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OPINIÓN

La rebelión de Alicia

Sánchez-Camacho ha amagado con romper la disciplina de voto en el grupo del PP, pero ella sabe que eso no ocurrirá jamás

Es evidente —y lo hemos subrayado aquí más de una vez— que la metamorfosis del escenario político catalán durante el último semestre está creando problemas sobre todo a aquellas fuerzas (CiU y PSC) que, a lo largo del pasado treintenio, mejor supieron rentabilizar las ambigüedades y los equívocos de la relación Cataluña-España. Pero esto no significa que aquellas otras siglas de discurso más monocorde y rectilíneo en la materia no sufran también dificultades de adaptación al nuevo paisaje. Fijémonos, por ejemplo, en el Partido Popular catalán.

Sobre el papel, los comicios del pasado 25-N brindaban al PPC la oportunidad ideal para convertirse por fin en uno de los dos o tres grandes de la política catalana: el declive y la división de los socialistas, el brusco giro de Convergència hacia el Estado propio, la percepción de la independencia como una hipótesis por primera vez plausible…, todo favorecía una movilización extraordinaria del electorado españolista que situase a las huestes de Sánchez-Camacho por encima del 20% de los votos y alrededor de los 30 escaños.

Y esa movilización se produjo, en efecto, pero no en beneficio del PP —que consiguió a duras penas subir seis décimas de punto y ganar un escaño— sino a mayor gloria del unionismo virginal y adanista representado por Ciutadans. Un unionismo carente de pasado y, por tanto, sin contradicciones pretéritas ni pactos del Majestic que puedan reprochársele hoy. Un unionismo sin Gürtels ni Bárcenas ni otros esqueletos guardados en el armario y, por consiguiente, capaz de arremeter contra la corrupción y de erigirse en azote de un “sistema” al que los de Albert Rivera se consideran ajenos. Un unionismo, en fin, de estricta disciplina catalana, libre de cualquier servidumbre madrileña.

Nada permite augurar que la rebelión con que doña Alicia amaga vaya a producirse algún día

Tras el no reconocido pero flagrante fracaso electoral de noviembre, y después de que los intentos de crear plataformas españolistas seudoindependientes (como el Moviment Cívic d’Espanya i Catalans, que convocó manifestaciones el 12 de octubre y el 6 de diciembre) no hayan terminado de cuajar, el PPC ha permanecido durante algunos meses descolocado, perplejo, más pendiente de proteger a su lideresa del embrollo en que se metió con el famoso almuerzo en La Camarga que de hacer política. Y, cada vez que cargaba contra el proceso soberanista, escuchando como un molesto eco a Ciutadans decir lo mismo, a menudo con más ingenio.

Así las cosas, tal parece que los cerebros de la calle Comte d’Urgell han hallado por fin una estrategia: si Ciutadans es el españolismo outsider, respondón, gestual, el PPC será el españolismo efectivo, el que —pues detenta el poder central— conseguirá cosas tangibles. Y, en primer término, una financiación singular para Cataluña.

En los últimos días, Alicia Sánchez-Camacho ha intensificado los mensajes en demanda de un nuevo sistema de financiación asimétrico que respete el principio de ordinalidad, que ponga límites a la solidaridad territorial y la convierta en finalista. Ante la reacción escandalizada y hostil de significados presidentes autonómicos del PP, la senadora se justificó subrayando que “a mí me han votado los catalanes” y, entrevistada el pasado viernes en El Matí de Catalunya Ràdio, dijo plantearse “incluso” la ruptura de la disciplina de voto en el Congreso de los Diputados, si el Partido Popular no atiende esa reivindicación. Pero anteayer el ministro Montoro ya aclaró que solo habrá un modelo de financiación, sin trato diferencial para Cataluña.

¿Entonces? Desgraciadamente, nada permite augurar que la rebelión con que doña Alicia amaga vaya a producirse algún día. Ella sabe mejor que nadie cómo (con fórceps), quién (Rajoy y todo el aparato de Génova) y por qué (para someter a un partido excitado por la díscola Nebrera) la entronizó, en julio de 2008, presidenta del PP catalán. Y sabe también cuánto duraría en el puesto si le crease al vértice estatal problemas de gravedad. ¿Romper la disciplina de voto? El PSC necesitó tres décadas, y el PPC no lo hará jamás. Vamos: el día en que eso suceda me afilio como militante. Queda dicho.

Joan B. Culla i Clarà es historiador.