ROCK | BUNBURY
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Manierismo en blanco y negro

La estrella zaragozana, aclamada por un Palacio de los Deportes casi lleno, sorprende con un espectáculo rotundo y poco amigo del aplauso fácil

El ovni con el que Enrique Bunbury anuncia el arranque de sus nuevos conciertos asomó por el Palacio de los Deportes a las 21.43 para iluminar al poco a su ilustre tripulante. Bunbury se nos muestra como le gusta, vestido de negro y con gafas oscuras, orgulloso de ocupar un estatus indiscutible en el esquelético rock patrio y con un talante asentado entre la arrogancia y la elevada autoestima. Pero la metáfora extraterrestre mueve al desconcierto. En lo visual remite a la Electric Light Orchestra, lo que no viene al caso. Y en lo semántico sugiere la condición marciana del zaragozano, poco coherente con los contenidos más comprometidos y apegados al terreno que caracterizan Palosanto, su reciente octavo disco.

Había hambre, en cualquier caso, entre el bunburismo madrileño, que llevaba dos años y medio sin citarse con su ídolo y le recibió con un meritorio casi lleno en el pabellón. Enrique no les entregó un espectáculo predecible ni autocomplaciente, de esos que apelan al postureo fotogénico y la ovación segura. El manierismo del maño ha virado hacia el blanco y negro, como las imágenes de las pantallas gigantes: la primera explosión de éxtasis y masivo estiramiento de brazos no llegará hasta los tres cuartos de hora, cuando suenan El extranjero y Deshacer el mundo, inusual concesión al repertorio de Héroes de Silencio que se ilustra con incómodas imágenes de intervenciones policiales.

Hasta ese momento, Bunbury ha estrenado un ramillete de piezas tan solventes como poco propicias para corear: el desasosiego oscuro y ruidoso de ‘Los inmortales’, el rock en clave latinoamericana de Hijo de Cortés (que en lo melódico roza Sixteen tons), el guitarreo con retrogusto amargo de Destrucción masiva, el revulsivo algo doctrinario de Despierta. Lo mejor es el sonido incisivo y confiado de Los Santos Inocentes, una banda metronómica y concebida bajo patrones de calidad yanquis. La propuesta abduce más que alborota, invita a una concentración insólita en un evento masivo.

Nuestro protagonista elude la soflama y juega una carta infrecuente en él, la sutileza: la pasión progresiva en De todo el mundo, esa lectura magnífica de Frente a frente (sí, la de Jeanette), la escalada apoteósica de y Lady Blue, la visita de un tímido Iván Ferreiro en El cambio y la celebración, la descarga eléctrica junto a Quique González en Bujías para el dolor (el concierto se grababa para un próximo DVD). Aun con sus sobreactuaciones, que vienen de serie, y los difusos mensajes interplanetarios, puede que nos encontremos ante el Bunbury más sólido y sugerente que ha visitado la ciudad. Habrá que llamarlo madurez.

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