RUTAS | PARQUE NATURAL DE SERRA D'IRTA

Una maravilla ‘vora mar’

Asombroso: 15 kilómetros de costa sin mamotretos, con pinos vencidos por el viento, calas y bancales

Un árbol retorcido por la fuerza del viento, junto al mar en la Serra d’Irta.
Un árbol retorcido por la fuerza del viento, junto al mar en la Serra d’Irta.JESÚS CÍSCAR

El paisaje que brinda la naturaleza es tal que hasta un urbanita indolente lo sabe apreciar. Sobre todo si se observa desde el volante del coche. Puede darse el caso incluso de que llegue a sentir curiosidad y decida entrar en las montañas que lleva años mirando de soslayo cuando circula por la AP-7 y no se deja cegar por el campanario valenciano más alto del mundo, que anticipa la población de Alcalà de Xivert.

Esa rata de ciudad se ha fijado en la armonía de sus formas y ha imaginado que el encuentro por el otro lado de esas montañas con el mar debe ser espectacular, pero hay algo más. Su repentino interés por abjurar de su condición y vencer su indolencia obedece a la atracción que siempre suscita resolver un misterio con ínfulas de milagro: ¿Es verdad que esas montañas conforman 15 kilómetros de frente marítimo virgen, sin apenas mazacotes, en pleno Mediterráneo, junto a las atestadas playas de Peñíscola y a la creciente densidad de Alcossebre? ¿Hay una línea paralela al mar que se puede recorrer por sendas maravillosas que serpentean por rocas calcáreas, esquivan pinos abatidos por el viento y el sol, penetran por calas blancas de cantos rodados, atraviesan bosques de palmitos y enebros, bordean matorrales de dimensiones inusuales?

Por increíble que parezca, esa franja litoral existe y se llama Serra d'Irta. Desde 2002 es parque natural, pero muchos años atrás pudo haber sido otra cosa muy diferente. Lo cual cuadra más. Según cuentan, se barajó como posible emplazamiento de una central nuclear que, finalmente, se instaló en la tarraconense Vandellós. Sin embargo, hoy, en palabras del geógrafo y escritor José Manuel Aymerich, "es la última franja que queda libre de edificaciones desde Francia hasta Andalucía, la última oportunidad que tuvimos los valencianos de mantener intacta la costa igual que cuando llegaron, hace más de tres mil años, los primeros fenicios". En fin, un milagro.

Hirta, un antiguo poblado musulmán, podría dar nombre a la sierra. Aunque, tal vez, su origen proceda del vasco di Iratz, que significa abundantes helechos. Muchos pueblos han pasado por aquí. La mano del hombre es evidente en la torre de Badum, en los dos castillos templarios, en los restos de corrales, aljibes, pozos, norias, casas abandonadas de carabineros o ermitas. La humanización del paisaje alcanza su mayor expresión estética en la recolonización por la vegetación natural de los bancales de piedra seca que descienden desde las montañas hasta el mar recubiertos de coscoja, ese arbusto que aguanta las episódicas avenidas de agua y rebrota tras los endémicos fuegos.

Sapos y culebras, lagartijas y musarañas, cormoranes y cernícalos, se prodigan por la sierra, a la que se puede acceder fácilmente tanto por la parte costera de Peñíscola y Alcalá de Xivert (Alcossebre) como por el interior de Santa Magdalena de Pulpi. Hay pistas del parque natural que se pueden recorrer en coche. Otras a caballo, en bici o andando.

El sendero que discurre vora mar se va elevando conforme se avanza en dirección a Peñíscola hasta subir por impresionantes acantilados, desde donde se atisba la difusa silueta de las islas Columbretes y se disfruta de una magnífica vista del castillo del Papa Luna.

Vista aérea del castillo de Peñíscola.
Vista aérea del castillo de Peñíscola.ÀNGEL SÁNCHEZ

Por muy embriagado que el caminante se encuentre por los aromas de las hierbas naturales de la Serra d'Irta, es difícil no visitar la mole fortificada que se mete en el mar y que compone una de las estampas más emblemáticas de la costa valenciana, el castillo de Peñíscola. Sobre todo si las murallas, los recovecos, las empedradas plazas y casas blancas del núcleo histórico impiden la visión del zarpazo urbanístico de la costa que va de Peñíscola a Benicarló, una vez acaba la sierra. Pasear por el refugio del Papa Luna, rodeado del mar, resulta siempre atractivo, hasta para el urbanita recalcitrante y a pesar de acompañarle el soniquete inmisericordioso de unas niñas sólo interesadas en saber donde vivía la “Mama Luna”. Pero ese es otro cantar.

Sobre la firma

Ferran Bono

Redactor de EL PAÍS en la Comunidad Valenciana. Con anterioridad, ha ejercido como jefe de sección de Cultura. Licenciado en Lengua Española y Filología Catalana por la Universitat de València y máster UAM-EL PAÍS, ha desarrollado la mayor parte de su trayectoria periodística en el campo de la cultura.

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