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CRÍTICA

Ensimismado

La concentración del pianista ruso se traslada al público, que escuchó con tensión su música

El pianista ruso Daniil Trifonov.
El pianista ruso Daniil Trifonov.

Al comentar la forma en que Daniil Trifonov toca el piano, se pueden cambiar las habituales coordenadas de análisis (agilidad, limpieza, ataque, etc) por un asombrado “lo tiene todo”. Respecto a las más sutiles, fraseo y concepto, que determinan todas las demás, baste decir que el joven pianista se mostró bien maduro y, al tiempo, con una sensibilidad a flor de piel. Con él también hay que olvidarse, por fortuna, del marketing que asedia a los jóvenes talentos, convirtiéndolos en máquinas de hacer música de cara a una cámara, con poses y declaraciones ajenas a cualquier verdad artística.

Daniil Trifonov, piano

Con la Philharmonia Orchestra.

Director: Clemens Schuldt.

Obras de Chopin y Beethoven.

Palau de la Música. Valencia, 1 de febrero de 2014

El ruso que protagonizó la sesión de este domingo tiene 24 años, pero ya graba para los sellos más prestigiosos, trabaja con las mejores orquestas, cosecha críticas inmejorables, es una nueva esperanza en el panorama pianístico... y, sin embargo, parece tocar ensimismado, no mira al cielo buscando inspiración, se queda rígido ante el piano entre los movimientos, también está rígido cuando saluda... en suma: no parece tener asesor de imagen. Afortunadamente. Pero luego se pone a deslizarse sobre el teclado (no toca: vuela con la libertad y la humildad de cualquier mariposa), su fraseo es leve y natural, y se reconcentra sobre la música sin dañarla nunca: tanto es así que todo el auditorio andaba reconcentrado por contagio, tenso en la escucha, dándole vueltas al segundo concierto de Chopin, y extasiándose ante un nuevo poseedor del secreto del rubato... porque ¡vaya manera de “robar” el tempo (rubato: robado)! ¡vaya manera de “colorear” los sonidos! ¡vaya manera de lucir, sin alardes, la independencia de manos y dedos, de ser suave sin blandenguería, de recrear la música sin inventársela, de mimar al instrumento, al compositor y a los oyentes...! Será difícil olvidar nada de su actuación, pero, entre todos los movimientos, el milagroso Larghetto es candidato seguro a permanecer en nuestra memoria. Parece que el gran Sokolov ha encontrado digno –aunque muy diferente- sucesor. También de su tierra.

La orquesta Philharmonia le acompañó con cuidado, que no es poco en estos casos. Sin el pianista, antes, un Beethoven dramático y bien planteado: el de Coriolano. Luego, la “Heroica” que, por el contrario, se escuchó sin norte y caprichosa. Los contrastes acusados (es casi lo único que ofreció la batuta) no bastan para hilvanar una obra de tamaña magnitud. Faltó en el director el seguimiento de los hilos conductores, el rigor y el sentido de la forma. Más bien parecía entregado a estirar al máximo la dinámica y a frasear con el mayor número de sorpresas. Y en la orquesta británica, por su parte, faltó una calidad sonora que, en otras ocasiones (aunque no siempre), ha mostrado con creces. De regalo –por segunda vez en quince días- el Vals triste de Sibelius. Y si se dijo entonces que Sir Mark Elder (con la orquesta Hallé) lo interpretó como le vino en gana, es porque no habíamos escuchado todavía la versión de Clemens Schuldt.