CLÁSICACrítica
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Todo está en Bach

El director británico John Eliot Gardiner y el Coro Monteverdi hacen que cantar al compositor alemán parezca fácil

El director británico John Eliot Gardiner y el Coro Monteverdi hacen que cantar Bach con la máxima pureza parezca fácil. Pero no lo es. De hecho, para lograr una versión de la Misa en si menor, BWV 232 tan colosal como la que han ofrecido en el Auditori han trabajado décadas, abordando retos como interpretar todas las cantatas del compositor alemán. Fruto de esa experiencia, su aproximación a la escritura de Bach para voces es hoy más natural y rica en matices de insospechada belleza.

El Coro Monteverdi, integrado en esta ocasión por 28 cantantes, causó un tremendo impacto desde su primera intervención por la plenitud y la proyección de las voces, capaces de llegar a cualquier rincón de la sala con más potencia que otras formaciones con plantillas más numerosas. Porque, sin desmerecer en absoluto la prestación orquestal —The English Baroque Soloits es uno de los mejores conjuntos con instrumentos de época— la actuación del coro nos transportó a otra dimensión: afinación exacta, articulación clara y precisa, empaste y sentido del color, ornamentación ajustada al estilo… una lección interpretativa que iluminó pasajes que otros coros dejan borrosos, sin relieve.

BACH. MISA EN SI MENOR, BWV 232.

Hannah Morrison, soprano. Esther Brazil y Meg Bragle, mezzos. Nicholas Pritchard, tenor. Coro Monteverdi. The English Baroque Soloists. John Eliot Gardiner, director. Auditori. Barcelona, 26 de marzo

Trabajo bien hecho

Bach es un resumen de todos los músicos que le precedieron y, a su vez, es la fuente en que beben, en mayor o menor medida, todas las músicas del porvenir. Todo está en Bach: la melodía, el ritmo, el contrapunto, el equilibrio absoluto, la más perfecta arquitectura sonora al servicio de la expresión. Y toda la ciencia de Bach está en la Misa en si menor, revelada por Gardiner con sabiduría, dominio del estilo y un gusto musical exquisito. Podríamos poner reparos a algunas intervenciones solistas, a cargo de seis integrantes del coro —la mezzosoprano Meg Bragle en el sublime Agnus Dei y el tenor Nicholas Pritchard fueron los más destacados—, pero Gardiner prefiere trabajar con espíritu de equipo y, desde esa óptica, su lectura bachiana, irreprochable, y la fuerza coral despertaron el entusiasmo del público.

El regreso de Gardiner a Barcelona echa por tierra tópicos sobre la acústica del Auditori: cuando se trabaja a fondo, con un director experimentado, se solucionan algunas deficiencias que parecían insalvables. ¿Milagro? No, sencillamente, trabajo bien hecho.

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