión”. Ocurre que algunos pierden la memoria y otros olvidan la memoria, como si fuera prescindible en el mundo de Google.

La terapia les viene bien a los enfermos de Alzehimer, y ejercitar la memoria debería ser también un hábito para los que gozan de buena salud y también para quienes entienden que no necesitan recordar a fin de no ser víctimas del pasado, una táctica que acostumbra a funcionar también en casos de personas pragmáticas y/o desmemoriadas, vínculadas o no al fútbol y al Barça. La conversación y la lectura, la pausa y la reflexión, la palabra y especialmente el gesto, deberían alternar con la imagen, que a día de hoy se utiliza a menudo para explicar lo que no se ve o lo que se intuye, especialmente en el fútbol y en la dura dialéctica Barça-Madrid.

Aseguraba José Félix Pons que antes de transmitir un partido de fútbol, tarea para la que se entrenó durante un año en un estudio de Radio Nacional, leía poesía y como prueba recitaba con los ojos cerrados la Oda a Platko cada vez que se lo pedía Pere Escobar en Ona Catalana. Los periodistas estamos cada vez más incomunicados en la era de la comunicación, nos desprecian tanto los clubes como los futbolistas y nos dejan los lectores, cansados de nuestra cháchara, de manera que se imponen soluciones convencionales como la de recuperar el relato de Uriarte, Puskas o Segarra.

En tiempos de la posverdad, apelar a la emoción a partir de los exfutbolistas parece una práctica periodística saludable, o al menos, más reconfortante que interpretar los silencios de Messi. Ahora mismo me maldigo por no haber podido preguntar a Segarra porque nos dejó a mitad de aquel partido de fiesta mayor en Perafita. El día que quise, ya era demasiado tarde porque entonces, como dice el título de la película de Mercero, me respondió: “¿Y tú quién eres?”.

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