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Poco memorable

Muchos pensaban que el debút de Juan Diego Flórez en el papel de Edgardo, de 'Lucia di Lammermoor', pasaría a los anales del Liceo como una noche histórica. No lo ha sido.

Los cantantes junto a la torre inclinada que preside el montaje.
Los cantantes junto a la torre inclinada que preside el montaje.

Muchos pensaban que el debút de Juan Diego Flórez en el papel de Edgardo, de Lucia di Lammermoor, pasaría a los anales del Gran Teatre del Liceo como una noche histórica. No lo ha sido. El gran tenor peruano tiene algunas de las cualidades que exige el emblemático personaje belcantista y lo lleva a su terreno, más ligero, pero a su interpretación le falta un hervor —y también una voz más potente— para poder medirse con los grandes Edgardos que en el Liceo han sido. De hecho, sólo alcanzó el nivel que se espera en un divo de su cotización en el último cuadro de la romántica ópera de Gaetano Donizetti.

LUCIA DI LAMMERMOOR

De Donizetti. Elena Mosuc, Juan Diego Flórez, Marco Caria, Simón Orfila, Jorge Rodriguez-Norton, Albert Casals, Sandra Ferrández. Coro y Orquesta Sinfónica del Gran Teatre del Liceo. Dirección musical: Marco Armiliato. Dirección escénica: Damiano Michieletto.

Liceo. Barcelona, 4 de diciembre

El astro peruano derrochó expresividad, elegancia y control absoluto de los recursos vocales en su escena final, Tombe degli avi miei... Fra poco a me ricovero, que ha cantado en concierto, y con éxito, para preparar el debút. Pero antes de llegar a ese climax vocal, quedaron demasiados flancos al descubierto en una interpretación demasiado verde y aún poco memorable.

Lucia es, ante todo, ópera de soprano y, aunque la rumana Elena Mosuc tiene tablas, dominio técnico y sólidos agudos, su interpretación resultó plana y aburrida, sin el carisma de las grandes intérpretes del fabuloso y difícil personaje. Fue una buena, pero no excepcional Lucia y mantuvo el tipo en la famosa escena de la locura, la única teatralmente potente del gris y anodino montaje de la Ópera de Zúrich firmado por el director de escena italiano Damiano Michieletto.

Lo apuesta todo a una carta que simboliza el aislamiento de Lucia, una torre de hierro y cristal, muy inclinada e incómoda para cantar, que obliga a Lucia a subir y bajar escaleras como una posesa hasta llegar, en un golpe teatral más propio de Floria Tosca, al salto al vacío desde las alturas mientras lanza su estremecedor agudo final. El salto fue tan espectacular que la doble de Lucia debería haber salido a saludar en solitario.

Muy tosco, sin matices, el Enrico del barítono italiano Marco Caria y algo pasado de decibelios y efectista Raimondo del bajo menorquín Simón Orfila, que se entregó a fondo y se llevó entusiastas aplausos. Nivel muy justo en los comprimarios y correcta prestación, sin más, del coro del Liceo.

El repertorio belcantista exige elegancia y refinamiento en el foso, pero la dirección de trazo grueso, ruidosa y exasperantemente lenta del director italiano Marco Armiliato no hizo justicia a los bellos matices de la partitura de Donizetti. Ni en el célebre sexteto, extraordinario concertante bisado en el Liceo en algunas funciones memorables, prendió la llama de la pasión operística en una noche que prometía gloria y no la alcanzó.