Ilusiones, engaños y auroras boreales en ‘Laponia’

Amparo Larrañaga, Mar Abascal, Iñaki Miramón y Juli Fàbregas entablan un debate humorístico a calzón quitado entre posiciones racionalistas e idealistas en una función dirigida por Tamzin Townsend a la que cabe augurar largo tiempo en cartel

Escena de la obra 'Laponia', en el Teatro Maravillas de Madrid.
Escena de la obra 'Laponia', en el Teatro Maravillas de Madrid.NACHO PEÑA

¿Qué es mejor, mantener viva la ilusión contándonos cuentos o ir con la verdad por delante? Tal es el dilema que Cristina Clemente y Marc Angelet plantean en Laponia, comedia dialéctica recién estrenada en castellano en el Teatro Maravillas, de Madrid, con dirección de Tamzin Townsend. Sus coprotagonistas simbolizan dos maneras de entender el mundo: Mónica lo siembra todo de fantasías risueñas y de mentiras piadosas (toleradas por Ramón, su pareja), mientras que Olavi, su cuñado finlandés, es un racionalista sin fisuras al que Nuria, su esposa, ha sabido amoldarse.

En el fondo, Laponia es el negativo hilarante de El pato silvestre, drama ibseniano cuyo protagonista provoca un desastre al desvelar un secreto familiar al amigo que le hospeda. En la comedia de Clemente y Angelet, Mónica —que ha viajado a Finlandia con su esposo para que su hijo Martín conozca a Papá Noel— está que trina porque Aina, su sobrina de cuatro años, educada en el positivismo, acaba de desvelarle a su primito que son sus padres quienes le traen los regalos navideños. Interpretada con garbo por Amparo Larrañaga, Mónica pretende contra viento y marea que su hermana Nuria (Mar Abascal) y Olavi (Juli Fàbregas) le ayuden a desmentir la revelación de Aina.

Laponia viene a señalar subrepticiamente que aunque de ilusión también se vive, la ilusión es un engaño para perpetuar el statu quo: a los niños se les hace creer en los Reyes Magos y a los adolescentes se les dice que pueden labrarse el futuro en igualdad de oportunidades. A cuatro manos, Angelet y Clemente han escrito una comedia ligera, pero con miga. Más que personajes de carne y hueso, Mónica, Nuria, Olavi y Ramón, encarnado por Iñaki Miramón, son portadores de ideas y espejo de costumbres: en ellos ve reflejado el público su entorno, su circunstancia y algunos tópicos ciertos. En la puesta en escena de Townsend, brillan con luz propia el brioso elogio del engaño que hace Nuria, la hermana flexible (defendida con encanto por Abascal), el trabajo interpretativo preciso de Miramón y Fàbregas y los golpes humorísticos directos al mentón con los que Larrañaga arrancó merecidamente el aplauso general en tres ocasiones.

El espectáculo, que plantea desde sus albores una lucha abierta, pues arranca in media res, produce en su primer trecho un impacto humorístico sostenido. En su segundo tramo, Laponia abre un debate cuyo interés parece ir decayendo, para volver de súbito al punto de humo en el último tercio: entonces, puestas sus cartas boca arriba, los protagonistas adultos entablan un diálogo a calzón quitado. Porque no se les ve el pelo, los dos niños son protagonistas ausentes modelados por sus progenitores pero con personalidad propia y presencia latente. Por el buen sabor de boca que dejó entre el público variopinto de una función de noche, cabe augurarle a Laponia una permanencia larga en cartel.

‘Laponia’. Texto: Cristina Clemente y Marc Angelet. Dirección: Tamzin Townsend. Madrid. Teatro Maravillas, hasta que el público lo desee.

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Sobre la firma

Javier Vallejo

Crítico teatral de EL PAÍS. Escribió sobre artes escénicas en Tentaciones y EP3. Antes fue redactor de 'El Independiente' y 'El Público', donde ejerció la crítica teatral. Es licenciado en Psicología, en Interpretación por la RESAD y premio Paco Rabal de Periodismo Cultural. Ha comisariado para La Casa Encendida el ciclo ‘Mujeres a Pie de Guerra’.

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