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El carballo enano, único en Galicia, sobrevive al fuego que arrasó O Pindo

Aparecen caballos salvajes carbonizados y turberas seculares reducidas a polvo

El incendio en O Pindo arrasó más de 2.000 hectáreas Ampliar foto
El incendio en O Pindo arrasó más de 2.000 hectáreas

“¡Pues sí, pues parece que zafamos. Aquí hay esperanza, ¡sí señor! El carballo enano zafó por poco en 2005 e también en 2013”. Iván Franco, concejal de Cultura de Carnota (BNG), acaricia en cuclillas las hojas verdes y las pequeñas bellotas de un roble diminuto pero con aspecto de adulto. Levanta del suelo pocas decenas de centímetros, y es uno de los escasos que siguen plenamente lozanos en la carballeira enana de San Cibrán. Alrededor el paisaje parece un extraño planeta sin rastro de vida. Varios ejemplares del resistente carballo enano o añón (Quercus lusitanica) han sobrevivido claramente al mayor fuego del verano en Galicia, que arrasó la semana pasada más de 2.400 hectáreas del Monte Pindo y llegó a saltar el río Xallas dispuesto a devorar de postre O Ézaro.

La única población de carballo enano localizada en el norte de España (las otras están en el sur peninsular y Marruecos) prosperaba aquí y allá, hasta ahora, en una extensión de un kilómetro cuadrado del Monte Pindo, entre los puntos de Chan das Lamas, la Braña dos Aguillóns y el lugariño de San Cibrán. Anteayer, el concejal, miembro de la comisión rectora de la Asociación Monte Pindo Parque Natural, subió a comprobar las consecuencias del desastre (de la vegetación y, en especial, en su caso, del patrimonio arqueológico), y ayer por la mañana lo hizo el presidente del colectivo, Xilberto Caamaño. Por la tarde, Caamaño regresó acompañado del biólogo Martiño Fiz, secretario de organización de Adega, y de Fins Eirexas, secretario ejecutivo de este grupo ecologista. “Hay que esperar a la primavera” para evaluar la magnitud de las pérdidas, explica Eirexas, en un espacio natural en el que había catalogadas 640 especies entre flora y fauna, medio centenar en peligro de extinción y algunas, como el lirio de monte (Iris boissieri) en riesgo crítico. Los carballos enanos “intactos” son una “minoría”, sigue el portavoz de Adega. El resto están resecos por el fuego o rotundamente cadavéricos.

También habrá que aguardar a primavera para comprobar si los bulbos del lirio salvaron la vida bajo la tierra incandescente. La zona donde florecían, el camino que lleva a Chan de Lourenzo, es un desierto negro. En la misma incógnita se encuentran dos tipos de cardo, musgos y hierbas de braña que sobre el papel también estaban protegidas. La profundidad de la tierra quemada es muy variante aquí. Donde el suelo es árido, el fuego apenas penetró. Pero en lo más fértil, las turberas de tierra vegetal, formadas a lo largo de los siglos, las piernas se hunden hasta la rodilla levantando en el aire una densa polvareda, a veces negra, a veces amarilla. La turba aún humea a los pies de O Xigante, una de las más increíbles formaciones rocosas de O Pindo, en la subida al alto de A Moa. “Esa tierra fértil está perdida”, concluye Eirexas. No hay que dejarse engañar por los quitamerendas (Colchicum montanum), pequeñas flores malvas que ya han empezado a brotar entre el carbón.

El presidente de la Asociación Monte Pindo cuenta que un miembro del colectivo ha fotografiado algún ejemplar de caballo salvaje carbonizado. La vida animal se ha esfumado prácticamente. Se ve alguna araña, algún carrizo, mariposas, lagartos y la piel mudada de una víbora. Junto a los carballos enanos, en las colmenas comunales de Quilmas y Caldebarcos que fueron defendidas del fuego, zumban todavía las abejas. Los vecinos planean trasladarlas a otro lugar de Carnota, porque en el monte han perdido todo el alimento. Es probable, dice Xilberto Caamaño, que también hayan huído los murciélagos de herradura. La cueva que habitaban (Cova dos Morcegos) quedó despoblada tras el incendio de 2005 y los quirópteros no se atrevieron a regresar hasta 2009. La enrevesada orografía y algunos restos arqueológicos, como las ruinas de las fortalezas defensivas que se levantaron en tiempos de Xelmírez ante los sucesivos ataques vikingos, ampararon del fuego pequeñas zonas del Pindo. Son oasis en medio de la devastación, y una esperanza para la regeneración de este paisaje único de la Red Natura para el que, desde hace tres años, se reclama a la Xunta, sin éxito, la declaración de parque natural.

El milagro de estas manchas verdes que se ven en el Alto das Subidiñas contrasta con las rocas ennegrecidas, desescamadas, reventadas por el fuego de alrededor. “Los cambios de temperatura, del calor de las llamas al frío de las descargas aéreas, destrozan el granito”, explica Caamaño, conocedor de todas y cada una de las singulares piedras que componen la anatomía de O Pedreghal. Lo más seguro es que algunas se hayan movido y agraven los peligros de las más que posibles riadas que se avecinan. Tras el incendio de 2005 (550 hectáreas), rodaron en Fonte Mateo “piedras de varias toneladas”. La tierra que las sostenía, calva tras el fuego, “fue arrastrada por la lluvia y las rocas se desplazaron”. Mientras tanto, el Gobierno se empecina en negar la catástrofe y sus responsabilidades políticas. El último en hacerlo fue el ministro de Medio Ambiente, Arias Cañete. En respuesta a una intervención del socialista José Blanco sobre la lacra de los fuegos en Galicia, calificó de “muy eficaz” el balance de la campaña de incendios en España y de “francamente eficaz” en el caso Galicia.

 

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