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ANÁLISIS

El eterno aspirante a más

El adiós de Duran certifica la desaparición de otro insigne representante de la vieja política y del viejo pujolismo

La dimisión de Josep Antoni Duran Lleida como líder de Unió Democràtica de Catalunya (UDC) es como un segundo funeral del pujolismo, del que durante décadas ha sido uno de los máximos exponentes. El primero se ofició el 25 de julio de 2014 con la ominosa confesión de los tejemanejes fiscales de Jordi Pujol, el creador del primer partido de la coalición Convergència i Unió (CiU). En su condición de líder del segundo partido de CiU durante 37 años años, Duran ha sido el acompañante perfecto para la larga singladura pujolista. Compartía su concepción posibilista, el famoso peix al cove,y disfrutó con entusiasmo de los beneficios derivados de disponer del 25% de la coalición. En su partido lo fue todo, desde presidente de las juventudes hasta vicepresidente de la Internacional Demócrata Cristiana. Como Pujol en Convergència, Duran impidió que en torno a él ningún otro liderazgo pudiera crecer en Unió. Después de él, la incertidumbre total.

Si fuera posible prescindir de las dos inapelables derrotas sucesivas sufridas en los últimos tres meses en las elecciones al Parlament y al Congreso, que han dejado a Unió como partido extraparlamentario, la carrera política de Duran podría ser considerada como una ejecutoria exitosa e incluso brillante. Con mucho menos otros pasan por triunfadores en su profesión. En su caso, sin embargo, haber sido diputado en los Parlamentos de España, de Cataluña y de Europa, haber sido miembro del Gobierno catalán, haberse mantenido durante 28 años como sempiterno y apenas discutido dirigente de Unió y haber ejercido luego además como secretario general de CiU, ha sido siempre algo menos de lo que ambicionó.

Tanto como las responsabilidades y los cargos que ejerció, Duran intentó durante años ser el número dos de CiU y perdió la batalla frente a su rival Miquel Roca Junyent en la época en que un todopoderoso Pujol repartía las cartas del poder. Luego quiso alzarse como el sucesor de Pujol en la batalla para la presidencia de la Generalitat y tuvo que ceder la plaza a Artur Mas. Ambicionó ser ministro de Asuntos Exteriores y chocó con la terca opción estratégica de Pujol de mantener a CiU fuera de los Gobiernos de España, a los que apoyó tanto con González como con Aznar.

Siempre a la sombra de Pujol, Duran tuvo que conformarse con lo que le dejaban ser, como le sucedió al propio Roca. Como éste, Duran fue el hombre de CiU en Madrid durante muchos años, once. El negociador de acuerdos, el promotor de innumerables exenciones fiscales para sectores empresariales. Después, con Pujol ya retirado y Convergència en manos de otra generación, se ha negado a seguir la deriva de sus socios nacionalistas hacia el independentismo.

En plena crisis del sistema de partidos surgido de la Transición y con el escenario catalán sacudido por el independentismo, Duran ha intentado hacerse un hueco como interlocutor del espacio político durante décadas representado por el pujolismo. Lo bautizó como tercera vía. Rechazó que la relación entre Cataluña y España se plantee como una confrontación entre nacionalismos y abogó por el diálogo en un escenario definido entre otras cosas por la explotación partidista de las diferencias. Sus esfuerzos fueron insuficientes para dar fuerza a un liderazgo dañado por los casos de corrupción que afectaron a Unió y ayer, cuando finalmente tiró la toalla, se hizo evidente que el adiós de Duran certificaba la desaparición de otro insigne representante de la vieja política y del viejo pujolismo.