Opinión
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Repensar la participación política

Se participa para hacer, no para discutir cómo y quién hará. Se trata de prácticas de colaboración

Vamos a entrar en un largo ciclo electoral en el que el tema de la participación política, en sus formatos tradicionales, va a estar muy presente. La primera cita es el próximo 25 de mayo. Pero, luego tenemos posible consulta en Cataluña, elecciones municipales y generales, e incluso la posibilidad de adelantar las elecciones catalanas. Y todo ello, vete tú a saber en que orden. Empiezan a surgir nuevas formaciones políticas que, si bien responden a la categoría ya conocida de partidos, están poniendo en práctica formas distintas de plantear la selección de candidatos, su extensión territorial y el debate interno. El nuevo ciclo que emergió el 15M ha servido para sacudir viejas rutinas y probar otros caminos de acceso a las instituciones. En este sentido, será interesante ver el resultado que puedan acabar teniendo ahora, en las elecciones europeas, formaciones como Podemos o Partido X. Pero esto es solo el inicio. En las elecciones municipales puede producirse un auténtico aluvión de candidaturas alternativas a los partidos tradicionales aprovechando las dinámicas concretas de cada población. Y, en este escenario, los partidos políticos más permeables a los nuevos vientos pueden tener protagonismos variables. Ese es el caso, en Cataluña, de Iniciativa, de la CUP, de lo que vaya consolidándose por parte de los sectores críticos del PSC o incluso de ERC. Muchas de esas formaciones han iniciado procesos de reflexión, debate y movilización pensando en ampliar límites y espacios electorales. Lo que va quedando claro es que las posibilidades de éxito, en un escenario de descrédito de la política y de desconfianza notable en relación a los políticos, dependerán más de la transparencia y coherencia entre mensajes y prácticas que de una simple agregación de siglas en formato “lista cremallera”, alternando nombres de distintos partidos.

Por otra parte, constatamos a partir de diversas experiencias, que la participación política, el “hacer política”, no se agota en prácticas electorales e institucionales. Durante muchos años se ha tratado de responder a los procesos de deslegitimación institucional con experiencias puntuales de participación ciudadana. Las ocasiones y los momentos han tenido ritmos y concreciones distintas, pero casi siempre respondían a criterios como: su carácter episódico, el estar vinculadas a temas puntuales, el tener efectos limitados, y el estar generadas y gestionadas desde “arriba”, desde la institucionalidad, y con protagonismos ciudadanos más formales y rituales que realmente efectivos. No quiere ello decir que esas experiencias, o la proliferación de unidades en participación en ayuntamientos o en otras instituciones, hayan sido inútiles o superfluos. Deberíamos analizar el tema con más detalle y con ejemplos concretos. Pero, es obvio que las prácticas deliberativas generadas, el constatar la dificultad que comporta decidir sobre temas complejos, o la incorporación en las instituciones del discurso de la participación directa, no han sido en vano. Lo que pasa es que ahora estamos en otra fase. Y solo con esos mimbres no podemos lidiar con lo que nos exige el cambio de época.

Las crecientes dificultades de las instituciones públicas para afrontar la cantidad de nuevos frentes que se han ido abriendo, están conduciendo a maneras mucho más directas y “preformativas” de entender la participación política. Se participa para hacer, no para discutir cómo y quién hará. Se trata, en muchos casos, de prácticas de colaboración horizontal directa de personas que se unen para resolver problemas, gestionar espacios u organizar redes alternativas de consumo. Y lo hacen, a menudo, de manera desinteresada, sin pasar por las instituciones, aunque luego se las encuentren en formato regulación. La conectividad de Internet es otra característica significativa, que facilita esa colaboración entre pares, y que permite extender y replicar experiencias que, de otra manera, serían muchas veces estrictamente locales. Son asimismo iniciativas que no eluden el tratar de incidir en las políticas institucionales ni enfrentarse a ellas si es necesario, pero sin agotar en esa relación bilateral sus capacidades de hacer por su cuenta. Lo que está aún por ver, en la mayoría de los casos, es si esa creciente autonomía y voluntad de acción directa acaba pudiendo ir más allá de ser complementos o sustitutivos temporales de la falta de capacidad de acción de los poderes públicos, propiciando formas de poder alternativo que genere espacios de coproducción con las instituciones y facilite la reapropiación de recursos comunes. El ciclo electoral que empezamos puede ser un fértil espacio de experimentación democrática que reconecte política y el día a día de personas y colectivos.

Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política e investigador del IGOP de la UAB.

 

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