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Historias en el tintero

Muchas personas cuando se estrenan en el periodismo quieren ahondar en las injusticias

Varias personas duermen en una sucursal bancaria de Barcelona.
Varias personas duermen en una sucursal bancaria de Barcelona.

No hay nada que aterre más que la pregunta, a bocajarro, de un jefe: “¿Titular?”. Cuando tú todo lo que quieres contarle es el contexto, los detalles, los entresijos de la noticia que llevas entre manos. Y parece que se contagia. Hace poco, cuando le desgranaba un complejo tema económico a una amiga, me lo soltó: “¿Pero cuál es el titular?”. A punto estuve de mandarla al carajo, pero respondí con educación: “Lo titularé ‘cómo morir en el intento de escribirlo”.

Pero más complicado que saber titular es saber ver una historia. Sobre todo cuando empiezas a buscarlas, a entenderlas, a contarlas, a mirarlas… Hace años, cuando aterrizaba en el periodismo, conocí a Manuel. Tenía unos 50 años y le descubrí a través de su blog, que actualizaba cada dos o tres días desde una biblioteca pública, en Madrid.

Lo peculiar de su caso es que vivía en la calle y relataba cómo se sentía. La primera vez que quedamos, lo hicimos en un bar, por la mañana, pronto. Pensé que amanecería ya con una cerveza, pero no, se tomó un café, tan cargado como el mío. Me explicó que desde hacía cuatro o cinco años vivía en la calle, iba y venía. Estuvo en pisos tutelados, pero no le acababa de gustar, por las compañías, y las exigencias, según él. Paralelamente, su relación con su familia se había ido enfriando.

Cobraba la renta mínima de inserción, de unos 400 euros, y con eso tiraba. Usaba los baños públicos de la ciudad, —que acabé probando un día “disfrazada” de mendigo, qué estupidez— y comía en comedores sociales. Quedamos un par de veces más, pero poco a poco dejé correr su historia. No sabía cómo gestionarla, cómo mirarla, cómo contarla.

La memoria es quebradiza como una oblea. No recuerdo la cara de Manuel, ni más detalles de su vida. Pero casi a diario paso delante de un banco, en la Gran Via de Barcelona, donde desde hace años duerme una anciana que se pertrecha con muchos cartones y mantas. Cuando además de verla, la miro, me acuerdo de Manuel.

Un millar de personas duermen en las calles de Barcelona. Y llevan ahí una media de tres años y medio, según el recuento de Arrels Fundació. Unos menos, y otros muchos más de una década. Aunque no solemos darnos cuenta, a no ser que un domingo haya que prácticamente saltarlos para sacar dinero de un cajero en el transitado barrio del Born. ¿Me robarán?, deben pensar algunos, mientras teclean la cantidad de euros que desean, tapándose la nariz por el fuerte olor a cerrado, y a otras cosas.

“Pero son ellos quienes tienen miedo”, cuenta Ferran Busquets, director de Arrels. Miedo a que les roben su mochila, que es todo lo que tienen; o a que se rían de ellos, o a que les insulten o incluso a que les peguen. Pero el estigma pesa como una losa. “El alcohol es una de las causas que llevan a las personas a la calle, pero muchas veces es una herramienta para pasar mejor el tiempo”, explica Busquets sobre las historias no contadas de esas personas. Y lanza la pregunta: “¿No tenemos casi todos a alguien en nuestro entorno que sin la ayuda familiar podría acabar en la calle?”.

Uno de los momentos culmen en mi carrera como tuitera fue el 11 de junio de 2012. Entonces se hablaba del rescate a España y estábamos todos un poco asustados. En un cajero habitual en mi ruta a casa, al final del Portal del Ángel, distinguí a cinco personas durmiendo dentro. Los fotografíe y lo subí a la red. Alejandro Sanz me retuiteó. Gané muchos seguidores. Ellos seguramente llevaban mucho tiempo durmiendo cada noche ahí. ¿De no haber sido en ese contexto económico, les habría visto?

“Que haya una persona durmiendo en la calle te tiene que trastocar”, alerta Busquets, ante los peligros de la normalización. Igual que te trastoca ver a un niño durmiendo en una acera de Nueva Delhi. Si no, corremos el riesgo de asimilar a los sintecho a nuestro paisaje urbano. Fundació Arrels ha lanzado este verano la campaña Jo també sóc Barcelona, donde usando el formato típico de una promoción turística, recuerdan que existe otra Barcelona, con un millar de personas durmiendo en la calle. Y que en esta época sufren cosas aparentemente tan inofensivas como las quemaduras por el sol.

Muchas personas cuando se estrenan en el periodismo quieren ahondar en las injusticias. “Llegaré al fondo de este asunto”, me dijo una vez un becario muy dispuesto, que no llegó al fondo del tema porque en realidad no tenía fondo (“Lo más profundo que tiene el hombre es su superficie”, que decía Josep Pla citando a André Gide). Pero poco a poco, esa mirada y esas historias se quedan en el tintero. Quizá en su momento porque no se supieron ver. Y quizá, con el paso de los años, porque se dejan de mirar.