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LA CRÓNICA

La canallesca

Ya no se puede hablar con nadie en el Barça, ni siquiera con la mujer de los lavabos ni con el portero de la barrera, despersonalizado como se ha quedado el club

La familia Messi celebra en el avión a Barcelona la Champions de Roma.
La familia Messi celebra en el avión a Barcelona la Champions de Roma.

A los periodistas nos han bajado del avión del Barça. Molestamos a los jugadores, los entrenadores no nos soportan, los directivos solo quieren escribientes y los aficionados piensan que estamos a sueldo del Madrid. También nos odian las azafatas y los sobrecargos, porque no paramos de dar la lata y cantamos a Nobita, el sobrenombre por el que se conoce al presidente Bartomeu, y a los comandantes les parecemos una chusma irreductible que antepone la aventura a la seguridad en un pasaje que se supone cualificado por viajar con el FC Barcelona.

 Hemos ido desde la cabina del piloto hasta la puerta de salida, indeseables como somos ahora, sobreros en las salidas, anfitriones discutibles, prescindibles ante el poderío del aparato propagandístico del Barça. El club ya no necesita cronistas para convertir las derrotas en victorias y a los futbolistas les sobra la prensa, la radio y la TV. Hoy retransmiten su vida por las redes sociales con tal precisión que hasta se puede saber el color del sofá de Messi.

Hubo un tiempo en que incluso nos sentábamos juntos y fumábamos un pitillo en pleno vuelo porque necesitábamos compartir la información y ser cómplices futbolísticos, años de expansión del barcelonismo, cuando el dream team de Cruyff. Nada que ver con la época de austeridad deportiva, momentos en que el club pagaba más de un pasaje, ni tampoco con las temporadas de bonanza, días de tripletes con Guardiola y Luis Enrique. Aunque cada vez teníamos menos noticias suyas, sabíamos de Pep y de Xavi por sus padres y de Leo por sus hermanos y por su pareja Antonella.

Nos han ido echando poco a poco de todos los sitios y a cambio nos llevan hasta la redacción las mismas noticias para que no nos peleemos, entregados a la comunicación corporativa de un club que sale a un jefe de prensa por año desde 2010

A veces las familias son la mejor fuente de información para saber sobre los jugadores, y más en un club tan próximo para la prensa como era el Barça. Nos conformábamos con poca cosa, simplemente pedíamos poder montarnos en el mismo avión para visualizar mejor los partidos, triste consuelo después de que ya nos impidieran continuar en el mismo hotel de concentración y cerraran el campo de entrenamiento, el escenario en el que pronosticábamos la suerte del equipo a partir del sonido de la pelota en los rondos de Cruyff, Van Gaal y Rijkaard.

Nos han ido echando poco a poco de todos los sitios y a cambio nos llevan hasta la redacción las mismas noticias para que no nos peleemos, entregados a la comunicación corporativa de un club que sale a un jefe de prensa por año desde 2010. Ya no nos queda más espacio común que la sala de prensa por la que los jugadores desfilan cuando les da la gana y el técnico comparece por fuerza la víspera y al terminar el partido del Camp Nou. A la salida, sin embargo, se tapan la boca para que no les lean los labios y organicen un programa con una supuesta bulla de Messi con Luis Enrique.

Los periodistas ya no vemos y contamos las cosas sino que algunas veces grabamos cuando no toca, mentimos ocasionalmente y casi siempre armamos jaleo en las colas de los aviones. Nunca fuimos gente fácil, y si no, que pregunten porÀlex Botines, José María Sirvent o Fernando Borderías. Ocurre que ahora somos muchos, y muchos somos malos, y la información dejó de ser un servicio público para convertirse en una mercancía con valor de cambio, como bien escribió Jordi Badía.

Ahora ya no se quejan solo los directivos, sino también los entrenadores y los jugadores, de manera que el frente del club se ha ampliado hasta cerrar la puerta que abrió Ricard Maxenchs, pionero del fútbol en la creación de un gabinete de relaciones públicas para atender a la prensa que informaba sobre el Barça. Maxenchs no olvidó nunca que la partida de nacimiento del club fue un anuncio en Los Deportes y que nada se habría sabido hasta hace poco del Barcelona cautivo y desarmado sin el relato de més que un club de Manuel Vázquez Montalbán.

Nos han necesitado mucho tiempo, mientras la épica fue una cuestión colectiva y los periodistas éramos considerados “los señores de la prensa”, palabra de Antonio Tamayo, director de Viajes Marina, el mismo que cargó con la chufla del desplazamiento de la final de Atenas. Pero ahora vivimos meses de bonanza y el triunfo no tiene más padrino que el club, comprensivo con los aduladores e inflexible con los críticos, que cada vez son más canallas y canallescos, como diría Manolo. Ya no se puede hablar con nadie, ni siquiera con la mujer de los lavabos ni con el portero de la barrera, externalizados como están los servicios, despersonalizado como se ha quedado el Barça.

El periodista de club, aquel que discernía entre lo publicable y lo confidencial, la anécdota y la noticia, la conversación y la entrevista, sin traicionar a la entidad ni al lector, ha sido sustituido por el comunicado, la nota y el almuerzo off the record desde el Camp Nou. Habrá un día en que incluso nos venderán un partido que no se ha jugado y pretenderán que firmemos la crónica porque la cháchara deportiva no necesita siquiera del juego real, como diría Umberto Eco.

No vemos ni sentimos ni sabemos, así que se impone la especulación y el amarillismo, cada día más paparazis y próximos a la prensa populista británica, negados por el club y obsesionados como nos tienen en los diarios con los pinchazos y el tráfico en internet, insensibles muchos a nuestra desventura: nos bajaron del avión mientras subían los Boixos Nois.