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La madurez y el sonrojo

El cantante asturiano endosó sus 11 nuevas canciones en la malsonante sala La Riviera

Se hace raro ver a Melendi en diciembre, periodo en que las barbies de extrarradio y sus reglamentarios churris suburbiales andan algo mohínos, preocupados por la primera evaluación y los engorros familiares, abrigaditos hasta las orejas y sin apenas margen para el alboroto hormonal. Claro que el ahora también animador televisivo es un artista en pos de su madurez, como ya proclamaba con su anterior Volvamos a empezar y reiteró anoche en el estreno de Lágrimas desordenadas, patrocinado por una compañía telefónica que convocó a mozalbetes monísimos y sirenas de piernas infinitas. Eso sí: La Riviera sigue sonando a rayos, por muy beautiful que sea la concurrencia.

Ramón Melendi endosó sus 11 nuevas canciones y certificó que a los más fieles les han bastado unas pocas semanas para interiorizar las letras. Un prodigio de enjundia y lirismo, sin duda. El asturiano se nos muestra lírico y enamoradizo en Tu jardín con enanitos (“Quiero que lleves tu falda y también mis pantalones”), analiza con sagacidad los resortes del desapego en Cheque al portamor (“Ahora vete en busca de aquella cartera que sostenga tus tratamientos de belleza”) y, aún mejor, se transmuta en autor concienciado en De repente desperté: “El poderoso pinta garabatos para lavarse las manos después”.

Voz rasposa y de garrafón, retratos trillados de la canallesca noctámbula, una retahíla monótona y redundante para las melodías. Ramón pretende emular el rock urbano de Extremoduro o Sabina, pero aún no ha superado la etapa de párvulos.La que corresponde intelectualmente a esas letras que pretenden ser confesionales y encallan en el bochorno. Ningún ejemplo mejor que Mi primer beso, sonrojante crónica de escozores genitales en la primera cita. Debió sentirse picaruelo y hasta incluyó guiños onanistas (“agítame antes de usarme”), pero solo suscita un sentimiento españolísimo: la vergüenza ajena.

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