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ARTE

El peso de Julião Sarmento

El artista portugués crea una gigantesca instalación con 29 obras esenciales del arte contemporáneo

Hello! (1994), de Luisa Cunha, una de las obras reunidas en la instalación de Sarmento.
Hello! (1994), de Luisa Cunha, una de las obras reunidas en la instalación de Sarmento.

El bellísimo retrato de Henri Michel-Lévy pintado por Edgar Degas en 1878 parece mirar de reojo la escultura La tierra baldía (1986), de Juan Muñoz, un pequeño ventrílocuo aupado sobre un muro blanco, cuya expresión entre grotesca y risueña es un perfecto preámbulo de la exposición-instalación que el artista portugués Julião Sarmento (Lisboa, 1948) ha realizado para Caixaforum-Madrid.

Con 29 importantes obras de arte contemporáneo firmadas por 19 artistas internacionales, Sarmento ha creado una única pieza, una exposición de autor, titulada El peso de un gesto, una propuesta que juega con la sorpresa y con las relaciones no evidentes que unas obras mantienen con otras.

Las 29 obras (instalaciones, vídeos, fotografías, pinturas, carteles) han sido elegidas entre las más de 10.000 que poseen la Fundación Gulbenkian de Lisboa, La Caixa y el Macba. La exposición permanecerá abierta hasta el 18 de septiembre.

Enemigo de todo discurso teórico y adicto a Duchamp, Julião Sarmento es un artista esencial en la escena contemporánea casi desde sus comienzos, en la década de los setenta. En su obra ha utilizado los más variados lenguajes: arte conceptual, abstracción, cine en formato súper-8 o pintura. Más que los soportes o materiales, le interesa el gesto artístico, una idea de la que ha extraído el concepto de esta exposición en la que no ha incluido ninguna obra suya.

Entre los artistas elegidos se encuentran los nombres de Gerhard Richter, Rita McBride, Thomas Schütte, James Coleman, Christopher Williams, Tony Cragg, Edward Ruscha, Tobias Rehberger, Thomas Struth, Alan Charlton, Dominique González-Foerster, Cristina Iglesias, João Onofre, Gabriel Abrantes, António Areal, Fernando Calhau y Didier Fiuza.

Con todos ellos, Sarmento ha armado un recorrido que quiere ser a la vez conceptual, formal y sensitivo. Distribuidas en microespacios, las obras pueden verse según el orden que se le antoje al visitante. Las piezas no están ordenadas por países, escuelas ni soportes. Entre unas y otras predomina la oscuridad hasta el punto de que a veces el espectador se siente perdido dentro de un laberinto en el que al salir le espera siempre una sorpresa.

Así, mientras las asociaciones entre una y otra pieza se producen libremente, el visitante se topa con El teatro de operaciones (2007), de Didier Fiuza, una inquietante instalación que recuerda un consultorio ginecológico; el hermoso vídeo Petite (2001), de Dominique González-Foerster, donde un mundo fantástico se proyecta sobre la espalda de una niña, o el doble vídeo Olympia I y II, de Gabriel Abrantes (2006), un trabajo sobre el que se advierte al espectador que “puede herir su sensibilidad por el lenguaje explícito que se utiliza”.

Entre el bosque de imágenes inquietantes, la sorpresa la aporta un conjunto de fotografías de grafitis realizadas por Brassaï; un ejemplo de la manera en la que Sarmento concibe el arte: un signo que está presente por todas partes y que, de manera inconsciente, conecta el presente con las grandes preocupaciones universales de todos los tiempos. La máscara, el rostro, la magia y la muerte.

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