Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
OPINIÓN

¿Los tomates son frutas?

El problema de clasificar a las futuras coaliciones derivadas de la tormenta electoral es parecido al de la clasificación de los tomates

Imagino al lector más que aburrido de tantos análisis minuciosos sobre el resultado electoral del pasado domingo. Pero, bien mirado, ¿acaso podría uno hablar de otra cosa? ¿No se ha producido un terremoto político que convierte en más que probable un cambio en el Gobierno de la Generalitat y de casi todos los Ayuntamientos importantes de la Comunidad Valenciana dentro de un año? Pues sí, pero también no, y sobre esto es sobre lo que querría reflexionar. El problema es parecido al de la clasificación de los tomates. Estoy hablando en serio. Hace unos días compramos en casa un frigorífico enorme, de esos que permiten no pasar por el supermercado en un mes, y nos encontramos con que tiene un cajón para guardar las frutas y otro para las verduras. No hay que decir que todos estábamos tan contentos, hasta que me encontré delante de la nevera con una bolsa de tomates en la mano y sin saber dónde colocarlos. ¿Son verduras?: bueno, los pondré con las acelgas, las coles, las espinacas y demás. ¿Son frutas?: pues a compartir residencia con albaricoques, nísperos, naranjas, etc. Lo malo es que hay razones para ambas opciones taxonómicas. Los tomates aparecen en las bandejas de verduras al horno, pero también en mermeladas de fruta, como las de melocotón o las de fresa. Para acabarla de arreglar hasta hay quien los prefiere en ensalada, con lechuga, queso blanco y nueces.

Bueno, pues con las futuras coaliciones electorales sucede algo parecido. Compromís ha subido, vale, pero ¿es fundamentalmente de izquierdas o sobre todo nacionalista? Si lo primero, podría formar coalición con Podemos o con EUPV, si lo segundo, debería caminar en solitario a no ser que busque cobijo en algún nido del norte. ¿Y el PSPV, que sigue lamiéndose las heridas eufóricamente?: pues si hace valer su condición de partido estatal, lo suyo es un compromiso matrimonial con UPyD (del rojo descolorido al rosa intenso tampoco va tanto), pero si se acuerda de aquello del País Valencià que figura en sus siglas a lo mejor tendría que cortejar a Compromís. Tampoco está claro lo de Podemos: es evidente que son los indignados, que se han organizado, al fin, con las vanguardias universitarias como bolcheviques de nuevo cuño, mas uno se pregunta que pasará cuando tengan que gestionar ayuntamientos con los tiburones que ya les están intentando encandilar con sus cantos de sirena.

Se mire por donde se mire, la cosa está difícil. Y no me vengan con el cuento del tripartito: si la vida de pareja es complicada, imagínense los tríos. Eso vale para las páginas de contactos de Internet, pero no querrán que los próximos cuatro años tengamos unas corporaciones municipales y un gobierno autonómico de porno duro. El único partido que no podría coaligarse con nadie es el PPCV y menos ahora que se han quedado sin el virtuosismo transversal de Blasco: no es un partido estatal porque se ha cargado el estado; y ya solo es de derechas de toda la vida, sin nadie que diga una picardía progre a la manera de González Pons. Mal asunto. Como el PPCV ha tenido un revolcón de aúpa, que se olvide de gobernar en solitario. Esta gente no llega a tomate, se queda en ornitorrinco. ¿Qué no les suena eso? Claro, como que es un bicho australiano que ni siquiera un filósofo tan apañado como Umberto Eco logró clasificar. Lo mejor es meter al PPCV, tal cual, en un museo. Y como cartel de reclamo, el póster electoral de Cañete, estilo noche de los muertos vivientes. Amén.