Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

Un arrojado viaje interior

En ‘Distancia siete minutos’, Titzina Teatre plantea un enigma familiar con delicada poesía y una fértil economía de medios

Diego Lorca (izquierda) y Pako Merino en Distancia en siete minutos.
Diego Lorca (izquierda) y Pako Merino en Distancia en siete minutos.

Una imaginativa road movie interior sobre la centralidad que a la postre tienen en nuestras vidas la familia y los acontecimientos domésticos, y sobre la imposibilidad de construirse un futuro sin dilucidar esas zonas oscuras del pasado sobre las que pesa un silencio tácito. Siguiendo el modelo dramatúrgico desarrollado por Simon McBurney y su Théâtre de Complicité en Mnemonic (espectáculo sobre la memoria personal y la memoria antropológica), Pako Merino y Diego Lorca, pilares de Titzina Teatre, crean un espectáculo en el que la historia de Félix, juez joven obligado a volver a la casa paterna tras descubrirse en la suya una voraz plaga de termitas, corre en paralelo con la de la Curiosity, misión arbitrada por la NASA para determinar si hubo vida en Marte y preparar el terreno a su exploración.

DISTANCIA SIETE MINUTOS

Autores, intérpretes y directores: Pako Merino y Diego Lorca. Sonido: Jonatan Bernabeu. Escenografía: Jordi Soler i Prim. Luz: Miguel Muñoz. Compañía: Titzina Teatre. Teatro de La Abadía. Hasta el 19 de enero.

Mediante secuencias cuasi cinematográficas, con fino sentido del humor y una interpretación precisa, expresiva y contenida, el espectáculo expone el enigma de la incomunicación palmaria entre Félix y sus padres (simbolizada por las termitas que socavaron en silencio las vigas de su casa mientras él se consagraba a un trabajo absorbente) con una poesía delicada y una fértil economía de medios cuyos detalles vuelven a recordarnos, en formato de bolsillo, el trabajo impecable de compañías como Complicité o la de Robert Lepage: en la escena del televisor, por ejemplo.

Pero mientras que en Mnemonic ese viaje hacia el pasado propio y las raíces familiares confluye con un viaje al pasado remoto (y la historia personal desemboca en la Historia con mayúscula), la peripecia de Félix y la de la misión de la NASA transcurren en paralelo, sin que una llegue a fertilizar de veras a la otra, quizá porque llevar a buen fin una fábula con principio, nudo y desenlace sobre un tema de tanto calado exige una pericia dramatúrgica mayor que la que requirió Exitus, esas maravillosas variaciones en torno al punto final de la vida que Pako Merino y Diego Lorca trenzaron hará dos años.

El Félix de Lorca transmite densidad anímica, escepticismo esperanzado y una vulnerabilidad en franca tensión con su apariencia imperturbable. Pako Merino encarna con humor soterrado a una sucesión de personajes efímeros compuestos al instante con destreza y a ese padre implacable consigo y con todos. La luz de Miguel Muñoz ciñe aún más la poética de lo mínimo de Titzina y, puestos a ceñir, cabría aligerar la prolongada secuencia costumbrista en la que se abre al público la puerta de la sala de juicios.

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