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OPINIÓN

Bajo la hegemonía conservadora

Bastó que se extendiera la idea de que Podemos podía ser algo más que un voto de protesta para que el miedo cundiera y el PP empezará a recuperar terreno perdido

¿Por qué repite Rajoy? ¿Cómo es posible que siga ahí? ¿Cómo se explica que el espectáculo judicial de la Gürtel no le haya dejado ni una señal en el rostro? ¿Cómo se entiende que sus adversarios hayan dejado de atacarle como responsable final de la corrupción del PP? Por supuesto, hay muchas causas y la incompetencia de la oposición es una de ellas. Que el partido del gobierno sufra una pérdida de votos tan sensibles y ninguno de sus adversarios sea capaz de superarle dice poco a favor de ellos.

Se puede aludir también a habilidades tácticas del presidente, que tiene muy asumida la idea que las cosas acaban cayendo del lado del orden de modo natural. Y por supuesto a operaciones en las altas esferas que han acabado provocando movimientos sísmicos importantes como el que se tragó a Pedro Sánchez y dejó el PSOE en ruinas.

Pero debajo de la superestructura política, está la realidad social. Y en ella dos hecho correlacionados determinantes: el envejecimiento de la pirámide de edad y la hegemonía ideológica conservadora. El Partido Popular tiene el grueso de su electorado entre la gente mayor. Las políticas de austeridad con las que ha afrontado la crisis económica han tenido un sesgo favorable a este sector. El peso de la carga de la crisis ha caído sobre las nuevas generaciones como testifica la altísima tasa de desempleo juvenil, le pésima calidad del empleo de los jóvenes y la creciente emigración de los que pueden permitírselo. De esta fractura generacional surge el 15-M y como consecuencia de ello la ruptura del bipartidismo, que pilla al PSOE contrapié con sus bases envejecidas y alejado de los sectores más dinámicos de la población urbana.

Los efectos de la crisis partieron a las extensas clases medias por la mitad. Para los que pudieron conservar el empleo, el negocio, la pequeña empresa, la situación ha sido llevadera, en un contexto de precios bajos. Los que perdieron su posición lo han pasado muy mal al verse ante el abismo de un desclasamiento con el que ya no contaban. Pero unos y otros, los que se salvaron o los que perdieron posición, eran refractarios al riesgo, partían de posiciones de bienestar bastante razonables, y el pánico a que el hundimiento sea mayor les ha hecho más sensibles todavía al discurso de miedo.

Cuando los movimientos sociales, por un lado, y la utopía disponible catalana, por otro, abrieron líneas de ruptura, la reacción de los medios de comunicación tradicionales de modo mayoritario fue muy contundente. Y a medida que los nuevos partidos ganaban terreno y conquistaban espacios el alarmismo creció. Las elecciones del 20-D fueron la señal de alarma definitiva.

En los sectores de mayor edad, lo que Rajoy llama el discurso previsible — “cada país puede lo que puede” y “no hay alternativa”—, que no es más que la aceptación acrítica de las relaciones de poder, está muy instalado. Bruselas es la gran coartada que remata la faena. El bloque conservador-socialdemócrata que gobierna las instituciones europeas encarna los límites de lo posible. Y así, bastó que se extendiera la idea de que Podemos podía ser algo más que un voto de protesta para que el miedo cundiera y el PP empezará a recuperar terreno perdido.

Rajoy ha salvado el envite, el orden se ha impuesto, la política recupera su aparente normalidad aunque instalada sobre el terreno movedizo de una profunda fractura territorial y generacional. La izquierda tiene mucha tarea por delante si quiere reconquistar la hegemonía perdida. Hoy la corrección política está en buena parte en manos de la derecha, como se deduce de una simple lectura de los principales medios de comunicación. Y por eso el PSOE anda perdido, incapaz de repensarse y buscando cobijo en el espacio del orden. Sólo una izquierda de dimensión europea podría provocar un cierto desplazamiento en las hegemonías ideológicas. De momento, las expectativas surgen de las brechas abiertas por la crisis. En un país en que el 13,7% de la población que tiene empleo no llega a final de mes en cualquier instante se puede producir una sacudida. De momento, las expectativas de cambio se han estrellado contra una hegemonía ideológica conservadora que resiste apoyada en los partidos tradicionales y su veterano electorado.