Rasquera, el paraíso roto de Europa

Unas 250 personas, la mayoría británicas, viven en la localidad en la que residen 900 vecinos La mayoría de los vecinos desalojados por el incendio que sufrió el pueblo eran extranjeros

Paisaje de un bosque de Rasquera tras el incendio que arrasó más de 3.000 hectáreas.
Paisaje de un bosque de Rasquera tras el incendio que arrasó más de 3.000 hectáreas.JOSEP LLUIS SELLART

Cuando cae la tarde, en las terrazas de los escasos tres bares que hay en Rasquera se entremezclan dos idiomas, el catalán y el inglés. Un porcentaje elevado de los 900 habitantes de este pueblo de la Ribera d’Ebre provienen del norte de Europa, en especial del Reino Unido. Alrededor de 250 de ellos viven entre Rasquera y los terrenos boscosos del municipio cercano, El Perelló (Baix Ebre). Empezaron a llegar a la zona hace 25 años por el clima, el paisaje y la tranquilidad. La mayoría reside en casas de campo alejadas, adonde no llega el agua potable ni la electricidad. Pero la placidez en la que estaban inmersos se ha visto truncada desde hace varios meses por dos razones: el polémico cultivo de marihuana a gran escala que pretende impulsar el Ayuntamiento de Rasquera y el incendio forestal que arrasó 3.000 hectáreas hace solo una semana.

Los alcaldes de los municipios afectados por el fuego piden ayudas a la Generalitat

La mayoría de los desalojados por las llamas fueron vecinos británicos s y holandeses, y aunque ninguna masía fue devorada por el incendio, el fuego en muchas ocasiones llegó a escasos metros de sus viviendas. Estos vecinos intentan ahora empezar de nuevo con un horizonte antaño cubierto por un manto de vegetación que de un día para otro amaneció totalmente quemado.

La plantación de marihuana, en suspenso

El nombre de Rasquera dio la vuelta al mundo cuando el Ayuntamiento aprobó cultivar marihuana a gran escala para los socios de un club de fumadores, la Asociación Barcelonesa Cannábica de Autoconsumo (ABCDA). El municipio está muy endeudado y el alcalde, Bernat Pellisa, decidió promover este cultivo para salir de la crisis. Según el acuerdo, la ABCDA pagará 1,3 millones al Consistorio en dos años. La iniciativa fue apoyada por el 56% de los vecinos en una consulta, pero los Gobiernos central y catalán se oponen a ese cultivo y la justicia estrecha el cerco para impedirlo. El alcalde dice ahora que el proyecto está en suspenso tras el incendio. “Hay que enfriarlo todo, ahora no podemos pensar en nada más que en solucionar los estragos del fuego”, dice Pellisa, que deja la puerta abierta a plantar las semillas de cannabis en el futuro.

“Desde Rasquera hasta Tortosa es todo salvaje, no hay ni caminos, por eso vinimos a vivir aquí, hemos llegado a tener 30 pavos y siempre vienen a comer y beber hasta la casa jabalíes, zorros y águilas”, explica Amiram Reuveni, de 61 años y origen israelí. Conoció a su mujer, Dominique García, de 50 años, en Holanda. Ella tiene familia española y hace 26 años fueron en Semana Santa a Pamplona porque querían vivir en España. “Llovió mucho y hacía frío, por eso decidimos probar suerte bajando por el Ebro, dimos vueltas hasta que encontramos el sitio perfecto; Rasquera”, recuerda Reuveni.

El matrimonio compró a un pastor una masía en un terreno plagado de pinos y olivos, donde siguen viviendo con sus dos hijas gemelas de 15 años. Las llamas del incendio llegaron a solo dos metros de su casa. Tras el desastre, en su finca deambulan pavos reales con las colas quemadas y se ven una bombona de butano calcinada y un depósito de agua también devastado. “Hay poca agua. Tenemos un pozo, pero va con energía solar. Estrené el depósito de 124.000 litros hace un mes. Para mí era la felicidad, la riqueza, y ahora está destrozado”, narra Reuveni.

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Talarán los árboles muertos, menos un pino de gran altura. “Es la casa de los pavos, donde duermen”, aclara. Aún recuerda con angustia el primer día del incendio. “Nos marchamos a la una de la madrugada porque las llamas nos estaban rodeando, avisamos a nuestro vecino, el pastor, quien se quedó toda la noche luchando contra el fuego solo, sin ayuda”, explica Reuveni. Ahora recuerda que la noche del incendio la familia tuvo que dormir “dentro del coche en el arcén de la carretera”. Reuveni entra en una caravana situada a 10 metros de la masía y enseña unos papeles quemados. “El fuego rompió los cristales y entraron brasas dentro, pero se salvó la caravana”, explica. Esa es su oficina; la instaló allí porque es el único sitio de su finca con cobertura para conectarse a Internet.

Reuveni trabaja en ella, rodeado de fauna salvaje y aire puro. Este vecino de Rasquera tiene una editorial de cómics, Ponent Mon. Enseña uno de sus últimos libros editados, Furari, de Jiro Taniguchi. Él selecciona los libros, compra los derechos en Asia o Bélgica, tiene traductores en España y un maquetador en Argentina, y los ejemplares se imprimen en China. Todo lo gestiona desde su caravana de Rasquera.

Hoy los alcaldes de Benifallet, Tivenys, El Perelló y Rasquera se reúnen con el director territorial de Agricultura en las comarcas del Ebro, Pere Vidal, para hacer una primera evaluación de los daños provocados por el fuego, que arrasó 3.000 hectáreas, y pedirle ayudas.

Muchos vecinos de procedencia extranjera han adaptado sus oficios al modo de vida tranquilo de Rasquera, donde el tiempo parece pasar despacio. Robin y Tricia Carpenter, un matrimonio de 50 años, llegaron hace nueve años. Él es jinete y crían caballos. Compraron una casa en el pueblo y una caballeriza en el campo. Dan clases de equitación. “Buscamos en un mapa el lugar perfecto para vivir; al lado del mar, el río y el bosque, las coordenadas señalaron Rasquera. Es como Inglaterra hace 50 años, sin edificar, allí la finca nos hubiese costado tres millones de libras; aquí, menos de la mitad”, dice Robin. “De España solo nos molesta la corrupción y los mosquitos”, sostiene Tricia. Todos piensan seguir viviendo en Rasquera, a pesar de las polémicas y lo ocurrido. “He pensado en marcharme estos días, pero ¿qué voy a hacer? Si dejo la casa, van a entrar a robar, y con la crisis y el incendio no la va a comprar nadie”, afirma Reuveni. Tras el fuego, su mujer llamó a la policía porque varios hombres entraron en la finca para robar chatarra. Reuveni mira los árboles negros, sin hojas, la tierra calcinada y su casa salvada. “Es un desastre y un milagro a la vez”, concluye.

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