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Sin rastro de 410 vecinos del barrio

El fiscal toma hoy testimonio a la única persona que denunció en público que el éxodo de gitanos de O Porriño y Tui se debe a un destierro ordenado por el “rey” de la etnia

Despedida de los gitanos que huyeron de O Porriño, el pasado día 8
Despedida de los gitanos que huyeron de O Porriño, el pasado día 8

Son las ocho y media de la tarde y los edificios crema y marrón del barrio de Torneiros, fase III, están a oscuras. No asoma un rayo de luz por los resquicios de las persianas en las llamadas “casas baratas” de O Porriño. Y apenas hay tampoco muestras de vida en los bloques más nuevos que integran las fases IV y V, a las que también accedieron las familias gitanas que se instalaron en el municipio desde hace cuatro décadas procedentes de Castilla. El supermercado vacío, el bar desangelado, los columpios desiertos. Quienes más usaban el parque infantil eran los 77 niños gitanos que desde hace semanas dejaron de ir al colegio público Ribeira, como primera medida preventiva de unas familias que días después huían en estampida, y casi con lo puesto, hacia Zamora y otras zonas de España donde tienen parientes.

“Están aterrorizados. En total, entre Porriño y Tui se dice que marcharon 410 personas, incluido un centenar de niños. Solo quedaron algunos que están enfermos, hospitalizados, y los familiares con dispensa para cuidarlos. Llevaban tiempo pasándolo mal, hacía un mes o más que muchos no podían trabajar en los mercadillos. Los más apurados empeñaron todo el oro, porque el oro es el banco de los gitanos: llevan sus ahorros colgando y cuando ya no pueden más lo venden para sobrevivir”. El que habla es un vecino que prefiere no salir con su nombre pero se ha implicado en la defensa y la integración de un sector de la población local al que se le atribuye la capacidad de “determinar, al menos, un concejal”.

En el barrio todos apuntan a una guerra entre gitanos gallegos y los denominados zamoranos (aunque nacidos en Galicia desde hace tres generaciones) que acabó con la desaparición de los segundos, los más débiles. La cara pública de los que quedaron, en el otro bando, es Sinaí Giménez, a sus 33 años recién cumplidos presidente y promotor de un sinfín de colectivos como la Sociedad Gitana en Galicia y flamante secretario general de la Confederación de la Asamblea Nacional del Pueblo Gitano, recién constituída en Madrid con Juan José Cortés como jefe supremo. Giménez, conocido como “príncipe de los gitanos” de Galicia por ser hijo del llamado “rey” y quizás también por su capacidad para acceder a la clase política (que lo recibe en los despachos y se fotografía con él desde hace ya casi una década) niega que se trate literalmente de un destierro. Según su explicación, más bien se trató de una “advertencia”. Se estaba negociando con el Ayuntamiento de Tui el resurgir de un mercadillo desaparecido, el de los domingos en la zona de la antigua Aduana, y en el tira y afloja, según Giménez, la Asociación de Empresarios y Comerciantes Ambulantes (en la órbita de su familia) descubrió que había cuatro “chivatos” y “traidores” que estaban obteniendo “información privilegiada” del consistorio.

Esos representantes elegidos por los zamoranos eran cuatro pastores, tres de O Porriño y uno de Tui, de la Iglesia Evangélica de Filadelfia, en la que se reúnen todas las tardes, vestidos con sus mejores galas (para cantar y alabar al Señor primero, y tratar temas de enjundia los hombres después), los miembros de la comunidad. Ahora el local porriñés permanece cerrado a cal y canto por la estampida de los líderes del culto. Los agentes locales ya no tienen que ir como iban antes, después de meterse el sol, a cortar la calle para que ningún coche despistado atropellase a esa nube de churumbeles que jugaban fuera mientras los mayores entonaban sus cánticos festivos dentro.

El adiós que se repite

S. R. P.

Sinaí Giménez, propietario de la empresa Cash Converty, con tiendas de compraventa de objetos usados, telefonía móvil y oro, asegura que sus abogados, “Marcos García Montes y Cándido Conde Pumpido, van a demandar” al vendedor payo que lo ha denunciado. “Le voy a reclamar 200.000 euros”, anuncia. Según él, en las reuniones que los mediadores de los zamoranos y de ellos están teniendo para negociar un posible regreso, hoy muy enquistado, “se están aclarando puntos como el de que ese elemento los utilizó: no eran conscientemente confidentes” del consistorio. “Con las declaraciones de Alvite en los medios, las cosas han empeorado”, advierte Giménez: “Los 15.000 gitanos gallegos estamos unidos, y muy enfadados”.

No es el primer éxodo de estos años ni tampoco el primero de 2014. En 2010 marcharon de Torneiros 600 zamoranos (los que ahora han vuelto a irse y otros que ya nunca quisieron regresar). El pasado febrero, esta vez con nota oficial de la Sociedad Gitana de Sinaí Giménez, fueron expulsados todos los de apellido Cortiñas por el crimen machista de uno de ellos. “El destierro está en la ley gitana, respetada por los gobiernos en España desde hace seis siglos. Son medidas preventivas, que promueven la paz”, defiende el príncipe. Sin esto, advierte, “algunos gitanos podrían ir al cementerio y otros a la cárcel”.

El vecino que habla asegura que este grupo “se cansó” de rendir pleitesía a la familia real, de pagar cuotas por estar en una cooperativa de ambulantes que “no saben si llegaban a Hacienda o dónde acababan”, y venía organizándose hacía tiempo en torno a estos guías del templo, que poco a poco sustituyeron como nuevos “gitanos de respeto” la ascendencia de los consejos de ancianos.

Sinaí Giménez, por su parte, cuenta que la “traición” de los cuatro zamoranos en el asunto de Tui abortó las aspiraciones de “370 familias” de gitanos gallegos, muchos en situación de exclusión, que optaban a un puesto en el mercadillo que negociaban reabrir. Supuestamente, según su versión, los zamoranos con plaza en el otro mercado local, el de los jueves, se resistían porque pensaban que podían perder ventas. Fue entonces cuando, cuenta Giménez, a los pastores evangélicos “se les comentó a través de una tercera persona que en cualquier momento iba a salir esto a la luz e iba a ser un bombazo”. Se les dijo también que “ahí estaban 370 familias, unas 3.700 personas que se iban a cabrear. Que entre estas personas muchos desgraciadamente consumen droga. Y que uno no se puede fiar de un drogadicto”. Este fue, dice, el aviso que precipitó el éxodo. Al marchar los cuatro, y la veintena de personas que forman sus familias, los siguieron todos los demás, que se habían comprometido con ellos.

Los hijos de los zamoranos representaban un tercio del alumnado del colegio de Torneiros, paradigma en la provincia de programas de integración escolar. Los primeros días tras su marcha, en el muro del centro apareció colgada una pancarta reivindicando su vuelta. Después, el letrero solidario se esfumó como los propios críos. Entre tanto, la Xunta no hizo por esas familias gitanas empujadas a poner tierra de por medio (dejando atrás su vida y sus casas) nada más que advertir a los padres de la obligación de escolarizar a los chicos. Tampoco ha intervenido para evitar el éxodo la Delegación del Gobierno. En realidad, no se ha visto en las autoridades más movimiento que el del fiscal jefe de Galicia, Carlos Varela, que el jueves abrió “diligencias de investigación” para aclarar qué es lo que está pasando en el sur de Pontevedra.

Varela ha citado hoy a declarar a la única persona que está dando la cara públicamente por estos “ciudadanos cuyos derechos humanos están siendo pisoteados”. El payo Francisco Romero Alvite, representante de la Asociación Galega de Ambulantes e Autónomos, presentó hace unos días “33 documentos” en la fiscalía. Antes, asegura, llamó al “rey de los gitanos”, Olegario Giménez Salazar, alias Morón, padre de Sinaí Giménez Jiménez, para proponerle a él y a su familia un “autodestierro” a cambio de no presentar la denuncia contra el “clan mafioso” al que señala como culpable. “Yo este conflicto lo cuento por horas”, protesta, “porque cada cinco hay que comer, y esta gente se fue en la miseria”.