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OPINIÓN

Despolitizar la política

Lo que está en juego es la posibilidad de que los que no está previsto que decidan, puedan hacerlo

Las sacudidas que se están produciendo aquí y en toda Europa, muestran el creciente desasosiego de gentes que no aceptan permanecer inertes mientras una combinación de políticos, financieros y tecnócratas deciden lo que conviene que suceda, pensando en nuestro propio bien. Como decía un tuit de @fanetin el día de las elecciones en Grecia: “Esto de dejar que la gente vote, se nos está yendo de las manos”. En los últimos años, estamos asistiendo a una clara voluntad de despolitizar la política. De convertirla en un aseado ejercicio de gestión y administración de decisiones tomadas en espacios técnicos, totalmente condicionados por las lógicas financieras y económicas globales. Hay una jerarquía vertical que traslada de manera informal (teléfono, misivas, recados,…) lo que ha de ocurrir, y que en cada lugar toma cuerpo de manera específica. No estoy hablando de una conspiración global, ni de un comité central de la oligarquía financiera global. Estoy refiriéndome a una confusa y abigarrada mezcla de intereses económicos, posiciones de poder y pericia técnica que colisiona, pero que negocia y pacta lo que conviene en cada caso. La política del “sentido común”. La política despolitizada.

¿Hay espacio para repolitizar la democracia actualmente existente? Lo que está en juego es la posibilidad de que los que no deberían formar parte, de que los que no está previsto que decidan, puedan hacerlo. Lo político es, en este sentido, distinto de la política. La política sería el juego de los representantes institucionales, que gestionan y administran lo que conviene que suceda. Lo político sería el margen de maniobra que queda para lo inesperado. Para que podamos seguir preservando el elemento más valioso del ideal democrático que es que todos, que cualquiera, podamos disentir. Y decidir en sentido contrario a lo que el “sentido común” propone. Hemos ido constatando cómo se ha tratado de presentar la crisis. A través de una sistemática desconexión entre la aparente racionalidad de los análisis económicos y los concretos efectos que las decisiones que se tomaban sobre la base de esos análisis, provocaban en las personas y colectivos más vulnerables. Esa “externalidad” o “efecto no deseado”, sería posteriormente analizado y tratado por parte de analistas socioeconómicos que pensarían qué medidas podrían tomarse para paliar la situación. Los políticos tienen, en ese escenario, una función de albaceas. El de unos gestores democráticamente elegidos que pueden presentar esas decisiones, tomadas en otros escenarios y contextos, como propias y legítimas. De esta forma, se naturaliza la política. No hay otra política que la sensata. La política del sentido común. Las alternativas que puedan aparecer se presentan como exóticas, radicales o destructivas. Insensatas.

Cuando hablamos de pueblo lo hacemos refiriéndonos al conjunto, al sujeto de soberanía

El resultado es una reducción del campo de lo político, del campo de la democracia entendida como espacio de igualdad (en el que todos podamos concurrir y decidir, sin ser discriminados) y de libertad (en el sentido de que todos podamos disentir y proponer, sin que se nos excluya). En esa neutralización de lo político que se ha ido articulando, el pueblo se ha ido convirtiendo en población. Y la población es objeto de análisis, por edades, espacios en los que vive, situaciones laborales o niveles educativos. Cuando hablamos de pueblo lo hacemos refiriéndonos al conjunto, al sujeto de soberanía. Aquello que nos iguala y nos da sentido de pertenencia a lo común. Cada vez tenemos más población y menos pueblo. Más segmentos de gestión y de análisis y menos “sentido de lo común”, de lo colectivo, de lo democrático.

No soy en absoluto contrario al análisis, a la mejora de la gestión, a las políticas basadas en las evidencias, a la necesidad de evaluar los impactos de las decisiones tomadas. Más bien soy un entusiasta de todo ello. Pero, me preocupa la ausencia de lo político en ese escenario. La despreocupación por ver quién gana y quién pierde en cada decisión. La aparente asepsia con que trata de lo que le acontece a la gente que sufre las consecuencias de decisiones presentadas como “naturales”, es lo que produce desgarro. No podemos desinfectar la política o esterilizarla aparentando que las decisiones que se toman son simplemente inevitables. Y si lo hacemos, al menos deberíamos estar dispuestos a entender que haya gente que no trague. Que quiera formar parte, volver a ser. Aunque les llamen irresponsables. No nos ha de extrañar que las emociones vuelvan a formar parte de la política y de lo político. Cuando la política del sentido común, la política despolitizada afecta a la vida de la gente, regresa lo político. La igualdad, principio básico de la democracia, regresa al centro. Los sin voz quieren que se les oiga. Quieren tener su espacio.

Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la UAB.