CRÍTICA | ÓPERA

Un punto plano

Algunas óperas resisten mal las versiones de concierto

Se vio hace dos años, sobre el mismo escenario, The Fairy Queen en versión semiescenificada. Y asistimos allí a un buen surtido de los caprichos con que ciertos directores de escena revisten las óperas: un hada, por ejemplo, quedó convertida en dependienta sin venir a cuento, mientras que Febo -el Sol- apareció como empleado de banca. Este sábado, por el contrario –y también con una obra de Purcell-, se experimentó la otra cara de la moneda: ausencia total de escena en una ópera, como corresponde, por otra parte, a las llamadas “versiones de concierto”, King Arthur en este caso. Tratándose de una “semiópera”, las carencias se notaron aún más. Es este un género que incorpora elementos de las antiguas masques y combina el teatro hablado con el musical. El primero queda reservado a los personajes principales, mientras que el canto se destina a los secundarios, seres fantásticos o mitológicos en su mayoría. Para acabarlo de complicar, las partes con música instrumental o cantada se intercalaban, en el XVII, entre los actos de la obra de teatro hablada, teniendo con ellos una relación puramente alegórica y escasamente argumental.

En las versiones de concierto actuales se suprime todo el jolgorio de disfraces, escenografía y bailarines que acompañaba en época de Purcell a las representaciones, pero también se eliminan los parlamentos que corresponden a los personajes principales. Privados pues de la línea narrativa básica, de los protagonistas y de la escenografía, es muy frecuente que los asistentes no entiendan por qué aparecen sólo espíritus, genios, pastores o sirenas sin venir a cuento y en una obra que trata del Rey Arturo, su amor por Emelinda y su lucha contra los sajones. Es en este punto donde un director de escena imaginativo, ayudándose de alguna que otra proyección, algún efecto de luz y, quizás, escuetos apuntes de un narrador, podría proporcionar la base argumental y ambiental que faltaba el sábado. Sobre ella, seguramente, la deliciosa música de Purcell recuperaría algo de la magia y la funcionalidad que tuvo en su tiempo. Estos montajes, además, puestos en manos sensatas, no tienen por qué ser caros. De hecho, el Palau de la Música los ha utilizado incluso en la pequeña sala Rodrigo.

Al King’s Consort ya se le ha escuchado en Valencia varias veces. Su director, como en otras ocasiones, pareció preocuparse más por la corrección estilística que por el calor interpretativo. Y así, salvo momentos puntuales, la lectura no tradujo del todo la variedad de atmósferas presentes en la partitura. El coro, compuesto por los mismos solistas, funcionó bien. Aquellos flaquearon más, aunque Julia Doyle tuvo varias intervenciones destacadas. Y el público, como cabía esperar, recibió con gusto la canción de Comus, donde Purcell exhibe la faceta alegre y de resonancias populares que también está presente en su labor creadora.

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