“Hemos venido a hacer historia”

El hartazgo de la relación con el resto de España convierte la marcha en la más multitudinaria Barcelona quedó colapsada a partir del mediodía

Numerosas familias acudieron a la manifestación de la Diada con sus hijos pequeños.
Numerosas familias acudieron a la manifestación de la Diada con sus hijos pequeños.MARCEL·LÍ SÀENZ

“Es un día histórico, hemos venido a hacer historia”, aseguraban David Aubert y sus colegas, llegados de Olot. “No solemos venir a la mani independentista, pero hoy no nos lo podíamos perder, hoy es muy importante”, decía Montse Mas, recién aparcados los cuatro autobuses de Vinyoles y Sant Hipòlit de Voltregà en la Sagrada Família. “Ya basta, hay que decir hasta aquí hemos llegado, que basta de maltrato”, clamaba Joan, de Girona.

Frases que resumen el sentir de ayer en la manifestación de Barcelona, la más multitudinaria que ha vivido la ciudad. La sensación de que Cataluña es tratada injustamente en el resto de España, en especial por el Gobierno español, combinada con el llamamiento del propio Gobierno catalán y la crisis, convirtió una marcha independentista, la de la Diada —que habitualmente congrega a unas 10.000 personas—, en un clamor que colapsó el centro de la ciudad desde mediodía. Faltaban dos horas para las seis de la tarde, hora de arranque de la protesta en la confluencia con la Gran Via, y el paseo de Gràcia ya estaba cortado cinco manzanas más arriba.

“No suelo venir a esta mani, pero estoy harto”, argumentaba Lluís Valls: “Harto de ver que en el resto de España se gasta dinero en proyectos innecesarios e insostenibles que pagamos entre todos, y de que encima nos traten de ladrones y nos utilicen a los catalanes para ganar votos en otras comunidades. Solo nos faltaba Monago, el presidente extremeño, diciendo que Cataluña pide y Extremadura paga. Igual vale la pena intentarlo, igual estaríamos mejor solos”.

Manifestantes llegados de todos los rincones de Cataluña (era sorprendente oír acentos de todas partes), familias representadas por tres generaciones, grupos de chavales y de mayores, profesionales liberales, pequeños empresarios, maestros, asalariados de empresas de todos los sectores, parados, jubilados, representantes de la cultura: grallers, bastoners, gegants, castellers... hasta pastorets con zurrón y no pocas barretinas, pese al calor, que apretó de lo lindo.

Una marea de ‘senyeres’ y ‘estelades’

La protesta congregó a familias de toda Cataluña P “Traemos a los niños para que puedan contar que estuvieron”

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La de ayer no fue una marcha de pancartas, que también las hubo —“no queremos pactar, queremos marcharnos”, rezaba una de ellas—, pero pocas. Lo de ayer fue una marea de banderas: senyeres o estelades al aire o atadas al cuello como nunca se había visto. Triunfaron las cañas de pescar para hacerlas bien visibles. Banderas veteranas, gastadas por el sol de otras diades, y estelades relucientes, las que se han agotado en las mercerías y han despachado como churros en los bazares asiáticos. Entre los lemas, se corearon básicamente dos: “In-inde-independència!” y “Boti, boti, boti, espanyol qui no boti!”.

Fue de esas manifestaciones plagadas de cámaras para atestiguar la presencia

Fue de esas ocasiones en las que los participantes aparcan el temor que otras veces invita a dejar a los hijos en casa y acuden con niños bien pequeños y hasta bebés. “Para que puedan contar que estuvieron”, presumía Pere Guiteras, llegado de Tona, en el interior de Cataluña, con toda la familia Parareda-Boixaderas: 12 personas, en dos coches y tres carritos. Desde Nil, de un año, hasta el padrí, que descansaba e n un moderno taburete plegable con la estelada atada al cuello y una sonrisa de oreja a oreja. Ayer daba igual que hoy empiece el curso escolar. Miles de niños se habrán acostado a las tantas.

Fue de esas manifestaciones plagadas de cámaras —la buena, la de las vacaciones familiares— para atestiguar la presencia. De orejas pegadas a transistores que, a falta de cobertura de móvil, narraban la marcha. De esperar la cifra de manifestantes. “¡Un millón y medio!”, comenzó a gritar la gente en cuanto se hizo pública. Y en boca de los más veteranos, las grandes protestas, las del millón de manifestantes: la que en 1977 pidió la autonomía, la que en 2000 rechazó el atentado de ETA que acabó con la vida de Ernest Lluch, la de 2003 contra la invasión de Irak, la de 2010 contra la sentencia del Estatuto. Esta vez, con un ambiente festivo, con la sensación entre los manifestantes de que “ahora va en serio”.

“Entonces, en 1977, luchábamos para quitarnos una bota de encima, la de Franco, ahora estamos en el final del camino”, resumía Ricard Bonmatí, que reconocía que hasta hace poco tiempo “no estaba por la independencia”. A su lado, Pilar Fernández reflexionaba: “Entonces el sentir independentista era muy minoritario, se trataba de conseguir democracia, derechos sociales y respeto por la lengua; pero el Gobierno español nos lo pone muy fácil, porque cada nuevo logro lo echa para atrás, pagamos más de lo que recibimos y encima nos tratan de ladrones”. Ricard y Pilar acudieron también con los hijos y los nietos: “La crisis ha sido la puntilla y para ellos lo de hoy es una manifestación de ilusión, de buscar un futuro mejor para sus hijos”.

¿La independencia evitaría cuestiones como los recortes en Estado de bienestar? “Continuaría habiendo problemas, pero serían los nuestros. Nosotros trabajamos y trabajamos, y si dando a España más de lo que recibimos nos va razonablemente bien, está claro que solos nos iría mejor”, sostenía a pocos metros una de las mujeres de la familia de Tona.

A juzgar por las opiniones de los manifestantes de ayer, el discurso de que en Cataluña se trabaja más que en el resto de España ha calado. Incluso entre quienes en su día fueron inmigrantes. Como los tres hermanos Fernández, que hace 40 años se instalaron en Badalona llegados de Murcia y ayer también clamaban “contra lo que nos roban y contra los recortes”. O Bellamina Muñiz, de León: “Lo que ganamos los que trabajamos aquí lo queremos aquí. Nosotros pagamos y el resto de España cobra”.

Con el aplomo que da la edad, Isidre Cendrós, a sus 81 años, apoyado en un bastón y luciendo la bufanda de lana con la senyera que le tejió su madre, celebraba “la ilusión de la gente, que ha crecido desde la marcha del 77”. Pero los años también le han vuelto escéptico: “Ojalá pudiera ver la libertad, pero me pregunto en qué quedará esto”.

Sobre la firma

Clara Blanchar

Centrada en la información sobre Barcelona, la política municipal, la ciudad y sus conflictos son su materia prima. Especializada en temas de urbanismo, movilidad, movimientos sociales y vivienda, ha trabajado en las secciones de economía, política y deportes. Es licenciada por la Universidad Autónoma de Barcelona y Máster de Periodismo de EL PAÍS.

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