Ottessa Moshfegh, escritora: “El arte no tiene moral. Si no, es propaganda”

Consagrada mundialmente con ‘Mi año de descanso y relajación’, la autora estadounidense explora los límites de la corrección política en ‘Lapvona’, una novela gótica cuya radicalidad la ha colocado al borde de la cancelación. Además, Anne Hathaway protagoniza la adaptación al cine de su primer libro

La escritora estadounidense Ottessa Moshfegh, en su casa de Los Ángeles el 6 de enero.
La escritora estadounidense Ottessa Moshfegh, en su casa de Los Ángeles el 6 de enero.APU GOMES

Una chimenea crepita en la sala de la casa de Ottessa Moshfegh, ubicada sobre una ladera de las montañas de San Gabriel, al norte de Los Ángeles. El fuego preside la habitación en una fría mañana de enero. Hay un piano de cola negro y, todavía, un árbol de Navidad. Sobre el dintel posa una pequeña escultura de un Cristo junto a la Virgen. A su lado, una postal del papa Francisco liberando una paloma blanca. El cuarto remite a una escena bucólica lejos del caos angelino. Nada en esta bella casa construida con cascotes de iglesias y material reciclado y rodeada de exuberante vegetación encaja con la afición literaria por lo repugnante de una de las escritoras más destacadas de Estados Unidos.

Lapvona es la más reciente novela de Moshfegh (Boston, 41 años). Es también el nombre de una oscura aldea medieval del este de Europa donde se desarrolla una historia protagonizada por varios personajes. Uno de estos es Marek, un muchacho contrahecho producto de una violación que debe sus deformaciones a que su madre intentó abortarlo colocándose hierbas tóxicas entre las piernas. Con solo 13 años, Marek tiene la creencia de que el dolor de la penitencia es un deber moral. Esta idea lo ayuda a sobrevivir en el castillo de Villiam, un perverso señor feudal que ordena las más variadas torturas y humillaciones a sus sirvientes. Por ejemplo, obligar a una criada a comer una uva que Marek se pasó por el ano. Por las noches, Villiam sueña que su cama está hecha de “carne humana, una cosa viviente hecha de grasa y suave piel de bebé”.

“Creo que los novelistas que buscan una responsabilidad política deberían llamarse a sí mismos activistas literarios”

Lapvona se publicó en Estados Unidos el verano pasado. Fue recibida con opiniones divididas. Muchos críticos siguen deslumbrados por un universo imaginativo expresado de forma pulcra y ordenada. Los de estómago más sensible, en cambio, no pasaron un buen rato entre sus páginas. En una charla celebrada en junio en Nueva York, el director John Waters, célebre por una filmografía que se regodea en lo soez, le preguntó entre bromas si pretendía quitarle el informal título de “emperador de la suciedad”. Moshfegh no mostró ningún interés por el cetro. “Este es un libro sobre la espiritualidad. Es lo más importante, y más después de toda la discusión pública que lo considera tan desagradable. Pensé que algunos iban a encontrarle valor dentro de lo grotesco, pero no lo hicieron”, dice la autora sentada en un sillón de su salón en Pasadena.

La sombría atmósfera de Lapvona es producto de la temprana ansiedad provocada por la pandemia. ­Moshfegh considera que la obsesión con la muerte la ha llevado a crear en su obra protagonistas antisociales que se sienten alienados, como la narradora de la que es quizá su libro más conocido, Mi año de descanso y relajación (2018). La crisis del coronavirus la despojó de su fijación. “Dejé de sentir que mis cuestiones espirituales eran peculiares, se convirtieron en algo completamente estándar. Me di cuenta de que esto siempre había sido así, que no soy la única que tiene una experiencia espiritual cuando contempla la muerte. Era tonto no tratar de expresar esto creativamente”, reflexiona. ­Moshfegh responde de una forma que le permite editarse mientras habla. No teme hacer largas pausas hasta que encuentra la mejor manera de terminar una oración.

De izquierda a derecha, el actor Shea Whigham, la escritora Ottessa Moshfegh, su marido, el escritor Luke Goebel, el director William Oldroyd, y las actrices Anne Hathaway y Thomasin McKenzie, durante la promoción de la película 'Eileen' en el Festival de Sundance el sábado pasado en Park City, Utah.
De izquierda a derecha, el actor Shea Whigham, la escritora Ottessa Moshfegh, su marido, el escritor Luke Goebel, el director William Oldroyd, y las actrices Anne Hathaway y Thomasin McKenzie, durante la promoción de la película 'Eileen' en el Festival de Sundance el sábado pasado en Park City, Utah.Taylor Jewell (Invision)

Esto, lo que Moshfegh llama un “cambio de perspectiva”, provocó que su novela se convierta en un giro dentro de su obra. Explora por primera vez con un narrador omnisciente en tercera persona y multiplica sus personajes mascu­linos después de tres novelas consecutivas protagonizadas por mujeres (en McGlue, su debut literario en 2014, el protagonista es un marinero alcohólico encarcelado por matar a su mejor amigo). Considera que Grigor, un viejo de 64 años que ve asesinados a sus dos nietos en las primeras páginas de la historia, es el personaje que más ha disfrutado escribiendo. Por su afición a los raros ha sido comparada con Flannery O’Connor y la fotógrafa Diane Arbus. “En verdad lo amo, me siento muy cercana a él, le tengo mucho afecto”, considera la creadora de Grigor, un hombre que vive una crisis de fe y que se siente engañado por su dios.

Hija de un violinista judío iraní que se enamoró de una croata, las historias de Lapvona llegaron cuando la autora pensaba en sus ancestros maternos, que supuestamente descendían de piratas que habían causado terror en el Adriático. La escritora no es religiosa ni creyente. Sin embargo, cuenta con un astrólogo de cabecera. “No soy experta en la astrología védica, pero me gusta hablar con gente inteligente sobre las cosas que se pueden percibir objetivamente, como los planetas y estrellas, en lugar de sobre las historias de la Biblia. Tiene más sentido analizar su influencia en la vida en la Tierra que la de un texto moralista escrito hace milenios”, considera. “Pero no diría que estoy en una búsqueda espiritual. Mi religión es el proceso creativo”, continúa.

Moshfegh, que lleva años bajo los focos de la fama, ha sido acusada por algunos críticos de no tener ideología ni brújula moral. Ni que decir tiene que tales señalamientos pueden ser graves en el campo minado de la corrección política estadounidense, que obliga a tener una opinión sobre casi todo. Algunas críticas literarias han cargado contra ella porque en sus libros casi no hay mujeres obesas y, cuando las hay, los personajes se refieren a ellas con disgusto, como sucede con la protagonista de La muerte en sus manos (2020).

Ottessa Moshfegh y Camila Parker-Bowles, entonces duquesa de Cornualles, en 2016 en Londres.
Ottessa Moshfegh y Camila Parker-Bowles, entonces duquesa de Cornualles, en 2016 en Londres.John Phillips (WPA / Getty Images)

“No me pagan extra por escribir un personaje feminista. No me dan un sueldo. Sería como preguntarle a un pintor si siente la obligación de pintar a mujeres con un buen índice de masa corporal… ¿Conoces a alguien a quien le guste la gente gorda? En serio, si creara un personaje al que le gustara, me acusarían de ser fetichista con los obesos”, señala Moshfegh.

La escritora reafirmó su credo con unas notas publicadas en 2021 por Bookforum. “Una novela es una obra de arte literaria que busca expandir el conocimiento interior. Necesitamos de novelas que vivan en un universo amoral, más allá de la agenda política descrita por las redes sociales. Para algo tenemos la imaginación”, señalaba aquel texto.

Desde su refugio montañoso, ­Moshfegh vive en una especie de apagón digital. “Si alguien me preguntara qué representa mejor el mal, diría que internet”, indica. Escribe en un portátil de Apple, pero no tiene acceso a las redes sociales. A pesar de esto, es inevitable que lleguen a sus oídos polémicas del mundo cibernético. Una de las últimas, la de una tuitera que pronosticó su inminente cancelación cultural después de una durísima crítica de Lapvona escrita por Andrea Long Chu, una activista transexual, para la revista Vulture. “La violencia de estos temas es increíblemente aburrida y me hacen sentir que vivo en una prisión”.

Villiam, el señor feudal de Lapovna, es un imbécil incompetente que vive en su castillo mientras los habitantes del pueblo sufren una devastadora hambruna que obliga a Ina, otra de las protagonistas, a comer arañas para no morir. Moshfegh rechaza que Villiam encierre alguna clave sobre el liderazgo político actual. “Creo que el arte no tiene moral, no debe ser usado nunca con propósitos morales ni políticos. Es la principal diferencia entre la literatura y la propaganda. Puede que esté completamente equivocada, pero insisto en que no soy política porque no quiero tener ninguna intervención social. Creo que los novelistas que quieren una responsabilidad política deberían llamarse a sí mismos activistas literarios”, continúa. “Me niego a decirle a nadie lo que debe pensar”.

“Escribir me produce una dicha extrema, lo que no significa que siempre me haga feliz. Pero sí siento que da sentido a mi vida”

“Escribir me produce una dicha extrema, lo que no significa que siempre me haga feliz. Pero sí siento que da sentido a mi vida”, dice ­Moshfegh, quien se considera adicta al trabajo. “No disfruto muchas cosas que no sean trabajar. Sé que suena jodido”, dice con resignación. Hace tiempo se fijó como objetivo escribir al menos mil palabras diarias, un ritmo que le permitió publicar en ocho años cuatro novelas, una novela corta y un libro de relatos. Su propio trabajo puso en duda su fórmula. “Cuando estaba escribiendo Mi año de descanso y relajación, trabajé unas 10 horas al día en el libro. Me volvió loca. Me di cuenta entonces de que a veces, cuando no sabes lo que estás haciendo, es mejor no hacer nada, porque estás agotando tu energía”.

Formada con un pedigrí académico que la llevó por las universidades de Brown y Stanford entre 2009 y 2015, la escritora duda ahora de las enseñanzas que le dejaron los programas de escritura creativa. En 2016 dijo de forma cándida a The Guardian que había encontrado el mejor consejo de escritura en el manual The 90-day novel, una guía para talleristas hecha por el profesor Alan ­Watt. Moshfegh defiende el manual acuñado en un laboratorio de escritores de Los Ángeles, al que le atribuyó la responsabilidad de su primer éxito, Eileen (en español, Mi nombre era ­Eileen; Alfaguara, 2017), sobre la depresiva secretaria de una cárcel de menores que encuentra su primera gran amistad. “Para mí fue un milagro”, reconoce Moshfegh sobre aquel texto. “Cuando empecé como escritora tenía un estilo muy experimental, como de poesía en prosa. Y uno de los errores más comunes que se tiene sobre aquellos programas es que pueden enseñarte a construir la trama de una novela, algo que yo nunca aprendí en esas aulas”, asegura.

Eileen terminó entre los finalistas del Premio Man Booker y su adaptación cinematográfica se estrenó el pasado fin de semana en Sundance, el gran festival independiente de Estados Unidos. Dirigida por el británico William Oldroyd —él fue quien le mandó la postal del papa Francisco desde Roma— la película está protagonizada por Anne Hathaway y Thomasin McKenzie. Es la primera adaptación cinematográfica que ­Moshfegh ha hecho de su obra. La autora trabajó en el guion junto a su marido, el también escritor Luke Goebel, quien interrumpe de forma accidental la charla cuando vuelve de sacar a pasear a los cinco perros de la pareja. La autora jura que solo hay algo que le guste más que escribir: pasar tiempo con estos animales.

Goebel, a quien está dedicado Mi año de descanso y relajación, conoció a Moshfegh mientras trabajaba para la Universidad de California en Riverside. Acudió en noviembre de 2016 a la autora para hacerle una entrevista por Nostalgia de otro mundo, su colección de relatos. La charla desembocó en un flechazo que tardó 27 días en fraguar, un periodo tiempo lleno de “sexo y conversaciones sobre literatura”. La casa que comparten en la montaña bien podría ser un taller de escritura. La pareja escribió en 2022 Causeway, encabezada por Jennifer Lawrence, y trabaja a cuatro manos en cuatro guiones originales, además de las adaptaciones de sus libros. El más reciente es la versión para la pantalla de McGlue, ambientada a mediados del siglo XIX y donde el protagonista, en medio de alucinaciones provocadas por la bebida, intenta recordar si cometió o no un crimen.

“Es muy divertido moverse entre la literatura y el cine. Una buena forma de aprender a escribir guiones es adaptar tu propia obra, un mundo conocido donde los sentimientos y los personajes te son familiares”, afirma. Margot Robbie ha mostrado interés por dirigir la versión de Mi año de descanso y relajación. Moshfegh dice que no dejará de hacer literatura y que actualmente está trabajando en dos novelas. Ya ha decidido que una de ellas la escribirá sin prisas, lentamente, por primera vez, mientras explora el camino como guionista en Hollywood. En una montaña de California está por nacer otro universo ominoso.

‘Lapvona’. Ottessa Moshfegh. Traducción de Inmaculada Concepción Pérez Parra. Alfaguara, 2023. 320 páginas. 18,91 euros.

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Sobre la firma

Luis Pablo Beauregard

Es uno de los corresponsales de EL PAÍS en EE UU, donde cubre migración, cambio climático, cultura y política. Antes se desempeñó como redactor jefe del diario en la redacción de Ciudad de México, de donde es originario. Estudió Comunicación en la Universidad Iberoamericana y el Máster de Periodismo de EL PAÍS. Vive en Los Ángeles, California.

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