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El nuevo partido de Mas se abraza al independentismo

El Partit Demòcrata, relevo de Convergència, pone en aprietos el liderazgo de su futuro presidente

Artur Mas responde a la ovación del público durante la clausura del congreso.
Artur Mas responde a la ovación del público durante la clausura del congreso.

La política catalana cerró ayer una etapa de su historia al despedir a Convergència Democràtica de Catalunya (CDC) y alumbrar el Partit Demòcrata Català. Es el relevo de la organización creada en 1974, forzado por el escándalo provocado por la fortuna no declarada de su fundador, Jordi Pujol. Artur Mas, quien fuera su delfín, prevé mantener la presidencia del nuevo partido que, por decisión expresa de sus bases, se define ya como partido “independentista”, alejado del concepto “soberanista” (mucho más amplio y que prefería el propio Mas).

Convergència ya había apostado por la independencia como objetivo político en una ponencia política de 2012. El partido que la sustituye va más allá, al situar el término para definir a la neonata formación. Ese calificativo no era del agrado de Mas porque, a su juicio, desvirtuaba su objetivo de aspirar a una formación de amplio espectro político. De la misma forma, se ha introducido en la ponencia ideológica del nuevo partido la idea de “unilateralidad” para conseguir la independencia —aunque no se habla de declaración unilateral de independencia—, pese a que el equipo de Mas había defendido la solución escocesa de un referéndum pactado.

Ahora el Partit Demòcrata se asimila a la Esquerra Republicana de Oriol Junqueras y lo hace con desventaja: desde las europeas de 2014 los republicanos han ganado más elecciones que los convergentes, situación que se afianzó en las últimas generales: ERC le sacó casi 150.000 votos a Convergència, que obtuvo el peor resultado de su historia.

Pero el camino ya está marcado y el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, lo abonó ayer durante la clausura del congreso: pidió al nuevo partido —del que forma parte— que se ponga “a disposición” de su Ejecutivo, del Parlament y de la sociedad catalana para llevar a cabo el compromiso “insobornable” de la independencia.

El hecho de que la militancia lograra introducir conceptos como “independentista” y “unilateralidad” a pesar del desagrado de la dirección es un aviso para Artur Mas y, sobre todo, para su equipo: las bases del nuevo partido le han dicho al que será su presidente que respetan su liderazgo pero que, al mismo tiempo, rechazan una actitud muy presidencialista. Su cargo debe tener solo un papel institucional, le vienen a decir.

El congreso fundacional no fue plácido para el núcleo duro de Mas, que se vio contra las cuerdas en los dos primeros días. El primer obstáculo se produjo en la votación de la que debía salir el nombre del partido. No gustó ninguna de las dos opciones propuestas y la rebelión obligó a constituir una comisión ex profeso que acabó decidiendo tres propuestas que se votaron ayer, antes de la clausura del cónclave. Nunca antes CDC había vivido una sublevación de esas dimensiones. Para más inri, ninguno de los nombres votados por Mas —primero Junts per Catalunya y luego Partit Nacional Català— acabaron siendo escogidos. El segundo sucumbió por 657 votos a 871 ante el vencedor: Partit Demòcrata Català.

Esa oposición se repitió durante las negociaciones del sábado, no resueltas por la vía de las votaciones hasta mucho después de la medianoche. Mas tuvo que negociar las incompatibilidades para que Neus Munté, su candidata a vicepresidenta, no fuera vetada para el cargo. Y lo mismo sucedió para evitar que Jordi Turull, presidente del grupo parlamentario de Junts pel Sí, se quedara fuera de la lucha por ser el número tres del partido. Salvar ese nombre ha costado que otros aspirantes —alcaldes de municipios que son también diputados— se hayan quedado sin posibilidad de formar parte de la candidatura para formar la ejecutiva del nuevo partido.

Pesimismo en las bases

Muchos participantes en el congreso fundacional manifestaban ayer su entusiasmo por la batalla que han dado en las ponencias, señal —opinan— de la que nueva formación está viva y de que la organización va de la base hacia arriba y no al revés. Un destacado dirigente era, sin embargo, mucho más pesimista. “Hemos rebajado mucho nuestra base de votantes, tenemos serios problemas en el área metropolitana de Barcelona y en Tarragona, que es la segunda metrópolis de Cataluña. Y para solucionar eso necesitamos una ejecutiva que solo piense en eso y que no tenga otros quebraderos de cabeza en los que pensar”, afirmaba.

Su planteamiento no es único. Las bases demandaban cambios visibles en la dirección y personas liberadas con capacidad para volver a tejer el territorio, una de las virtudes que siempre se atribuyeron a Jordi Pujol y que ahora está dando ventaja a ERC, abanderada desde el inicio como fuerza independentista.

En todo caso, y pese a las críticas en el inmenso vestíbulo del Centro de Convenciones Internacional de Barcelona donde se celebró el congreso, los más de 3.000 asociados al nuevo partido ovacionaron a Mas, a quien consideran una víctima del proceso soberanista. Tienen en cuenta su imputación como impulsor de la consulta independentista del 9 de noviembre de 2014 y por haberse tenido que retirar de la presidencia de la Generalitat por presiones de la CUP. Continúa siendo el líder, pero no a cualquier precio.