Santiago Auserón, en la taberna de Orfeo
El músico zaragozano se adentra con ‘Nerantzi’ en el intrincado y atractivo laberinto de las músicas populares griegas

“Considere, señora, que hay perfecciones irritantes”. Tan brillante apotegma, atribuido a Honoré de Balzac, parece que no salió de la pluma del autor de Tratado de la vida elegante, sino del ingenio de su contemporáneo escritor, periodista y crítico Alphonse Karr. Autorías al margen, desde esa perspectiva de los esplendores enojosos conviene abordar Nerantzi, álbum con el que Santiago Auserón se adentra en el ágora de las músicas populares griegas. Lo hace en compañía de dos solventísimos músicos helenos, a los que, confiesa, escuchó tocar en un restaurante de Atenas, y que concurren también en el álbum como compositores: Vaggelis Tzeretas (buzuki y voces) y Theodoros Karellas (guitarra y voces). Con ellos, la colaboración de Anni B. Sweet en una de las piezas y la participación puntual de otros instrumentistas, Auserón ha facturado una apuesta atravesada por la urgencia, pero iluminada por la emoción de la búsqueda y la solidez de los hallazgos.
La urgencia lastra, sin alborotos, algún encaje de la voz de Santiago (quien ha traducido los textos y aporta una canción propia), clara y matizada, no obstante, en los patrones sonoros de un universo musical complejo, vibrante y mestizo. La luz de la búsqueda y de los hallazgos ofrece, como contrapunto, el valor real de Nerantzi (naranja amarga), un paso más en la singular carrera de un artista que, tras adjudicar nombre propio al rock español, ha indagado por caminos diferentes en las raíces de las músicas que han sustentado sus creaciones: de la tradición trovadoresca al son cubano, pasando por el jazz y el blues de Nueva Orleans.
Nerantzi entra sin complejos en el rebético, composiciones tabernarias y de pérdida, nacidas del trasvase de población entre Grecia y Turquía (personas que vivían cómodamente en Esmirna aparecieron como pobres en los suburbios de Atenas) a raíz de la guerra greco-turca (1919-1922), y lo hace a través de Irenitas, una de las piezas que modelan los textos más realistas del género, obra de Panagiotis Toundas (1886 – 1942), la cabeza más deslumbrante de la Escuela de Esmirna, y de Alborada en tono menor, firmada por Spyros Peristeris y Minos Matsas, en la que Anni B. Sweet dialoga gozosamente con Santiago. Estas dos canciones refulgen en el conjunto del álbum. Pero hay más, claro: escrituras cercanas al clasicismo y otras en las que las que las aguas de mares distintos fermentan las semillas helenas Por ejemplo, una emotiva revisión de Fedra, de Mikis Theodorakis, y una extraordinaria Batalla por la vida, que rezuma aromas de Leonard Cohen. También El color del alma, de atmósfera oriental y pulso rumbero, con vibrantes giros vocales de Auserón; La espera, sobre un texto del ensayista y poeta Menelaos Lountemis, metida en el pentagrama por Vaggelis Tzeretas, y que respira jazz mediterráneo. Marea de alcohol, que viaja desde Grecia al Caribe y al Río de la plata; Naranjo amargo, inspirada por Theodorakis es la más asuseroniana o juanperroniana del disco. Y de apertura, un aviso para navegantes (El desdén) surgido de la imaginación de Karellas. “Consuelo ya para vivir no queda en este mundo”. Ah, y dos canciones, por un asunto de derechos de autor, no han entrado en el álbum, registrado y mezclado en los Estudios 133 de Atenas.
Prueben esta naranja amarga y tomen nota de que Nerantzi, en directo, se aproxima mucho a una perfección no irritante.
Nerantzi
La semilla del son
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