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OPINIÓN

El turista en el museo

La afluencia de visitantes a Barcelona no debe condicionar la ciudad hasta tal punto que la oferta cultural se desconecte del contexto local y se aleje de los debates de fondo

Tres de cuatro visitantes de los museos de Barcelona provienen del extranjero, mientras que solo uno de cada diez es residente en la ciudad. Así de contundentes son las cifras de una encuesta reciente que pasó bastante desapercibida, a pesar de revelar unos resultados que están directamente relacionados con debates muy candentes en la ciudad.

La encuesta podría confirmar que el turismo en Barcelona es excesivo y que su gestión en régimen de monocultivo ha acabado invadiendo también sus equipamientos culturales. Con una perspectiva más optimista, también se podría pensar que Barcelona es capaz de atraer un turismo sensible a la cultura y respetuoso con su contexto histórico y patrimonial. Los turistas serían bienvenidos y ayudarían a garantizar la supervivencia de los museos en momentos difíciles.

Otra lectura podría apuntar a una creciente desafección de los residentes locales respecto a sus equipamientos culturales y, en este caso, la discusión se inscribiría en el debate sobre la crisis de representación que también afecta a los museos y en la tensión —no necesariamente contradictoria— entre la vida cultural de los barrios, más enraizada y basada en la autogestión, y la que proponen las instituciones centrales.

Finalmente, más que en la demanda, se podría poner el acento en la oferta. En este caso, o bien los museos de Barcelona estarían dirigidos de manera prioritaria a los turistas, confirmando la impresión más general de que la ciudad se ha entregado de manera acrítica a esta industria; o bien la oferta cultural de Barcelona no sería suficientemente atractiva para los residentes locales.

Los datos del turismo son conocidos. Los 16 millones de pernoctaciones anuales, cifras oficiales que no incluyen apartamentos turísticos ni compartidos, multiplican por diez la población de la ciudad. No es extraño que estos números tan rotundos tengan su impacto en el ecosistema cultural barcelonés. Sería pues más conveniente revisar la oferta cultural a la luz del fenómeno turístico porque, como en tantos sectores, el problema no es el turismo en sí sino la manera como la ciudad se organiza a su alrededor.

Que el sector cultural esté tocado no quiere decir que estemos ante un desierto cultural, como criticaba un manifiesto reciente

Aquí, sería importante no caer en los debates llenos de tópicos que periódicamente surgen en la ciudad. Los más habituales son las crisis recurrentes que se obstinan en comparar la oferta cultural de Barcelona con la de Madrid, sin atender a la diferencia de recursos de los grandes museos ni analizar el panorama cultural desde una perspectiva más amplia y plural, limitando cualquier discusión a la simple competencia entre ciudades. Que el sector cultural esté tocado no quiere decir que estemos ante un desierto cultural, como criticaba un manifiesto reciente, o, si no, que les pregunten a los espectadores de teatro, sector que a pesar de trabajar en condiciones alarmantes nos sigue regalando año tras año propuestas de primer nivel internacional.

El riesgo, una vez más, no es el turismo, sino que el fenómeno condicione la ciudad hasta tal punto que la oferta cultural se desconecte progresivamente del contexto local y se aleje de los debates culturales de fondo para orientarse de manera exclusiva al turismo.

Es por ello por lo que es preciso recuperar las inversiones a los grandes museos de la ciudad para que puedan trabajar en condiciones y ofrecer exposiciones de primer nivel que, surgidas de Barcelona, dialoguen con el mundo. En este sentido, y más en tiempos de crisis, es lícito cuestionar iniciativas que parecen destinadas exclusivamente a los turistas como la subsede del Hermitage o el proyecto de museo de Woody Allen.

También parece interesante recuperar esa idea de una Barcelona hecha a sí misma, en la que su larga historia de capital sin Estado la ha alejado de los grandes palacios culturales vinculados a la monarquía y al poder para ser una ciudad con una sociedad civil fuerte, que tiene una oferta cultural de escalas y ambiciones variables que, juntas, configuran una ciudad culturalmente rica, dinámica y sorprendente. También desde las administraciones públicas se puede incentivar este clima de creatividad desde la libertad.

Xavier Antich señalaba recientemente la contradicción de una ciudad que explota intensivamente el legado de Gaudí mientras silencia el pasado industrial que lo engendró. La cultura es un espacio excepcional desde el que resistir a la dependencia del turismo. Para ello, debemos cuestionar colectivamente qué Barcelona enseñamos y abandonar el lamento y la nostalgia para trabajar a favor de una potencia cultural que nos represente y de la que podamos sentirnos orgullosos.

Judit Carrera es politóloga