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Las calles bailables de la joven América

Martha Reeves, mito de la Motown, festeja las cinco décadas de su inmortal ‘Dancing in the street’

Martha Reeves durante un festival en 2010. Ampliar foto
Martha Reeves durante un festival en 2010.

Los recientes y prematuros calores madrileños parecían dar la razón al clásico Dancing in the street: “Ha venido el verano, y es el momento de bailar en la calle”. La misma voz que lo entonaba en los sesenta, la de Martha Reeves (Eufaula, Alabama, 1941), lo recuerda ahora: “No me extraña que a veces por error relacionaran ese tema con el movimiento por los derechos civiles: era toda una llamada a la libertad. Lo escribió Marvin Gaye y me alegro de que me lo ofreciera”. No en vano la solista de Martha and the Vandellas, pilar femenino del sello Motown antes del furor por las Supremes, celebra este viernes en Madrid los 50 años de su canción emblema. Será en el Matadero, como cabeza de cartel del festival de sonidos negros Black Is Back, cuya tercera edición también incluye, entre otros, al soulman Eli Paperboy Reed.

Gaye, conviene puntualizarlo, no compuso a solas Dancing in the street: compartió autoría con Mickey Stevenson, el director artístico de Motown que descubrió a Reeves cuando ella actuaba en un pequeño club de Detroit: “‘Ven a Hitsville U.S.A. [el estudio del sello], tienes talento’, me dijo mientras me ofrecía su tarjeta”, rememora la vocalista. De repente, su amor desde la infancia por la música amagaba con cristalizar: “Ya obtenía caramelos con tres años haciendo gorgoritos en la iglesia de mi abuelo, a la gente le gustaba oír mi voz. Éramos 11 hermanos, y durante las tareas domésticas solía siempre escuchar la radio: adoraba a las que cantaban desde el corazón. Como mi ídolo, Della Reese”.

La vida después de Berry Gordy

Martha Reeves no se mudó con Motown a Los Ángeles a principios de los setenta: “La prensa no lo recogió con exactitud, pero en realidad fue porque justo expiraba mi contrato”. Ha ido después dibujando una carrera irregular en solitario por sellos como MCA (notable y carísimo álbum de debut, producido por Richard Perry, que apenas vendió), Fantasy o Arista. Y entre 2005 y 2009 la compaginó con un cargo electo en el Ayuntamiento de Detroit. “Veía que podía ayudar a mi ciudad, sobre todo inculcando a los jóvenes la necesidad de formarse”.

A su fidelidad a la depauperada Motor City, precisamente, le dedicó I’m not leaving, alianza en 2012 con el dúo electrónico The Chrystal Method. “Podría irme de aquí, pero no quiero”. La canción entró incluso en listas dance. Aunque puestos a mover los pies, siempre es mejor recurrir, como hicieron David Bowie y Mick Jagger en su popular cover ochentero, a Dancing in the street.

Nombrar a dicha heroína no resulta baladí: de la fusión de su nombre de pila con el de la calle donde vivía Martha en Detroit salió el apelativo Vandellas. “Nosotros vivíamos en el East Side, y el estudio de Motown estaba en el West Side. Así que, siendo una cría y pese al peligro por las peleas que proliferaban entre pandillas, no lo pensé: me subí a un autobús y me planté en el otro lado de la ciudad”. Lo curioso es que, antes de tener oportunidad de grabar sus discos, Reeves ejerció de secretaria en el departamento artístico: “Una pequeña sala donde trabajaban 17 compositores. Yo lo mismo cogía el teléfono que transcribía letras o aportaba algún coro. El estudio permanecía abierto 24 horas al día. Y uno de los secretos era la banda residente, The Funk Brothers, que nunca salía de gira con nosotros: siempre en el estudio, grabando sin parar detrás de todos los artistas de la etiqueta”.

El fundador de Motown, Berry Gordy, se inspiraba en los métodos de trabajo de las factorías automovilísticas de Detroit. Y en la de Ford, por cierto, se filmó el primer videoclip de la compañía: ilustraba otro de los singles de éxito de Martha and the Vandellas, Nowhere to run, con Reeves y sus dos compañeras encaramadas a un coche en fabricación. “Fue la única vez que la Ford permitió entrar así en su cadena de montaje. Los operarios nos miraban alucinados, no entendían nada”. El tema, otro pelotazo bailable, era obra del trío Holland-Dozier-Holland, firmantes de muchos de los hits de la compañía. Y de buena parte de los de Martha and the Vandellas, algunos con las fuerzas de la naturaleza a modo de metáforas amorosas: Quicksand (arenas movedizas) o la irresistible Heat wave (ola de calor).

¿Y la sintonía con el propietario? “En mi caso, no hablaría de relación personal, solo de trabajo. Le tenía mucho respeto. Siempre se mostró como un gran coordinador y muy apto en el control de calidad. Supervisaba personalmente las letras para que fueran digeribles para toda la familia, en ese afán de que nos convirtiéramos en ‘el sonido de la joven América’”. Reeves no muestra ningún resquemor porque Gordy volcara luego todos sus esfuerzos en las Supremes de Diana Ross. “Se enamoró de ella, me alegra que encontrara el amor. Y de todos modos, yo ya sabía que una vez que él hacía famoso a algún artista, de inmediato concentraba su interés en el siguiente. Antes que nosotras, triunfaron las Marvelettes”.

Aunque Reeves guarda magníficos recuerdos de entonces, no faltaron momentos menos agradables. “Pasé una época muy destartalada por la influencia de las drogas. Nunca me metí a fondo pero experimenté con ellas. La primera me la prescribió el médico: valium, porque no aguantaba el ritmo del show business. Nuestros consejos a los más jóvenes, en cambio, apuntan a otro sitio: come, descansa, entrena la voz, haz ejercicio…” Por no hablar del racismo en las giras sureñas: “Tengo muy viva la imagen de Smokey Robinson gritando desde el escenario a los que vigilaban la segregación del público que no volvieran a golpear a nadie”. Aún así, se impone la felicidad: “Cada vez que interpreto estos temas, se vuelven mi elixir de juventud”.

Martha Reeves & The Vandellas actúan este viernes 16 de mayo en el Matadero, dentro del festival Black is Back.

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